Puertas: Quignard o la otra ficción (I)

«Hay una parte de miedo absoluto en la lectura. Todo comunica y asedia y desafía extrañamente en los textos que están escritos. Quien lee corre el riesgo de perder el poco control que ejerce sobre sí mismo»[1]QUIGNARD, Pascal. 2016. Pequeños Tratados II. Madrid: Sexto Piso, p. 91.

Así nos ha sido dicho.

La pregunta por la escritura de Quignard es una pregunta que queda, indeleble, en las aristas de lo imposible. Una pregunta que es casi imposible de responder todavía, ahora que sólo hemos empezado a leer bien a Quignard. Esta obra es una travesía y sólo así es posible intentar comprenderla, es decir, como viaje de un extremo a otro de ella misma. Se trata, como nos dice el origen latino de la palabra transversal, de algo que cruza de lado a lado, que se mueve. Y de esa manera habremos de tomar los caminos que la cruzan, si es que pretendemos captar todos los ecos de la misma. Estamos, quizá, como diría Gullón, ante el espacio de «una soledad que comunica con galerías de sombra»[2]GULLÓN, Ricardo. 1980. Espacio y novela. Barcelona: Antoni Bosch, p. 100. Cosa nuestra será abrirnos paso tanto a través de un todo como de hacerlo a lo que nos atraviesa el sentido en el momento de su lectura y a posteriori.

«Luego crucé las flores», escribe Pascal Quignard en las últimas líneas de su Réquiem. Una frase que relanza la continua meditación del pasaje quignardiano. El cruce dice un desplazamiento. Como un viajero que cruza los mares, un país, una ciudad, o un hombre que cruza una habitación, un jardín, un bosque, como Orfeo o la Sibila que cruzan el inframundo y el reino de los muertos, Pascal Quignard cruza las flores para ir a contemplar el jardín de Messiaen, con el que, según él, comparte los mismos mirlos. Así pues, decir Quignard es decir sus juegos combinatorios de escritura, sus «fronteras móviles y desplazadas»[3]DELEUZE, Gilles; GUATTARI, Felix. 2015. A thousand plateaus. New York: Bloomsbury, p. 20, rizomáticas, por utilizar la expresión de Deleuze y Guattari, «la sibilinidad del enigma»[4]QUIGNARD, Pascal. 2010. Lycophron et Zétès. Paris: Gallimard, p. 120, el lado oscuro del discurso. Es decir, en fin, esta escritura pirotécnica que pretende jugar con las palabras como se juega con el fuego, algo que se puede hacer, tal como nos invita Quignard, utilizando una metáfora y pensando la obra a través de ella, cruzándola.

Hay, entonces, un cruce, y con dicho cruce advienen igualmente otras palabras: pasajes, umbrales, puertas. Cualquier lectura de Quignard ha de ser también una puerta de múltiples hojas que ofrezca, al abrirse, otras lecturas divergentes, emancipadoras y constructivas. Una parábola que nos abre, de alguna forma, la puerta del Reino. Viva parábola sobre la lengua, sobre aquello que, parafraseando a Agamben, «nos queda, aún y siempre, por comprender: el hecho de hablar»[5]AGAMBEN, Giorgio. 2016. El fuego y el relato. Madrid: Sexto Piso, p. 34. Es decir, algo que se hace eco de las mismas preguntas que el filósofo y escritor desarrolla en su obra: la literatura como una puerta hacia otra relación con el mundo; la obra como un opus incertum; la dinámica sueño-realidad; una reflexión sobre las fronteras categóricas (lo humano, lo sexual o lo literario); la cuestión de la lectura y la escritura, y con ella, la poética, la retórica, la lingüística; lo pagano, lo sagrado, lo profano; lo diabólico en la pintura y en el texto, el fuego y lo que se enciende en el mundo con el tiempo.

No sería posible escribir sobre Quignard sin intentar hacerlo como él, ofreciendo cada pequeño paraje a la meditación del lector y al vagabundeo. Se trata, pues, de seguir los caminos y los entrelazamientos de la lectura y la escritura, de tomar caminos secundarios y seguir lo que la obra de Pascal Quignard preconiza incansablemente: que nos arrastre lo inquietante y así dejar espacio a nuevos fragmentos, buscar nuevas configuraciones, frustrar las reglas y las órdenes y dedicarnos a las dinámicas de la insubordinación. Leer a Quignard, entonces, es cuestionarse, en diálogo con la obra del Pseudo-Longino, sobre la superación de los límites y las embestidas del rayo. Habremos de sacar a la luz una poética del arte de Quignard, basada en los diversos tratados a través de los cuales intenta captar la noción de lo sublime. Existe un sentido de la forma, que es aquello que hallamos al estudiar cada fragmento y analizar el laconismo definido como estilo sustractivo. A pesar de las aparentes rupturas, como pueda ocurrirnos con Cioran o quizás con Canetti, siempre aparece una ligadura más profunda.

Desde el borde mismo de la lengua, «al jugar con la palabra que se tiene en la punta de la lengua, no juego a equívocos con las palabras»[6]QUIGNARD, Pascal. 2017. Le nom sur le bout de la langue. Paris: Gallimard, p. 72. Desde formas recurrentes como las braquialgias, los asínodos o el fragmento, existe una cartografía de cada forma disyuntiva: la paradójica aparición de lo imprevisible en su obra, mostrando su pleno dominio, como algo que aparece porque está siempre al límite, como un balbuceo: «esa habla al límite del habla, ese silencio a punto de hablar […] suspensión del habla hacia el silencio, suspensión del silencio dentro del habla»[7]QUIGNARD, Pascal. 2017. Sacher-Masoch. El ser del balbuceo. Madrid: Funambulista, p. 172.

Hay, en efecto, una estética quignardiana, llena de elecciones formales precisas y una retórica que no debe nada al azar y a lo indeciso, así como una ontología específica de la novela.

Ahora bien, abrirse a la narración, al lenguaje, es también abrirse a la sorpresa de la escritura, permitir el paso a lo que está en proceso de emerger, muy a pesar de todo, más allá de toda maestría. Mantener su propia dinámica intrínseca, donde el pensamiento se expresa en tirones y giros, a veces ocultos, a veces efímeros, es decirnos que está siempre en el mismo tiempo de paso. Que el escritor, en su relación con el lenguaje, las historias y la vida, es el barquero. Reinventar el presente mientras se hace emerger el pasado en el ardiente gesto de la escritura, tal sería la apuesta del libro.

Y de hecho, la escritura de Quignard arde, dejando que el fuego consuma el papel, los libros, los dedos que escriben. Hay en esa quema una ontología del desmayo cuya figura postrera es la combustión de todo, y que exige una cavilación sobre el ser que se realiza desrealizándose, dejando de ser, y dejando entonces, como demostración de ese ser que ya no es, la ceniza. De ella podremos escribir, à la Derrida, que la ceniza es «aquello que conserva para ya no conservar siquiera, consagrando el resto a la disipación, y ya no es nadie que haya desaparecido dejando ahí ceniza, solamen­te su nombre pero ilegible»[8]DERRIDA, Jacques. 2009. La difunta ceniza. Feu la cendre. Buenos Aires: Ediciones La Cebra, p. 21. Los libros de Quignard son la cruda inscripción de lo que nos consume, también su ceniza. Porque existe aquí una Sibila, que ha habitado la obra durante mucho tiempo y continúa haciéndolo en los textos sucesivos. Con ella, con la Sibila, a través de ella, esta separación entre el mundo de los muertos y el de los vivos, la cuestión de la impugnación, de la energía vital, recorre la obra, frente a la cuestión de la liberación, del deseo de morir, que será un poco como «salir del lenguaje»[9]QUIGNARD, Pascal. 2016. Pequeños Tratados I. Madrid: Sexto Piso, p. 118.

La doble dinámica, por la que el lector fascinado deja repentinamente el mundo de la no-vida para entrar en otro reino, consiste en experimentar la pérdida, dejarse llevar por el libro que secuestra el alma y, por lo tanto, que está siempre presente y ausente, un poco afuera pero no todo, constantemente de pie al borde del abismo. Si la reflexión sobre la lectura es innata en la obra de Quignard, también se refleja en su práctica, ya que es a partir de sus lecturas que él mismo teje su universo poético. Su obra, que puede ser vista como un crisol de voces y otras obras, se caracteriza, en efecto, por su extraordinario poder de acogida. Y, sin duda, las preguntas se repiten de un libro a otro, es el cruce de la puerta que se abre en la realidad y en la muerte: «La puerta está abierta», leemos en Les désarçonnés, algo que es decir, como Quignard, «¡mátate cuando quieras! La naturaleza tiende una puerta que siempre está abierta a tu cuerpo mientras tenga el poder de respirar, de correr, de saltar! ¡Mátate tan pronto como sufras!»[10]QUIGNARD, Pascal. 2014. Les désarçonnés. Dernier royaume VII. Paris: Gallimard, p. 46. A esta libre anticipación de lo inevitable le asociamos la profanación del nombre, sólo para decir este acto que atestigua una libre decisión.

Escribir es tomar el poder sobre lo imposible.

Y con esa profanación viene, antinómico y solidario, lo sagrado. Los dispositivos establecidos en la obra de Quignard, como los ritos, aseguran el paso de una esfera a la otra. Pero pensar dinámicamente sobre el significado de la tensión entre lo sagrado y lo profano en la época contemporánea no es la única ambición de una lectura en profundidad del escritor, sino también la exploración de todo lo que hace umbral en lo que un cuerpo experimenta, en la lectura, frente a un cuadro, un libro, una pieza de música, en el pensamiento. Así, lo sagrado no sólo se asocia con fronteras, cruces y umbrales, sino también con seres, objetos y lugares.

Diferentes umbrales de la obra, de acuerdo, pero idénticas en tanto que huellas de un pasaje. Pictóricas o escenográficas. Anecdóticas. Las artísticas o filosóficas, como el propio escritor y los diálogos que su obra mantiene con otras artes, como la música, la danza y las artes visuales, pero también con los fragmentos de texto y las figuras que nutren e influyen en la obra: Barthes, Benjamin, Sacher-Masoch o Foucault. El motivo omnipresente son las ruinas. La ruina, los fragmentos o los jirones que tocan el cuerpo, físico o poético, así como el soporte material de la escritura. La representación de las ruinas en los textos de Quignard se basa en un diálogo implícito entre la escritura y las artes visuales.

Este reconocimiento de la inevitabilidad de la ruina irriga su escritura, y por eso, tanto sus Pequeños Tratados como su obra monumental, el Último Reino, todavía en curso, la serie de textos de la que Quignard afirma, cuando se publicaron los tres primeros volúmenes en 2002, que sólo terminará con su muerte. Desde el primer volumen, Las sombras errantes, todo permanece marcado por el motivo de la ruina, toda clase de ruinas están dispersas a lo largo de la obra: las ocurrencias del sustantivo ruina, el verbo arruinar y su participio pasado, e incluso el adjetivo ruiniforme, son innúmeras. La ruina se vincula con lo sórdido, con el objeto rechazado y con el ostracismo de la sociedad, y el libro habría devenido, entonces, un lugar, un espacio donde se reúnen seres y objetos del lado de la muerte y la suciedad, como esos sordes de Roma que designaban las ropas del duelo[11]QUIGNARD, Pascal. 2017. Sordidísimos. Último Reino V. Buenos Aires: El Cuenco de Plata, p. 28 y cuya presencia provoca vergüenza y rechazo.

Y aún así, en medio de ese repudio, quedan huellas de lo humano y lo autobiográfico. Los libros de Quignard, si bien no son sólo confesionales, se nutren empero de los acontecimientos significativos de su vida: nacimiento, sexualidad, influencia materna, encuentros. Es cierto que los motivos que recorren su obra se cruzan con ciertos detalles de la vida del escritor, algo que Butor llamará, hablando sobre Michel Leiris, una autobiografía dialéctica[12]BUTOR, Michel. 1967. Sobre literatura I. Barcelona: Barral, p. 386. En cualquier caso, podremos vislumbrar mejor, de esa forma, el por qué de la exploración etimológica, el amor por las lenguas antiguas, la pasión por los mitos, la práctica de la desarticulación.

La puerta está abierta. Todo comunica y asedia.

Tantas puertas, abiertas o cerradas. Extrañas puertas que son los libros de Quignard. Al querer hacernos tocar el origen, se comprometen a sacar la voz perdida, cada vez más abismal. Puerta cerrada o abierta, puerta mortal o puerta materna, puerta de lo femenino, del paraíso… Con todo esto nos enfrentamos al leerle, en estas aperturas que se precipitan hacia lo incógnito, el deseo de metamorfosis, renacimiento, logos. La forma de pensar de Quignard, sin concepto, está enteramente en su deseo de dirigir la atención «sólo hacia las relaciones polarizadas, angustiosas, intensas, que animan los sueños y viven bajo las palabras, más contradictorias que ambivalentes, remiten al tiempo que precede a la historia y a las primeras ciudades»[13]QUIGNARD, Pascal. 1998. Vie secrète. Dernier royaume VIII. Paris: Gallimard, p. 204.

La puerta de Quignard entonces está significada por aquello sobre lo que se puede escribir, aunque no sea posible. Es esta puerta la que se abre a la literatura, al origen de la palabra y lo que se remonta a los primeros tiempos, atravesando el aparato de la memoria, sus ruinas. Algo que nos remonta directamente a la escritura quignardiana, sobre la que todavía queda mucho que escribir y todo por pensar.

Título: Pequeños Tratados (2 vol.)
  • Autor/es: Pascal Quignard
  • Editorial: Sexto Piso
  • Nº de páginas: 909
  • Encuadernación: Tensada en sintaxis elástica

Referencias

Referencias
1 QUIGNARD, Pascal. 2016. Pequeños Tratados II. Madrid: Sexto Piso, p. 91
2 GULLÓN, Ricardo. 1980. Espacio y novela. Barcelona: Antoni Bosch, p. 100
3 DELEUZE, Gilles; GUATTARI, Felix. 2015. A thousand plateaus. New York: Bloomsbury, p. 20
4 QUIGNARD, Pascal. 2010. Lycophron et Zétès. Paris: Gallimard, p. 120
5 AGAMBEN, Giorgio. 2016. El fuego y el relato. Madrid: Sexto Piso, p. 34
6 QUIGNARD, Pascal. 2017. Le nom sur le bout de la langue. Paris: Gallimard, p. 72
7 QUIGNARD, Pascal. 2017. Sacher-Masoch. El ser del balbuceo. Madrid: Funambulista, p. 172
8 DERRIDA, Jacques. 2009. La difunta ceniza. Feu la cendre. Buenos Aires: Ediciones La Cebra, p. 21
9 QUIGNARD, Pascal. 2016. Pequeños Tratados I. Madrid: Sexto Piso, p. 118
10 QUIGNARD, Pascal. 2014. Les désarçonnés. Dernier royaume VII. Paris: Gallimard, p. 46
11 QUIGNARD, Pascal. 2017. Sordidísimos. Último Reino V. Buenos Aires: El Cuenco de Plata, p. 28
12 BUTOR, Michel. 1967. Sobre literatura I. Barcelona: Barral, p. 386
13 QUIGNARD, Pascal. 1998. Vie secrète. Dernier royaume VIII. Paris: Gallimard, p. 204

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