Otra vuelta de tuerca al suspense

Oí hablar antes de William James y su empirismo radical que de su hermano Henry. Con veintiún años había leído “Principios de Psicología” (1890) y, sin embargo, títulos como “El retrato de una dama” (1881) o “Las bostonianas” (1886) tan sólo eran para mí obras desconocidas, a las que jamás presté atención, aunque ocuparan un lugar en la biblioteca de mis padres. Tampoco podía imaginar entonces que “La heredera” (1949), dirigida por William Wyler, fuera una adaptación de la novela corta “Washington Square” (1880) del mismo autor. Quizás, en aquel momento, yo sólo podía centrarme en la escena donde Montgomery Clift cantaba al piano Plaisir d’amour, mientras una Olivia De Havilland completamente confusa se ruborizaba ante la posibilidad de gustarle al apuesto caballero.

Más o menos lo mismo me sucedió más tarde con “Otra vuelta de tuerca” (1898) cuando, de nuevo, me incliné por la versión cinematográfica de Jack Clayton (1961). “The innocents” o “Suspense”, con Deborah Kerr en el papel de institutriz, es una de esas películas injustamente olvidadas pero que han constituido un referente para muchos directores contemporáneos. De igual manera, se trata de otra adaptación de una de las novelas de Henry James, un escritor con marcada tendencia analítica. Muchos han definido algunas de sus creaciones como experimentos psicológicos, ya que parece indagar en el fondo de la mente humana y no se conforma con quedarse al margen, narrando hechos aislados, sino que trata de entender las motivaciones de sus personajes y la complejidad de éstas. Algunos críticos, incluso, se atreven a afirmar que ilustró con su literatura algunos descubrimientos de su hermano mayor, en una época donde la psicología era la hermana recién nacida de la filosofía. No obstante, también cuenta con otras características que definen su estilo, como su capacidad de descripción, que no se ciñe estrictamente a la realidad e incluye el acercamiento a los procesos mentales de los participantes.

Todos nos hemos sentado, alguna vez, en corro o alrededor de una mesa a contar historias de fantasmas, sólo que éstas suelen repetirse en toda la geografía –con matices, eso sí-, como si un ejército bien entrenado de chicas demacradas y vestidas de blanco se hubieran dispersado para aparecer en curvas de carreteras estrechas, sin arcén, en noches oscuras. “Otra vuelta de tuerca” no es un relato más de aparecidos, pues su ambivalencia permite hacer una doble lectura. Esto es posible gracias a la voz narradora, que recae sobre la institutriz. El hecho de ser contado en primera persona, poco a poco, nos hace desconfiar de su testimonio ante la excepcionalidad de los acontecimientos. ¿Son sus dos pequeños discípulos las víctimas de fuerzas demoníacas, situadas en un limbo impreciso entre la vida y la muerte?, ¿es la institutriz quien percibe alucinaciones como parte de la realidad y pretende que el lector sea su aliado?, ¿puede el receptor estar seguro de algo cuando, capítulo tras capítulo, la situación se agrava?

“Recuerdo el comienzo como una sucesión de vuelos y caídas”[1]JAMES, Henry. 1971. La vuelta de tuerca. Barcelona: Salvat, p. 19, pues ni siquiera su entrevista y posterior admisión como tutora de las criaturas es idílica, aunque nada haga presagiar la cadena de inquietantes episodios que se sucederán en la mansión de Bly. Resultan curiosos determinados hechos acontecidos anteriormente, tales como muertes repentinas o la inusitada petición del tío de los niños, que prefiere mantenerse ajeno a la educación de éstos y vivir a muchos kilómetros, otorgando plenos poderes a la protagonista y rogando no ser molestado para la toma de decisiones del día a día, sea ésta de relevancia o no. Sin embargo, a medida que se nos presenta a Miles y a Flora, su carácter bondadoso y sus modales, su inocencia, su obediencia, sucumbimos e idealizamos la situación de partida. El lector no puede sospechar el embrollo posterior, esa sensación de inseguridad y de duda constante, interiorizando la ansiedad y el tormento diario de la joven institutriz como propios; suplicando de manera interna que alguien la crea, que se topen de frente con esas visiones que parecen pedirle algo en silencio, que la acusan y la torturan ante la idea de causarle daño a los chiquillos.

Henry James utiliza el miedo a lo desconocido de una forma magistral, creando una atmósfera de suspense donde la narradora conoce el desenlace y describe los hechos una vez transcurridos los mismos.

Por lo tanto, asume una cierta ventaja con respecto a nosotros, que permanecemos absorbidos por la intriga de saber qué pasará, ya que necesitamos dotar de sentido a aquello que se reproduce en nuestra mente a través de los ojos y la subjetividad de la protagonista. Existen varios elementos que generan tensión dramática en esta obra, como ya hemos ido comentando, pero el peligro real y constante que se advierte en sus páginas está tan bien creado que llegamos a temer por la vida de Miles y Flora –que parecen vivir ausentes y no muestran ningún atisbo de aprensión-, pero también por la de la propia institutriz. Añadido a todo lo dicho, es innegable el aura de perversidad que flota en el ambiente del caserón desde la llegada de la joven y que contrasta con la ternura y el candor de los niños, cuya “belleza más que terrenal, su bondad absolutamente fuera de este mundo”[2]Ibíd., p. 88 originan desconcierto y cierta comezón en el que lee. Cuando nos inclinamos a pensar en una explicación plausible, los hechos empiezan a contradecir ese argumento y volvemos a cuestionar lo que creemos. Varias interpretaciones pueden ser factibles y se hace difícil decantarse por alguna de las versiones anticipadas.

La calidad literaria de Henry James es incuestionable y su influencia ha sido muy destacada en generaciones posteriores de escritores y escritoras. Al parecer, aunque murió entre honores oficiales, ya casi nadie lo leía en su época. Tenemos la mala costumbre de reconocer el talento y la inventiva post mortem. Por suerte, siempre estamos a tiempo de disfrutar de joyas literarias inmortales, aunque la vida de sus autores no sea eterna.

Título: Otra vuelta de tuerca
  • Autor/es: Henry James
  • Editorial: Penguin Clásicos
  • Nº de páginas: 280
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias

Referencias
1 JAMES, Henry. 1971. La vuelta de tuerca. Barcelona: Salvat, p. 19
2 Ibíd., p. 88

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