El umbrío observador

Por José Antonio González Nadal

El umbrío observador

 

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Marta se decía a sí misma que era una mujer sin suerte.

Era hija única y una joven que había vivido demasiado rápido. Marta tuvo una infancia feliz hasta que su padre falleció cuando tenía siete años en un trágico accidente de trabajo. Su madre, Elvira, la cual siempre se negó a relatarle los hechos en los que perdió la vida su padre, era una mujer estricta y enérgica, sin ninguna duda. La viuda se esforzó en darle a la joven Marta lo mejor. A pesar de sus esfuerzos, no era una mujer tan cariñosa como lo fue el fallecido padre. Pero sí que dejó en la joven una férrea educación religiosa. Y así, austera, transcurrió su infancia.

Con dieciséis años la vida de Marta cambió. Conoció a un joven encantador de brillante pelo negro y una sonrisa que a ella le congelaba el alma. Él le prometía que siempre estarían juntos, que su vida cambiaría, que a partir de entonces y para siempre ella seria feliz. Pero esa felicidad acabó muy pronto… Unos meses después, el chico la abandonó al enterarse de que la joven estaba embarazada. Y un año más tarde de que todas aquellas promesas vacuas fuera promulgadas, una noche de mayo, dio a luz a la pequeña Lucía.

Lucía era una niña muy sana. A Marta le pareció que creció muy deprisa, quizá demasiado deprisa. La joven madre abandonó sus estudios para cuidarla. Con la ayuda de la abuela, consiguieron salir adelante. Lucía era una niña muy alegre y más despierta que el resto de los niños de su edad, pronto se convirtió en la autentica felicidad para su madre y su única alegría de vivir. Marta la amaba con locura. Cada mañana le regalaba a su pequeño tesoro una sonora batería de besos que resonaban por toda la vieja casa a la que Lucía había traído la alegría. Marta la llevaba todas las tardes al parque y se quedaba horas mirándola cada noche mientras la chiquita dormía. La única preocupación de Marta era que su hijita creciera feliz, como no había podido ella. Era su obsesión, el amor hacia su hija le daba fuerzas. ¡Cómo la quería!

Cuando la dulce Lucía tenia 4 años, Elvira enfermó. Un repentino mal le afectó y se fue con Dios antes incluso de que los médicos supieran que le pasaba. Así pues, Marta volvía a estar sola, sola con Lucía. Desaparecida la abuela, el trabajo a media jornada de la joven madre, no bastaba para darle a la niñita la vida que deseaba. ¡Cómo la quería!

Marta le explicó a Lucía la muerte de su abuela, no quería negarle la verdad como a ella se la habían negado. La niña, siempre tan despierta, tan inteligente, pareció entenderlo. Al menos en la medida en que es capaz de entender la muerte una criaturita de 4 años. Era tan lista, tan perfecta. ¡Cómo la quería!

La joven improvisó un pequeño altar en la habitación en la que antes descansaba la abuela. Puso una vieja foto de su madre en blanco y negro junto al rosario que siempre había acompañado a Elvira en vida. Todas las noches, Marta rezaba ante este altar, pidiendo a Dios que acogiera el alma de su madre y de que velara por su jovial Lucía. ¡Cómo la quería!

Un día, varios meses después, Marta se hallaba colocándole un precioso vestido rosa a su pequeña criaturita, peinando el suave pelo castaño de Lucía en un par de coletas, preparándola para ir al colegio, colocándole los zapatitos con delicadeza. ¡Que hermosa estaba! Cuando la niña estuvo lista, la joven mamá fue a la cocina a coger el almuerzo para la pequeña Lucía. A la vuelta, mientras caminaba por el largo pasillo que transcurría hacia la habitación de la nena, observó que la puerta de la habitación de la difunta abuela estaba abierta… Pero esa puerta nunca lo estaba. Marta no dejaba que la niña entrara en esa habitación, así que entró para reprenderla. ¡Cómo la quería!

Cuando la joven estaba en la habitación, estuvo a punto de caer de espaldas al suelo, no encontró a la nena, sino, allí, en el centro de esa habitación se encontraba una figura, una silueta humana, totalmente oscura, como una sombra, de un negro total, sin matices, tan solo dos puntos brillaban en la sombra que era la figura… Dos ojos, de un brillo apagado, emanaban una luz de un color que Marta jamás había contemplado, un color que era incapaz de describir. La sombra permanecía inmóvil, en silencio, como si el tiempo se hubiera detenido, mirando fijamente a Marta. El miedo atenazó el corazón de la joven que salió corriendo hacia la habitación de la niña. La cogió en brazos sin mediar una palabra y ambas salieron con presteza de la vieja casa. ¡Cómo la quería!

A la salida del trabajo, con los nervios más calmados, Marta volvió de nuevo a su casa. Aun tenia unas horas antes de que la chiquita saliera del colegio. Debía asegurarse de que aquello ya no estaba allí y que la casa era segura para su tesoro. ¡Cómo la quería!

La entregada mamá cerró su mano izquierda entorno al crucifijo que siempre llevaba colgado al cuello y cruzó el umbral. Recorrió lentamente y en silencio todas las habitaciones de la casa.

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Finalmente se detuvo frente al dormitorio de la abuela ahora cerrado. La figura ya no estaba allí. La extraña presencia había desaparecido.

Pero aquella vez no fue la última que contempló a la silenciosa oscuridad…

Tres semanas más tarde, al entrar en su diminuto baño de azulejos descoloridos por el tiempo, la volvió a ver. Allí, inmóvil, en silencio total, rodeada por un aura de oscuridad que no dejaba penetrar la luz, es más, parecía como si absorbiera la luz circundante, tiñendo de sombras malsanas la estancia… Nuevamente, a Marta se le dibujó una sonrisa sardónica en el rostro y sintió como si su corazón fuera ensartado por una gélida daga. Quedó inmovilizada durante un instante. A ella le pareció como si transcurrieran interminables milenos de pavor. Cuando por fin pudo reaccionar y librarse del yugo de la oprimente mirada de la inmóvil figura, corrió a la habitación de la pequeña y agarrándola con celeridad, salieron corriendo de la vieja casa. ¡Cómo la quería!

Aquella vez, tardó más de un día en volver a la casa. A pesar de que no quería residir en ella ni un día más, por motivos económicos no le quedaba alternativa. Y allí siguió viviendo, atemorizada, sin poder apenas dormir. El cuidado de la pequeña Lucía era lo único que conseguía calmar su alma atormentada por el recuerdo de la pesadilla umbría. ¡Cómo la quería!

Pero aquella no fue la última vez en que la joven madre se vio frente a aquellas tinieblas de ojos indescriptibles…

Dos veces más se encontraron aquel fatídico mes de noviembre frente a frente. La primera de ellas, nuevamente en la habitación de la desaparecida Elvira. Y la última, la que rasgó su alma en mil pedazos, tras la cual jamás volvió a ser la misma, fue la vez en que la encontró en la habitación de Lucía, mientras la niña se encontraba en el colegio. Aquella vez, algo más que miedo colmó su mente, una enfermiza ansia de supervivencia, de defensa de lo que ella más ansiaba en su vida, su pequeña niña, su tesoro, su ángel. No podía dejar que aquel ser de pesadilla se acercara a ella, que le hiciera daño, que la asustara, que marcara la vida de la dulce niña como había hecho con ella. ¡Cómo la quería!

Una vez más, frente a la mirada silenciosa e inmóvil de este extraño visitante, Marta se marchó de la casa. Pero esta vez no fue por miedo, buscaba la forma de luchar, de proteger a su amada hija, lo único que tenia en la vida. Durante horas, estuvo rezando y meditando en la Iglesia de San Mateo. Alcanzada ya una resolución, la de que únicamente Dios puede alejar a las sombras del Averno, recogió un poco de agua bendita y regresó a la vieja casa. Allí, llenó la bañera mientras canturreaba una melodía alegre. No recordaba dónde la había escuchado, pero era un reflejo de que su alma ya no temía a aquel ser de ultratumba. Continuó su labor con mucho cuidado y mimo, cuidando en todo momento que la temperatura del agua fuera la idónea, ni fría ni caliente, que todo fuera perfecto. Una vez tuvo la bañera llena, arrojó en ella el agua bendita que había recogido y sumergió el desgastado rosario de su madre. Sentada en el borde de la misma tina, espero, espero y espero… ¡Cómo la quería!

Cuando por fin llegó la hora, bajo a recoger a la pequeña Lucía a la parada del bus escolar. Ambas volvieron a casa juntas con una inusitada felicidad. La niña desbordaba alegría y la joven madre expresaba una sonrisa radiante, como no había esbozado en años. ¡Cómo la quería!

Al llegar a casa, convenció a la niña sin mucha dificultad de que lo primero era un baño. Así que despojó a la niña del sucio vestido azul que llevaba y separó delicadamente el suave pelo recogido en dos coletas que colgaban ondulantes a los lados de la alegre niña. Cuando la tuvo lista, Marta, metió a su tesoro en la bañera y allí con una delicadeza extraordinaria, la estuvo lavando durante horas, en algo que casi parecía una especie de ritual de lo parsimonioso y ordenado de todos y cada uno de los movimientos y cuidados que le procuraba la joven madre. Durante un instante, fue verdaderamente feliz, como nunca antes lo había sido. Cuando hubo acabado, la joven madre sujetó a su hija por los hombros y la sumergió en las aguas que con tanto cariño le había preparado. Lo que más ansiaba era la felicidad de su hija, protegerla, que nadie fuera jamás capaz de hacerle daño… Y había encontrado un modo de hacerlo. ¡Cómo la quería!

Y allí, bajo la mirada de color indescriptible de un ser inmóvil formado por la más oscura e insidiosa sombra, la vida de la pequeña Lucía se fue apagando, poco a poco, poco a poco…

¡Cómo la quería!

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