De cómo Cobi se apoderó de mi yo interior y lo hizo brillar

Foto personal

Un muñeco en tres dimensiones, pequeñito, desnudo, con los brazos abiertos. En la panzita lleva tatuado los cinco anillos olímpicos. Una fantasía de souvenir que he encontrado en el cajón del mueble de la tele, el llavero está en una cajita cuadrada donde pone su nombre: Cobi. El cajón es ese lugar donde puedes encontrar casi de todo y que ningún cuerpo adulto se atreve a ordenar por la pereza que da la nostalgia de los objetos viejos.

Hago un agujerito en la parte izquierda a la altura del pezón. Es mi vestido de verano preferido porque no tiene frunces y es fresquito por arriba y por abajo. Clavo la anilla a la tela y con una destreza torpe la giro despacio, con susto de que el agujero sea demasiado grande, de que se desgarre el tejido, de que no pueda volver a ponerme mi vestido favorito. Consigo enganchar el llavero con éxito y siento la conmoción del arte al mirarme al espejo y ver la delicadeza con la que cuelga Cobi de mí. Por un momento pienso, ¿quién es Cobi?, pero me encanta tanto que me da igual no saber.

Por la tarde voy a ir con mi madre a ver a los primos. Estoy deseando que vean mi hazaña artística. Aunque me da miedo que no lo aprecien lo suficiente o que se rían de mí o que no les guste o que me pregunten quién es y tenga que improvisar cualquier cosa. Todos estos pensamientos se me agolpan en cascada y me agotan, lo soporto con los brazos abiertos y los ojos cerrados en mitad del dormitorio.   

De camino a la casa me cruzo con un niño que también va agarrado de la mano de su madre, el niño me mira a los ojos y acto seguido baja la vista al llavero. Le digo de sopetón: “es un perro como tú”. 

 Veo cómo al niño se le amarga la cara y confunde el gesto, no sé si es llanto o rabia lo que siente. El suceso pasa tan rápido que no me da tiempo a pensar por qué le he dicho eso.

Seguimos andando por el barrio. Empiezo a reconocer las tiendas que están al lado del portal de la tía, vuelve a mí de manera desesperada el parloteo del pensamiento: qué me van a decir cuando vean el arte de mi vestido, cuando descubran a Cobi. Me pongo roja, no quiero que lo vean, no quiero que lo quieran, no quiero dar explicaciones. Comienzo a sudar frío.

 En un momento de pánico intento quitármelo, pero no puedo. Solo tengo una mano libre y el hecho de que vayamos andando es una dificultad añadida, además tengo que evitar que mi madre me pregunte. Hago un par de intentos sutiles de desprenderme del llavero, pero siento que esta vez sí voy a acabar desgarrando la tela y justificar el roto me va a costar más que soportar las envidia de los primos.

Mi madre nota mi mano helada. Ella sabe desde que éramos bebés que siempre hay que llevar una rebeca por si acaso. Me pregunta si me encuentro bien, si tengo frío, si me duele algo. Le digo que me he destemplado y que tengo el cuerpo raro. Mientras toca al timbre de la casa de su cuñada saca del bolso una rebeca de hilo blanco para mí. Se le ilumina la cara de dentro como tomada por un rayo de luz divina. Mi mamá es un gusilú y me ha salvado, ahora podré cubrir el llavero, podré abrocharme la rebeca y resguardar a Cobi.

Me cambia el ánimo, aunque soy consciente de que voy a tener que soportar el sofoco de la manga larga en verano. El sacrificio me compensa.  

Al llegar a la casa todos nos ponemos muy alegres, y rápidamente nuestras madres se van a la cocina a tomar el café mientras yo me voy sumergiendo en la habitación de juegos.

Mis primos tras un ratito de romper el hielo me preguntan que por qué no me quito la rebeca con el calor que hace y qué es el bulto de debajo. A la primera pregunta respondo que mi temperatura corporal es más baja que la del resto y que casi casi soy como una lagartija, que los médicos no saben por qué es, y que no ha sido siempre así solo desde el último estirón que ahí es cuando mi madre empezó a preocuparse y me llevó al médico. No hay solución, lo único que le han dicho es que hay que esperar a ver si la próxima vez que crezca se me regula el termómetro interior.

A la segunda pregunta digo que es que ya me ha crecido un pecho, solo uno y por eso el bulto, que además es una teta deforme, como en construcción, todavía no hemos ido al médico a preguntar si va todo bien y si es normal que la otra teta no esté igual, pero que mi madre me ha dicho que es algo común en la familia, que a ella no le pasó pero que a la tía Amparo, sí, y que un día sin darse cuenta las dos tetas se le pusieron al mismo nivel y redonditas, no fue a mayores la cosa.

He contado las dos historias tan rápido que sé que mis primos van a tardar todavía un poco en reaccionar, la acumulación de información que no saben bien cómo manejar los aturde y yo juego a aturdirlos siempre que lo necesito. En general, después de mis explicaciones ellos miran exhaustos y pasan del tema porque somos familia.  

Aunque también sé que intuyen que algo raro de más tengo, cuchichean con las primas de Madrid sobre las historias que me invento, los pillé en la comunión de Amparito.  A mí en este preciso momento no me importa, la mente me va a mil y solo tengo un objetivo: sobrevivir oculta entre la gente.  

Por hoy me quedo satisfecha sintiendo levemente la tensión del peso del pequeño Cobi, con su tatuaje de los cinco anillos olímpicos, prendido de mi vestido verde agua. Feliz de mi hazaña.  

Por Celia Garcia

Celia García es editora de la publicación periódica feminista La Madeja . Es parte del colectivo de amigas feministas SushiPoderío. Vive en Granada (Andalucía).

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