Fue a finales de enero de hace dos años, mientras recorríamos sus casi dos kilómetros de largo, cuando comprendí que Edimburgo sería un lugar al que siempre querría volver. Princes Street, la calle comercial y turística que une las dos partes de la ciudad, nos ofrecía humedad y piedra, pasado y presente, rumor de carruajes y manos enguantadas, tranvías y autobuses, y las vistas de su imponente castillo, una fortaleza que se erige sobre una roca volcánica. En la capital escocesa deambulan las almas de otras épocas y eso es perceptible al caminar y cerrar los ojos por unos segundos, al adentrarse en sus estrechos callejones medievales. Claro, que lo que puede ser el escenario ideal para el romanticismo –como movimiento de exaltación del misterio y lo sublime-, también puede albergar fantasmas de otro tipo.
Imaginemos un edificio decrépito, de varias plantas, cuya fachada está cubierta por el musgo y la suciedad. Su nombre es Cauldstone y está a punto de cerrar, ya que su mantenimiento como institución no puede prorrogarse más. Las baldosas del suelo, blancas y negras, desgastadas, se asemejan a un interminable tablero de ajedrez, donde los peones son manejados por jugadores que practican las últimas tendencias en terapias electroconvulsivas, comas insulínicos y lobotomías. Sus pasillos esconden a quienes es necesario olvidar. El aislamiento es la solución ante la vergüenza, la ignorancia y el sentimiento de culpa. Gritos, olores corporales que provocan repulsión y miedo, personas carentes de identidad, vidas aparcadas, latidos silenciados por el peso de las apariencias. Manicomio, psiquiátrico, casa de locos.
Ahora, pongámonos en una situación hipotética: un día cualquiera, nos llaman y nos comunican que ya no pueden hacerse cargo de nuestra tía abuela, quien tendrá que abandonar el viejo hospital tras sesenta y un años de internamiento. Hasta ahí, todo puede tener cierta lógica, si somos el único pariente directo. El desconcierto llega cuando no sabíamos de su existencia, pues toda la familia nos había contado que la abuela era hija única –incluida, ella-. Así, reacciona Iris, cuya principal preocupación es sacar adelante su negocio y situarse en la relación que mantiene con su amante, un hombre casado, que le asegura que dejará a su esposa en cuanto se dé el momento oportuno. Es, entonces, cuando se inclina por el error administrativo, hasta que los documentos y los detalles la llevan al epicentro del laberinto.
“Todo empieza con dos chicas en un baile”[1]O’ FARRELL, Maggie. 2025. La extraña desaparición de Esme Lennox. Barcelona: Penguin Random House, página 13, que son Esme y Kitty, y pertenecen a la alta burguesía escocesa. Su infancia en Bombay y la vuelta a sus raíces, marcó a ambas, aunque de manera diferente. Una, vestida en tono pálido, está sentada, a la espera; la otra, de rojo, ha perdido los guantes y se aburre soberanamente. Quizás, si esa noche Esme se hubiera podido quedar en casa, su destino hubiera sido otro. En su historial, constan diagnósticos diversos: histeria, trastorno bipolar, trastorno de la personalidad… pero en ninguna de sus páginas figura la verdad: era singular; singular para la época que le tocó vivir, para el hogar en el que nació, para su sexo y género. No hacía caso a los problemas de aritmética, pero quería ir a la universidad. Se entretenía con la danza que las motas de polvo exhibían ante los rayos de sol y podía escuchar el llanto de los árboles. Tenía claro que no se iba a casar, que se dedicaría a viajar por el mundo. En definitiva, era una criatura imposible, desobediente y mentirosa.
No fue la única. Estaban las que se negaban a hablar, las que dejaban los platos sin fregar o la ropa sin planchar, aquellas que todo lo cuestionaban y discutían, las libidinosas o las que mostraban rechazo a las relaciones matrimoniales. Su padres o maridos, en estos casos, afirmaban que sus “niñas” antes eran adorables, pero que ya estaban hartos de soportar locuras y desvaríos. Ellas, carentes de muchos derechos y responsables de demasiadas obligaciones, eran sometidas a la vulnerabilidad, a la sobremedicación y, en muchas ocasiones, a la negligencia y violencia institucional. Durante el siglo XIX y primera mitad del XX, encerrarlas era una herramienta de control social y de represión, bajo etiquetas imprecisas y manuales influenciados por estereotipos de género prevalentes en la sociedad de entonces.
“La extraña desaparición de Esme Lennox” (2006) es la cuarta novela de Maggie O’Farrell (Coleraine, 1972). Su obra, en general, ha sido traducida a una treintena de idiomas y ha obtenido multitud de galardones, como sucede con sus dos últimas publicaciones: “Hamnet” (2020) –Premio de Ficción Femenina 2020 y Premio del Círculo de Críticos Nacional del Libro de Estados Unidos 2020– y “El retrato de casada” (2022) –Premio San Clemente Rosalía-Abanca de Novela extranjera 2024-. Su narrativa es sencilla, fácil de seguir, pero siempre que el lector esté dispuesto a dar saltos en el tiempo continuamente, además de adentrarse en el perfil de cada personaje y ser capaz de reconocer sus voces.
En sus páginas se descubren todos, incluso quienes permanecen en un segundo plano o apenas logramos mirarlos de frente.
La autora nos brinda la posibilidad de tender un puente entre Esme e Iris o de vivir un camino paralelo, donde se funden y discurren como una sola; porque una puede ser la proyección de lo que la otra quiso ser y no pudo. Los lazos familiares, los convencionalismos y el peso de una educación victoriana constriñó la esencia de Esme, que huía de la estricta disciplina que sus padres pretendían imponerle, y de los límites del ámbito doméstico y la sumisión a la figura masculina. Iris, en cambio, es una joven que es fiel a sus propias reglas, sin cuestionarse demasiado y traspasando fronteras que, a inicios del siglo anterior, eran infranqueables para las mujeres “respetables”.
O’Farrell nos regala un relato trepidante y misterioso, que nos acerca a la realidad de una parte fundamental de la Historia de la salud mental que obviamos o, simplemente, nos resulta incómoda. En una de sus entrevistas, confesó que el germen de este libro fue un caso real, el de la prima de la abuela de uno de sus amigos, que murió en uno de estos centros, antes de la reforma impulsada por Margaret Thatcher. La recluyeron a principios de 1920 por fugarse con un oficinista. ¿Anacrónico? Sí, pero verídico.
| Título: La extraña desaparición de Esme Lennox |
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Referencias
| ↑1 | O’ FARRELL, Maggie. 2025. La extraña desaparición de Esme Lennox. Barcelona: Penguin Random House, página 13 |
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