Retratos literarios: «El Nadador», John Cheever

Aunque la idiosincrasia del héroe de la novela norteamericana haya sido, por lógica, cambiante, es a partir de finales de los años cincuenta, cuando nace -en contraposición al personaje casi mítico, que sale airoso de su hero’s quest– el antihéroe. Por lo general, así es como se ha comportado el personaje principal de la novela en Estados Unidos de los últimos sesenta años. Si le sumamos a ello que, desde esa misma década de los cincuenta, la novelística se encuentra sumida en un proceso de cambio hacia un realismo oblicuo, esto es, una ficción que oscila entre un existencialismo del absurdo y un liberalismo que duda de sí mismo, en feliz definición de Bradbury[1]BRADBURY, Malcolm. 1992. The Modern American Novel. Oxford: Oxford University Press, p. 167, hallamos a John Cheever.

En The Swimmer[2]CHEEVER, John. 1978. «The Swimmer», en The Stories of John Cheever. New York: Alfred A. Knopf, pp. 603-12 (todas las traducciones son nuestras), el relato de Cheever, Ned Merrill se embarca en un viaje por todas las piscinas del condado, hasta regresar a la realidad. Perdidas ya la claridad y la capacidad comunicativa, el universo que descubre Ned -en cada viaje catártico que supone atravesar una piscina- es una suerte de sinfonía desconcertante de la vida actual, irreal e imposible. La prolongación del american dream en cada piscina, con tintes de fantasía uterina[3]Vid., BARDAVÍO, José María. 1988. Fantasías uterinas en la literatura norteamericana. Zaragoza: Universidad, pp. 370 que podría suponer ese viaje termina, de súbito, chocando con esa realidad, cuando el (anti)héroe llega a su casa.

Al finalizar la representación que ofrece Cheever de los suburbios de clase alta de la Costa Este, su paleta de colores ha terminado por enturbiar el, en principio brillante y alegre, boceto del principio. Cuando comienzan viaje y relato, cada patio tiene una reluciente piscina, donde la gente ríe y disfruta del jolgorio, bebe sin mesura y sobrevive gracias a las empresas de catering y los camareros. Es este es un mundo de lujo, parece decirnos Cheever, fácil y tranquilo. Pero no tarda en enturbiarse tal panorama ficticio, pues, en muchos sentidos, a pesar de esta descripción idílica en la historia, hay un sentido autoral obligado para alterar la felicidad desde la misma homogeneidad patente.

Precisamente porque cada casa tiene una piscina y todo el mundo es igual (rápidos y eficaces para entretener, lo mismo para ofrecer bebidas y charlar), empero, el proceso natatorio de Ned sí que varía, y se convierte en lo contrario del jolgorio irracional que se vive allí. Hay un lado oscuro en este supuesto paraíso suburbano, en el que algunas piscinas están vacías, otras turbias en exceso, y llenas, por último, de productos químicos. De ahí en adelante, los residentes se hacen cada vez más hostiles y así, el tramo final del viaje de Ned es simbólico de su nado hacia la turbiedad del fondo, más allá, en efecto, de la superficie brillante y alegre de los suburbios. Nótese que, aunque la casa de Ned está orientada hacia el sur, él toma la decisión de ir al suroeste, alcanzar su casa «por el agua»[4]CHEEVER, «The Swimmer», Op. Cit., p. 602, y toma la forma de una figura legendaria[5]Ibíd., p. 604. Hay aquí un Leviatán moderno, pero también parte del delirio, en forma de stream of consciousness, de un alcohólico.

Cuando el nadador llega a su casa después de recorrer todas las piscinas de las urbanizaciones colindantes, recibe el terrible mordisco de la realidad. Durante todo el camino, se ha hecho poco a poco más patente que el agua, simbólicamente, ha salido de las piscinas, vaciándolas, y se ha transmutado en el agua de la tormenta que cae. La casa es tan inaccesible, comprueba Ned Reilly, como el mismo sujeto. Inaccesible, pero existente, por último. Ned está hecho añicos, física y metafóricamente, en esa pesadilla existencial que tan bien dice conocer el mismo Cheever[6]HASSAN, Ihab. 1973. Contemporary American Literature. New York: Frederick Ungar, p. 82. Por fin lo sabemos: el nadador perseguía la búsqueda de un origen que se convierte en vacío, rodeado de una cuadrícula de piscinas y un centro de absoluta vaciedad. Más que un arco narrativo lo que hay es una línea geográfica con una elección histérica de la naturaleza como objeto de deseo incompatible.

La naturaleza ha tomado y asediado las propiedades de Ned: las puertas del garaje presentan manivelas oxidadas y, contra su casa, la tormenta ha estrellado un caño de desagüe. Naturaleza que no es compatible ni con Ned ni con cualquier otra estructura humana, y cuanto más se aproxima el nadador a ésta, más queda separado de otros humanos y exhausto físicamente. La naturaleza como elemento inaccesible es lo Real lacaniano, entonces. Al principio, la naturaleza significó vida. Al final, envejecimiento y muerte del individuo, por lo menos desde un punto de vista espiritual. Ned empieza joven y vigoroso y casi acaba ahogándose, exhausto, en una de las piscinas. El día han sido meses y años. Las hojas caen en el otoño de un supuesto verano. La línea de piscinas no es sólo espacial sino también temporal: Ned nada a través de su pasado hacia el horror innombrable de un presente no refractario, y es esa cualidad precisamente el propio espacio vacío que encuentra el sujeto humano cuando busca su origen y solo halla naturaleza sin estratificar.

Ned experimenta, así, más nociones sobre su verdad y todo ello, combinado con su rechazo, está dañándole. Le vemos llorar, incluso, al darse cuenta de que «había nadado mucho tiempo, permanecido inmerso mucho tiempo y la nariz y la garganta estaban doloridas del agua»[7]CHEEVER, «The Swimmer», Op. Cit., p. 612. El momento de la terrible verdad llega ahora, cuando ha trascendido los límites de lo extramatrimonial –la casa de su amante está casi al lado de la suya-, la fatiga le impide nadar en la piscina de los Gilmartins y casi se ahoga en la de los Clyde. Ned ya no es un hombre como lo era al principio y el concepto de masculinidad se ha perdido: los hombres se lanzan sobre la piscina mientras él, de forma muy simbólica, opta por las escalerillas.

Llega a su casa, y encuentra moho en sus propias manos: se ha conducido él mismo a la ruina, y por eso no siente nada por el triunfo conseguido[8]Ibíd., p. 612. Su familia ha desaparecido y la tormenta a la que se dirigió voluntariamente ha desprendido uno de los caños de desagüe, que cuelga sobre su puerta, bloqueando la entrada. Ni siquiera es capaz de recordar que hace tiempo que dejaron de emplear criada y cocinera. Su futuro es el vacío más absoluto -lo ha sido siempre- sólo que él lo había olvidado. Lo que hace de The Swimmer un prodigio único en la narrativa corta norteamericana es que, aunque Cheever apunta una realidad que comienza a desvanecerse cerca del final, tal vez esta representación posterior del fasto suburbano, de la «parcelización» sobre la que asienta el espíritu fundacional de los Estados Unidos es, por triste que resulte, el trazo más realista del cuadro original pintado por el narrador al comienzo.

La historia de Norteamérica misma está escrita en torno al papel del pilgrim que arriba a una tierra desconocida, al explorador que se establece, y, en contraposición a la realidad de éstos, los fundadores del país, que se ven al final como americanos y no como colonizadores extranjeros. El caso de Ned Reilly es justo al contrario: nunca deja de ser un explorador, un extraño, de hecho continuará hasta el final viéndose a sí mismo como tal. Es pleno día, pleno verano, y él está en la plenitud de su vida. Un hombre con un destino marcado, un explorador, un peregrino. Su misión hacia la verdad se cumple, de forma inexorable. Así es que explora una piscina tras otra, vuelve a la fase traumática del nacimiento, descubriendo, además, que el mundo no es aquella acogedora matriz que una vez percibiese. Este antihéroe de Cheever renace, de forma constante, hasta llegar a la puerta misma de su hogar, que ha dejado de serlo, que está vacío y abandonado. Como está, por último, el sueño americano. Navegar mares prohibidos, nos dice Pérez Gállego[9]PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1978. Navegar Mares Prohibidos. Madrid: Cupsa, p. 26, ha sido la dinámica de la literatura norteamericana, en definitiva, el viaje hacia una hipótesis.

Lo que era Arcadia paradisíaca, por tanto, se convierte así en lugar ominoso y cerrado. El jardín queda imparcial, lo que cuenta es la calma vegetal, natural, como apócrifo telón de fondo, que siempre oculta algo. Los ecos de Dante, para quien el viaje mismo es digno de castigo, resuenan a nuestro alrededor, impetuosos y sin piedad alguna. Es el despertar de Ned, al final, el que nos renueva el interés en las contradicciones negativas de la literatura norteamericana de mediados del siglo pasado. Su viaje dantesco tiene cualidades de onirismo negativo, y esa isla/útero/piscina a partir de cuya separación y desprendimiento -la conclusión del relato, frente a su propio hogar- le aportará un simple extracto de la realidad. La ruptura con el resto es el símbolo del aprendizaje del mundo, tan necesario como cruel. Puede que Ned Reilly haya estado soñando con un deseo durante todo el relato. Así, su inmersión acuática sería la fase más profunda del sueño que, de pronto, se ha transmutado en un paisaje restringido: lo Real.

Dice Alfred Kazin, en referencia a Cheever, que «América era todavía un sueño, una fantasía, y que, en sus mentes, estos americanos colonos seguían en su camino hacia la Tierra Prometida»[10]KAZIN, Alfred. 1973. Bright Book of Life: American Novelists and Storytellers From Hemingway until Mailer. Boston: Little, Brown Company, p. 111. Ned emerge, incluso se humaniza, llorando por vez primera en su vida[11]CHEEVER, «The Swimmer», Op. Cit., pp. 611-12. La piscina, suburbanidad dolorosa, se ha transmutado en un espacio cerrado, donde los actos quedan reducidos, la palabra no sirve y el progreso del héroe es imposible. Sumergiéndose en el agua, Ned Reilly ha entrado en el vasto universo del todo. Eso conlleva, como vemos, el peligro de un mundo desordenado y amenazante. Como si fuera un mar homérico, entrando en el oleaje etílico y, en principio calmado, de una piscina, el cuerpo se pone en riesgo y Ned se invita a su propia desorientación (de ahí el contexto onírico al que hacíamos referencia antes). Reilly es un resistente heroico, y para nadar requiere darse un elemento extranjero, de diferencia.

Son aguas hostiles no por lo que contienen, sino por lo que anida fuera. El peligro para los límites mortales de la fuerza está en su mismo hogar.

Ned Reilly es el pilgrim de la alienación y del vacío. Cheever ha escrito el viaje de toda una vida en un día, y es en el curso de ese periplo acuático en el que su personalidad se endereza y las heridas se reabren. Ha fabulado sobre una Odisea que deja en un estado lastimoso y realista el barniz de la América burguesa, sus engaños, sus hipocresías. Para la llegada, la soledad, el desconcierto. John Cheever, nos cuentan en su biografía, encontró en sí mismo y en su ambiente cercano la inspiración para el extraordinario relato escrito en 1964. Cheever tiene resaca y decide atravesar su piscina. Entonces toma conciencia sobre su propia apariencia juvenil en un cuerpo fatigado por la cincuentena y los excesos. «Aún se lanzaba -dice su biógrafo- a piscinas heladas con vigorosa inconsciencia, se emborrachaba cada vez que le daba por ahí y siempre estaba dispuesto a salir corriendo» . Parece, en efecto, decepcionado él mismo como autor, y le cede a Reilly la capacidad de ser su trasunto. Insiste Bailey, el biógrafo, «no sólo el Yo narrador estaba destrozado, sino también el Yo John Cheever»[12]BAILEY, Blake. 2010. Cheever: Una Vida. Barcelona: Duomo, p. 363. Muestra unos compañeros de falsa normalidad que no aceptan al nadador como uno de los suyos.

No sabemos, al final, si es Ned el marginal o lo son los otros, pero sí podemos notar las cicatrices que se adivinan en el cuerpo y mente de Merrill, aquellas que dejó el sueño americano. Cada piscina, cada casa, cada encuentro revelan una parte de su vida, deformada por él y por los otros. Esta obra maestra, zambullida en el malestar metafísico de su época, es la Odisea anti romántica de un héroe desmitificado y que fluctúa entre las aguas, nunca mejor dicho, del mundo real y del mundo ficticio. Este último estalla cuando comienzan la mofa y el escarnio y sabemos que ha perdido toda su dignidad e integridad. No ha hecho ningún voto, ningún compromiso, y sin embargo ya no puede volver con su mujer y sus amigos a la fiesta de la piscina, dejarse arrullar de nuevo por las voces que se quejan de que ha bebido demasiado: no hay retorno posible. La línea de sombra conradiana se ha cruzado, ya ni siquiera recuerda exactamente de dónde viene, su memoria le traiciona. 

La narración comienza in medias res, entre los vapores del alcohol y el épico simbolismo de la atmósfera naturalista de la que participa. Ese viaje, si supusiera como tal un plano realista, sería también de regreso y no sólo de huida. Por tanto, volver podría ser una solución, pero resulta improbable: Ned tiene que llegar a la extenuación y al horror de esa casa en la que se enfrenta con la pérdida, una pérdida que resulta inconcreta y terrible. A Ned se le advierte, mediante signos, de su ridículo y de sus problemas, pero los ignora. La realidad golpea, deviene inconexa con su misma vida, y al fin, Ned está solo. Este relato tiene mucho de fábula, como historia del recorrido de un hombre por la vida que es, aunque se lleve a cabo en el transcurso de un día, mostrando sus intentos de aferrarse a la juventud, la virilidad y la felicidad. Querer aferrarse a las hermosas, románticas esperanzas e ilusiones de antaño, como pretende Ned le convierten en partícipe exclusivo de otra tragedia americana por excelencia. Aquí es donde incluso adquiere el relato de Cheever tintes de morality: el nadador ha recorrido toda América, a través de sus piscinas. Lo ha hecho, además, hablando sólo con las mujeres: los hombres o no están, o están en silencio; son de alguna manera serviles, como hologramas, estáticos.

Pero no podemos engañarnos. Los hombres indefensos (castrados) de la historia podrían representar su incapacidad para interactuar con una mujer (Cheever aplica aquí el más claro de los tonos autobiográficos), su sentimiento de víctima, degradado por esta engorrosa presencia femenina. De hecho, parece que los juicios negativos que tiene sobre sí mismo los proyecta todos fuera de sí en las mujeres, empezando por su propia esposa. Por lo tanto, observando la actitud que las mujeres tienen hacia él desde el principio hasta el final de su viaje, vemos una parábola sentimental: de un estado de amor y felicidad por su presencia en su propiedad (las dos primeras mujeres que conoce le dicen «lo maravilloso de su sorpresa»), se pasa a una pérdida gradual de interés. A medida que avanza en su viaje, las mujeres son cada vez menos acogedoras, expresando lástima en lugar de amor, y finalmente se vuelven abiertamente hostiles.

Y, al igual que zambullirse en un río entraña peligro, Ned, el antihéroe de toda una generación, consigue salvarse al ser arrastrado -no hacia una cueva, como en algunas fábulas- sino hacia su misma casa, hacia su misma soledad. Está solo, sí, pero quizás se haya salvado, entre tanto complaciente desaliento burgués. Ned Merrill ha protagonizado una poética de la desidia. Es el símbolo auténtico de esa Lost Generation que, aún hoy, podría simbolizar Norteamérica. El mundo entero, esta noche.

Título: Cuentos
  • Autor/es: John Cheever
  • Editorial: Literatura Random House
  • Nº de páginas: 880 (907-23)
  • Encuadernación: Tapa blanda

Referencias

Referencias
1 BRADBURY, Malcolm. 1992. The Modern American Novel. Oxford: Oxford University Press, p. 167
2 CHEEVER, John. 1978. «The Swimmer», en The Stories of John Cheever. New York: Alfred A. Knopf, pp. 603-12 (todas las traducciones son nuestras)
3 Vid., BARDAVÍO, José María. 1988. Fantasías uterinas en la literatura norteamericana. Zaragoza: Universidad, pp. 370
4 CHEEVER, «The Swimmer», Op. Cit., p. 602
5 Ibíd., p. 604
6 HASSAN, Ihab. 1973. Contemporary American Literature. New York: Frederick Ungar, p. 82
7 CHEEVER, «The Swimmer», Op. Cit., p. 612
8 Ibíd., p. 612
9 PÉREZ GÁLLEGO, Cándido. 1978. Navegar Mares Prohibidos. Madrid: Cupsa, p. 26
10 KAZIN, Alfred. 1973. Bright Book of Life: American Novelists and Storytellers From Hemingway until Mailer. Boston: Little, Brown Company, p. 111
11 CHEEVER, «The Swimmer», Op. Cit., pp. 611-12
12 BAILEY, Blake. 2010. Cheever: Una Vida. Barcelona: Duomo, p. 363

Por Daniel Arana

Zaragoza, 1988. Formado en Filología Inglesa, es escritor, poeta, traductor y docente. Dedicado, además, a la investigación literaria, lingüística y filosófica. Ha colaborado como crítico literario, cinematográfico y musical en Laberintos, El Coloquio de los Perros, We Belong Dead o Letras s5. Publicó en 2014 una antología crítica y traducción de Poesía Beat inédita en castellano, "Los Otros Aullidos" (Zaragoza: STI Ediciones, 2014); la plaquette "George Oppen. Fragmentos para una Poética Activa" (Zaragoza: La Herradura Oxidada, 2015), y los poemarios propios "Abisal" (Zaragoza: STI Ediciones, 2016) y "Materia del tiempo" (Zaragoza, STI Ediciones, 2017), así como ha colaborado también en la antología de arte y poesía "Con Clave de Fa Aún Mayor" (Zaragoza: Gabinete de Ediciones Artísticas, 2015) y los libros de cine "70's Monster Memories" (Brighton: Buzzy Krotik, 2016) y "Unsung Horrors" (Brighton: Buzzy Krotik, 2016). Finalista del Premio de Poesía Adonáis en su 71 edición, en la actualidad dirige la colección de poesía Dasein, en la editorial zaragozana Sindicato de Trabajos Imaginarios, y está preparando una traducción de "Bajo el bosque lácteo", de Dylan Thomas, los "Cuartetos" de Francis Jammes y la edición de la obra del desaparecido filósofo francés Pierre Boutang, inédito en España. Sus estudios se centran, fundamentalmente, en la historia del pensamiento francés, la investigación de las literaturas europea y norteamericana, así como el ejercicio del pensamiento, la poesía y la crítica literaria desde perspectivas como el psicoanálisis o la filosofía, muy especialmente deudoras de las teorías de Maurice Blanchot, Harry Levin, Jacques Lacan, Jacques Derrida, Pierre Boutang, Walter Benjamin, Edmond Jabès, Paul Celan, Martin Heidegger o Georges Bataille.

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