
¿Qué diferencia solemos advertir entre alguien que produce y un artista? Es posible que, efectivamente, contestar con certeza sea más complejo de lo que aparenta; sin embargo, la línea divisoria sí puede establecerse entre aquel que crea para obtener un beneficio, más o menos, material –y, por tanto, ha de contentar a un receptor o público- y aquel que, simplemente, lo hace por pura necesidad espiritual, pasión o búsqueda. Unos y otros atraen adeptos y detractores a partes iguales, con sus respectivas luces y sombras. Chantal Akerman (1950-2015), cineasta y escritora belga, es un claro ejemplo del segundo caso, pues su trabajo desborda las lindes de cualquier formato y su objetivo nunca fue agradar u ofrecer lo que se demandaba desde fuera. De hecho, su trayectoria se caracterizó por una constante precariedad financiera y su reconocimiento en vida se restringió a honores culturales selectos; nada de premios en el ámbito de la industria comercial. Por ello, quizás, antes de leer “Una familia en Bruselas”, publicada en septiembre de 1998 por la editorial francesa L’Arche Éditeur, es recomendable conocer a la autora y a su cine. Según su propia definición, ella sería “una letanía de preguntas sin respuesta. Una identidad fracturada. Una incógnita en constante desplazamiento”[1]AKERMAN, Chantal. 2025. Una familia en Bruselas. Madrid: Tránsito, página 11 y su filmografía merece una mirada paciente y limpia de expectativas.
En 1975, con tan solo veinticinco años, estrenó en el Festival de Cannes “Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles”. Marguerite Duras reaccionó tachándola de loca y Le Monde proclamó que se trataba de la primera obra maestra rodada en femenino de la historia del séptimo arte. Reproduce la vida cotidiana de una viuda, que tiene un hijo a su cargo y que se prostituye para sobrevivir dentro de la clase media. Durante más de tres horas, presenciamos los rituales domésticos y monótonos del personaje, con una precisión nunca antes captada por una cámara. Con anterioridad, en “Saute ma ville” (1968), la propia Akerman encarnó a la protagonista de su primer cortometraje, en el que una joven canta y hace labores en su cocina, hasta que rompe todo orden y se rebela ante un espacio y sus atribuciones. Tampoco es casual que su último film sea “No Home Movie” (2015), en el que hace un retrato demoledor de su madre, fallecida apenas unos meses antes. Y aquí hallamos el quid de la cuestión: su madre, superviviente del holocausto nazi; su núcleo emocional, su motor creativo, su mayor fuente de inspiración. “No hay nada que decir”[2]Ibíd., página 14, le repetía Natalia Akerman a su hija. Chantal tomó esa “nada” y la convirtió en un murmullo atropellado, despojando el lienzo femenino de todos los añadidos que nos impiden vernos tal y como somos; es decir, aquello que casi siempre se descarta y que es de absoluta obligación plasmar. Sólo rascando se llega a lo hondo, aunque esto parezca mundano, escandalosamente sencillo y rutinario. La representación no es de una víctima, sino de una voz repleta de silencios. Por consiguiente, en su relato “Una familia en Bruselas” encontramos ese mismo sello personal que configura su estilo cinematográfico, donde no existe distinción entre lo narrativo y lo no narrativo. Lo visible y lo invisible se dan la mano, porque no describe una única realidad –la de su madre-, sino la de todas. Se trata de un monólogo crudo y tierno, dramático y desnudo, difícil de definir; que se ofrece en primera y en tercera persona, difuminando los límites que, en situaciones habituales, permiten al lector distinguir entre los pensamientos de la madre y los de la hija. Esta alternancia genera confusión a priori, pero acaba por interiorizarse y ello genera fluidez, naturalidad, y alejarse de la dimensión donde se encasilla a cada interlocutor en un discurso concreto, en unos rasgos que sentencian y aparcan la posibilidad de escuchar más allá. Además, este mismo desconcierto se gesta desde el principio, cuando somos testigos de que el texto se inicia desde la continuidad, como si ya hubiera comenzado en algún otro lugar y, ciertamente, se retomara; un capítulo, no un comienzo. Es otro de los recursos extraordinarios de Akerman: su ambigüedad. A ello se suma un ritmo incesante e íntimo, donde los signos de puntuación se obvian la mayor parte de las veces, consiguiendo un flujo de conciencia que no contempla pausas; haciendo uso de una sintaxis acumulativa, con frases largas, que demanda urgencia y produce asfixia.
Su madre es también su difunto padre, aquel que no la censuraba, que la quería, pero que se preocupaba al verla sin marido y sin hijos. Y es una identidad –la judía-, el trauma de un pasado de persecución, los automatismos diarios que ahuyentaban la locura, el vínculo con sus familiares repartidos por el mundo, la austeridad y el miedo a volver a pasar penurias. La reconstrucción de un recuerdo, esa es su madre. Chantal reconoció ese vacío desde niña y su empeño fue, tal vez, captarlo en un sentido artístico y liberador, para que sanara, de un modo u otro. Este hilo maternofilial fue tan intenso que sólo se rompió con la muerte de Natalia, precipitando, al parecer, el suicidio de su hija en octubre de 2015.
Esta obra, aunque muy desconocida y poco reseñada todavía en la actualidad, reúne temas que trascienden la época o la situación en las que fueron escritos.
Su alcance abarca las heridas transgeneracionales, la visibilización de la soledad y el proceso de duelo, el aislamiento y la desconexión social de algunas personas mayores; así como, los mecanismos de supervivencia emocional. Del mismo modo, el ailleurs al que tanto alude Chantal Akerman, es una de sus obsesiones más repetidas: el contraste entre el encierro y la fuga. La persona está atrapada en la rutina, entre acotaciones físicas y mentales; pero, al mismo tiempo, sus deseos y su memoria habitan en el pretérito o en la distancia.
Dejó un legado de más de cuarenta películas y su faceta de escritora se perpetuó en cada una de ellas. Se atrevió a narrar de una forma nueva, experimentando, sumergiéndose en la mudez de quienes, por un motivo o por otro, han adoptado la reserva y la prudencia como hábito y salvoconducto. Gracias a ti, Akerman, hoy podemos escucharlas… escucharnos.
| Título: Una familia en Bruselas |
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