
En esta ocasión se acerca a los amaneceres de nuestra revista Alberto Moreno Sánchez-Izquierdo, nacido en 1975 en Talavera de la Reina, donde continúa viviendo. Tiene tres hijos y lleva 29 años trabajando como maestro de Primaria. Le gusta leer, bucear y escribir relatos y microrrelatos. Sus textos han sido finalistas en algunos certámenes, como REC o Calderón Escalada, y ganadores en otros, como el del Museo del Prado o Cuentos Lena. También colabora habitualmente en la comunidad de microcuentistas ENTC, y matiene el blog Una foto cuéntame, junto a la fotógrafa Piedad Sánchez-Oro. Ha publicado el recopilatorio Fragmentos, cuyos beneficios de ventas se destinan íntegramente a APACE (Asociación de Ayuda a la Parálisis Cerebral).

Alberto desea compartir con los lectores de Amanece Metrópolis los siguientes microrrelatos de Fragmentos:
Detener el tiempo
Hoy he enseñado a mi hijo a jugar al parchís. Es su primera partida y me está ganando. Sus ojos brillan. Ahora vendrá Cristina, iremos a cenar a una pizzería y allí se lo contaremos todo al niño. Será lo último que hagamos los tres juntos.
Nico lanza y grita: «¡Si me sale un seis te gano, papá!». Pero, por algún motivo, el dado se ha parado en el aire. Está flotando. Es muy extraño, fuera las nubes siguen moviéndose, suenan los coches, y también el timbre (debe ser Cristina), sin embargo, el dado sigue quieto, levitando.
Intento levantarme a abrir, pero Nico me sujeta con fuerza: «Espera, papá, hay que acabar la partida», susurra, sin dejar de mirar el dado. Sus ojos parecen dos pompas de jabón. Enormes, frágiles. Entonces… me siento de nuevo. Y respiro.
Y nos quedamos los dos en silencio.
Aguardando, sin prisa, a que el dado decida.
Literapia de pareja
Dibuja un anagrama en el espejo que ella completa, según lo aconsejado, con un romántico palíndromo. Sus hijos ya están aburridos de escuchar tanta cursiva durante las comidas; los vecinos murmuran cuando sus escandalosas admiraciones encierran diminutivos cariñosos: ¡bizcochito, cachorrito!, ¡merenguito, pichoncito!…; y sus amigos consideran excesivo lo de la lista de la compra en versos endecasílabos. ¿Estarán abusando del tratamiento? El doctor les ha aconsejado que vayan retirando paulatinamente algunos adjetivos, como resplandeciente, grácil, o etérea. Pero a ellos les cuesta abandonar la terapia, sobre todo desde la noche en la que descubrieron aquel fascinante universo escondido entre paréntesis.
Egagrópilas
El dueño del circo quiere que Carmen actúe también en el pase diurno. Pero ella se niega.
—La gente no viene a ver al faquir, Carmen, ni al enano bicéfalo ni a la mujer barbuda, ¡ellos quieren ver tu show! —le dice, casi rogando, con el bigote erizado.
Y tiene razón, porque, cuando Carmen se planta en medio de la pista y su rechoncho y viejo abdomen empieza a convulsionar, el público del pase nocturno queda hechizado al instante. Después, dos gritos desgarradores, tres arcadas apocalípticas y… sucede. De su desdentada boca emerge esa enorme bola de pelos, huesecillos y letras. Una maraña que cae, se amontona y se derrama, formando esqueletos amorfos, rostros inciertos, y palabras inventadas. En la grada, claro está, todos achinan los ojos, elucubrando: ¿qué será eso?, ¿qué pondrá ahí?…
Y entonces, sin más, Carmen se limpia y se larga. A su rutina, su bayeta, sus nietos y su artrosis.
Y el jefe la sujeta del brazo, implorando. Insistiendo en que eso es arte, belleza. Dinero.
Pero ella que no, que no; que no puede desatender su otra vida.
Que… si quieren ese espectáculo, hay que dejar las cosas como están.