
La abrumadora victoria en el pequeño estado germano-oriental de Sajonia-Anhalt de Alternativa para Alemania (AfD), a falta de 3 diputados para la mayoría absoluta, no por sorprendente, ha puesto patas arriba el marco político alemán y europeo tratándose de la primera potencia del continente.
Una mayoría que parece va a consumar gracias al apoyo de un singular partido rojipardo que ha logrado entrar por primera vez en el parlamento regional. Lo de «rojipardo», para los que no estén muy puestos en la cosa política, proviene de la fusión de dos términos, «rojo», en tanto que sus políticas predican un control férreo de la economía y «pardo», en alusión a las camisas pardas de los nazis de la SA, por su carácter xenófobo, racista y toda la retahíla habitual anti migratoria y nacionalista que lo sitúa en plena sintonía con la AfD.
En este caso se trata del resultado de una polémica escisión de Die Linke (La Izquierda), liderada por Sahra Wagenknecht, que no se complicó mucho la vida poniéndole al partido su propio nombre, Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), y ahora con sus 5 diputados va a facilitar por primera vez desde la II Guerra Mundial la entrada de un gobierno de extrema derecha en un estado alemán.

Pero el programa de la AfD, va aún más allá de las frecuentes consignas de la extrema derecha europea en tanto y en lo que respecta al nazismo relativiza el mismo y toda su terrorífica historia, incluso el papel de la propia Gestapo, advirtiendo que una vez en el poder modificará el currículo escolar para hacer apenas mención a esa parte de la historia alemana. Ulrich Siegmund, flamante ganador de las elecciones decía no hace mucho en una televisión alemana: “No podemos avergonzarnos siempre de nuestra historia. No tenemos ninguna culpa de ella”.
Además, su partido, dice que hará que en los colegios los niños recuperen «el orgullo alemán» y prohibirán todo tipo de auto teatral o cualquier tipo de representación que repruebe de alguna manera a la nación alemana. ¿Les suena a algo?
Es cierto que la Alemania de hoy no es la Alemania de 1933. La situación económica entonces era deplorable tras el desmedido castigo del Tratado de Versalles y la Gran Depresión provocada por el crack de 1929.
También es verdad que Alemania atraviesa una de sus peores crisis económicas –como la mayor parte del continente-, consecuencia de un capitalismo devastador al que no han sabido dar respuesta los últimos gobiernos alemanes, desde Merkel hasta el actual canciller Friedrich Merz, hundido en los resultados de Sajonia-Anhalt y en el resto de encuestas, y que ha provocado enormes desigualdades en la sociedad alemana.
Sin embargo el estado de lo social propicia una serie de prestaciones que hacen que la población no padezca tales penurias con la misma intensidad que antaño.
Pero no es menos cierto que gran parte de la población ha visto frustradas sus aspiraciones, roto el contrato social, mientras que los responsables de grandes oligopolios, en todos los sectores de la industria, el comercio y más recientemente en el ámbito tecnológico, han multiplicado su capital hasta límites indecentes y con una casi absoluta impunidad fiscal.
Como vemos, aun con sus particularidades, la misma motivación que ha hecho a una parte importante de la población en toda Europa volver la cara a los partidos tradicionales de derecha, centro e izquierda dejándose arrastrar por un discurso simplista para enfrentar problemas extraordinariamente complejos y que hace de la cuestión identitaria y la persecución a las minorías el epicentro del mismo.
De manera similar a como ocurrió en la década de los 30 del siglo pasado, cuando un señor bajito con un bigote muy característico, arrastró tras de sí a una multitud enfervorizada revalidando su victoria electoral en la Alemania de 1933, hasta ese momento todavía República de Weimar.
Adolf Hitler tampoco consiguió la mayoría absoluta en esa ocasión, necesito los votos de un partido de centro derecha llamado «Zentrum», para hacerse con el gobierno. Apenas 20 días más tarde Hitler desde la tribuna de oradores del Reichstag, el 23 de marzo de 1933, promulgaba la «Ley Habilitante», por la que suspendía la democracia, convertía el país en un régimen totalitario y encerraba a buena parte de sus enemigos políticos en el Campo de Concentración de Dachau.
La AfD lidera los sondeos en toda Alemania a pesar de que su programa electoral representa la antítesis del humanismo europeo dado tras la II Guerra Mundial y por el que Alemania, hasta hoy, se había convertido en uno de sus principales valedores. Sobre todo por no intentar ocultar su pasado, precisamente con la intención de que su terrible historia no pudiera volver a repetirse.

Con esos mismos mimbres, el resto de partidos alemanes había articulado el llamado «cordón sanitario», para evitar que representantes de la AfD ocuparan posiciones de gobierno. Pero, tal como ha podido comprobarse ahora en Sajonia-Anhalt, ello no ha servido para que, de nuevo, un partido político de carácter etno-nacionalista haya obtenido una contundente victoria y, de paso, vaya a conseguir romper dicho cordón.
La estrategia ha fallado. Del mismo modo que está fallando en el resto de países europeos cuando vemos que los habituales partidos liberales conservadores intentan combatir estos movimientos mimetizándose con los mismos, copiando su mismo discurso con el ánimo de mantener su electorado.
No hay que irse muy lejos para comprobarlo. En España, donde no se estudia al general Franco, ni la guerra civil, ni la dictadura, el Partido Popular que había aglutinado desde la Transición -para bien y para mal-, todo el espectro ideológico desde el centro derecha hasta los melancólicos del régimen franquista, se ha visto completamente trastocado desde la aparición de un competidor como Vox por su propia derecha.
Y por mucho que se esfuerza en blanquearlo intentando asumir algunas de sus propuestas reaccionarias en todo tipo de materias, observa como poco a poco este ha ido asaltando su potencial electorado. O lo que es lo mismo, conforme más sube el tono y más recurre a la hipérbole imitando el discurso de Vox más alas le da a este.
Tanto es así que si durante la actual legislatura muchos populares confiaban en quedarse a solo unos pocos diputados de la mayoría absoluta cara a las siguientes elecciones generales, sin embargo y tal como han ido confirmando las encuestas, no se trataba más que de una mera ensoñación. No es que haya riesgo de sorpasso por parte de su acalorado compañero de viaje pero mientras el PP más o menos mantendrá su número de escaños, Vox va más que a duplicar los que cuenta actualmente a tenor de los pronósticos.
Lo que le va a condicionar muy mucho, tal como le está ocurriendo en las diferentes Comunidades Autónomas donde a consecuencia de su fallida estrategia, anticipando elecciones en aras de gobernar en solitario, finalmente se ha visto obligado a compartir tareas de gobierno con Vox asumiendo buena parte de sus propuestas.
El resultado de AfD en Alemania supone un nuevo revulsivo tanto para Vox como para todas las fuerzas de su mismo espacio en Europa. No solo es posible que AfD triunfe en unas próximas elecciones en la República Federal sino que Marine Le Pen, en un flanco similar al de la formación alemana, parece tener todas las papeletas para ser la próxima presidenta de la República Francesa, la otra gran potencia de la Unión Europea. Mientras a su vez Reform UK, supera en intención de voto a laboristas y conservadores en el Reino Unido.
Por el momento Trump y Putin sonríen. La AfD es territorio común para ambos –de hecho, entre sus propuestas, el partido alemán propone estudiar ruso en las escuelas-, pero además la crisis de Ceuta, la manifiesta desunión evidenciada en la Unión Europea al respecto, el rechazo a esta última por parte de la población en Islandia y ahora la apabullante victoria de AfD representan un espaldarazo para las ambiciones de los dos primeros. Los mismos que, de un modo u otro, no dejan de agitar el avispero con sus poderosos recursos a través de las redes sociales.
Lo cierto es que el mundo que conocimos está cambiando a marchas forzadas y ya ni siquiera podemos asegurar a la vista de los resultados electorales y las inciertas previsiones que se vierten al respecto en toda Europa y en todo eso que llamamos un día «civilización occidental», si pesa más entre los votantes la incertidumbre económica, los prejuicios ideológicos o quizá ambas cosas a la vez.
En definitiva, lo que hemos presenciado en el pequeño estado alemán, en un país que ha resultado modélico intentando desligarse de su horrible pasado sin renunciar a la historia, debemos tomarlo como una clara señal de advertencia de lo que puede venirse encima con unas fuerzas que manifiestan abiertamente su rechazo a las instituciones europeas y tienen en ascuas a la democracia; en la misma línea, que ha declarado Donald Trump situando los límites de su poder “en su propia moralidad”.
Para intentar evitarlo al menos cabría devolver al electorado esa promesa de prosperidad que se dio tras la II Guerra Mundial y que, en mayor o menor medida se fraguó hasta el final del pasado milenio. Pero que con la llegada del actual quedó desbordada por un capitalismo salvaje en el que cayeron abducidas las principales formaciones políticas del espacio europeo y que se ha traducido en una deriva que favorece la reaparición de lo que en líneas generales se han dado en llamar movimientos posfascistas que se han adueñado del discurso y el debate público los últimos años.
Desde siempre, en lo personal, me ha sumido la duda sobre si la democracia debe poner o no siempre la otra mejilla. Si es asumible que determinados grupos políticos manifiestamente contrarios a la misma se valgan de ella para lograr el poder.
Francamente, no lo sé. Pero lo que sí sé es que en la década de los años 30 del siglo pasado Adolf Hitler alcanzó el poder favorecido por unas élites económicas que creyeron que podrían valerse del mismo y que el sistema político era lo suficientemente fuerte para controlarlo. Y todos sabemos lo que ocurrió después.