Los mismos errores por los motivos de siempre. La historia se repite una y otra vez; sólo cambian los actores y las narrativas. Siempre habrá una crisis de suficiente magnitud como para inquietar a medio mundo, mientras que el otro medio se limita a sobrevivir. Y en vez de aprender del pasado, se utiliza como un arma más. Nos horrorizamos al imaginar una posible guerra mundial pensando en la última, sin ser conscientes de que nunca ha habido paz. Puede que en las últimas décadas hayamos vivido desde cierta distancia física y emocional los diversos y simultáneos conflictos acaecidos, dándonos esa necia sensación de seguridad y progreso. Lo cierto es que nada ha cambiado. O sí. El juego es el mismo, pero dentro de una escala. En la economía actual, a ningún país le interesa una guerra mundial. Y con el poder de destrucción de las armas modernas, todos saldríamos perdiendo. TODOS. Existe un límite establecido porque hace tiempo descubrimos que rebasarlo supondría el fin de todas las cosas. Mientras no se llegue a ese punto, el juego sigue. Ahora bien, ¿qué ocurriría si acontecimientos ajenos a los actos humanos precipitasen inevitablemente el final de la partida? ¿Y si fuésemos capaces de poner fecha al fin del mundo? ¿Conservaríamos aún el suficiente instinto de conservación de la especie como para aunar esfuerzos y buscar soluciones? ¿O nos entregaríamos al hedonismo sin tener que preocuparnos por el futuro? Pongamos que hubiese un modo de establecer una pequeña civilización más allá de nuestro planeta. ¿Sería posible empezar de cero simplemente con todo lo aprendido o habría que redefinir los límites de acción y coartar ciertas libertades? Parece que nos vamos metiendo en el terreno dilemático de la ciencia ficción. Un terreno cada vez menos ficticio. Ahí están los experimentos de la NASA que simulan las condiciones en las que tendrían que vivir y convivir los tripulantes de una misión marciana. O mi investigación favorita: el proyecto Patatas en Marte. Mientras tanto, seguimos matándonos y degradando el planeta. Pero ¿y si Marte no fuera suficiente y tuviésemos que huir del sistema solar? ¿Cómo podríamos sobrevivir? Ahora sí que entramos de lleno en el argumento de una historia de ciencia ficción; una que nos muestre cómo seguiríamos siendo humanos a años luz del mundo de un lugarde origen que ya no existe. Y la historia que imaginó Arthur C. Clarke a ese respecto creo que sería una opción más que deseable.
Ojalá el futuro de nuestra especie se pareciera al de Cánticos de la lejana Tierra.
En esta novela, los astrónomos predijeron la transformación del Sol en una nova que destruiría la Tierra. Una predicción con más de un milenio de antelación. Un milenio de carrera contrarreloj para disponer de la tecnología necesaria que permitiese colonizar nuevos mundos. Comenzaron mandando naves sembradoras a aquellos planetas que se sabía que poseían atmósfera. Estas primeras naves portaban embriones congelados, el ecosistema necesario para la supervivencia y un sistema automático encargado de reanimar, criar y educar a los futuros humanos. Con los siguientes avances tecnológicos, se abandonó este burdo y costoso sistema. Ya no había que enviar nada orgánico; bastaba con almacenar en las memorias de los ordenadores de la nave el genotipo de cuantas especies se quisiese y ya se encargarían los robots a bordo de la nave de reunir las materias primas del nuevo mundo necesarias para engendrar la nueva vida. Una de estas últimas naves fue la que llegó a Thalassa, donde da comienzo el relato setecientos años después del aterrizaje.
Y da comienzo porque, después de todos esos siglos, otra nave aparece surcando el cielo y para posarse en el planeta: la Magallanes y su millón de tripulantes criogenizados; supervivientes que escaparon de una Tierra destruida hace mucho tiempo.Seremos testigos de la toma de contacto entre los thalassanos y la pequeña parte reanimada de la tripulación terrícola y se nos explicará el motivo de la visita: una simple parada técnica, pues el verdadero destino de la Magallanes es el planeta Sagan Dos, el cuál tienen que terraformar. Pero para llegar hasta allí necesitan hacer unos preparativos que tardarán entre uno y dos años en Thalassa. Así pues, lo que Clarke nos va a mostrar son las relaciones que se establecen entre los últimos restos de la humanidad original y los herederos de una creada literalmente a partir del barrio primigenio de un nuevo Edén. Se plantean así diversas situaciones ante las que los visitantes han de mostrarse cautos frente a la curiosidad y el candor de sus anfitriones. Son muchos los aspectos de la cultura terrícola los que fueron suprimidos en la fundación de la nueva civilización. Por no hablar de las diferencias tecnológicas. Los thalassanos muestran una conducta entusiasta a la vez que falta de pasión; sus pensamientos y su atención se orientan de una manera casi pueril, pero siempre actúan correctamente. Son como niños bien educados. A su vez, los viajeros de la Magallanes pertenecen a una generación que ha sido testigo de la desaparición de su mundo, por lo que arrastran un dolor y una conciencia que les empuja igualmente a hacer lo correcto. De este modo, todo lo que acontece son historias puramente humanas —con la excepción de unos crustáceos gigantes— en las que las mejores intenciones se cruzan con la inocencia y unos aprenden de los otros. Ahora bien, todos son humanos y poseen sentimientos propios, por lo que también surgen algunos contratiempos inevitables. Naturalmente. Como resultado, estamos ante un hermoso ejemplo de lo que es la auténtica literatura de ciencia ficción. Pues, como dice el autor en la nota que precede al relato:
«…he disfrutado mucho con La guerra de las galaxias y las producciones de Lucas y Spielberg, para citar sólo los más famosos ejemplos de este género. Pero estas creaciones son pura fantasía, no ciencia ficción en el sentido estricto del término. Actualmente parece casi seguro que la velocidad de la luz no puede ser superada en el universo real. Incluso la más cercana de las galaxias estará siempre a décadas o siglos de distancia; ningún Warp Seis les llevará de un episodio a otro en el período de una semana. El gran Productor en el Cielo no planeó su programa de este modo.».
Y mientras sigamos atados a la Tierra, dependemos de ella y de nosotros mismos en conjunto. En vez de buscar solución a problemas lejanos, hagámoslo con los existentes. No esperemos a que el dolor nos haga conscientes. ¿Qué sentido tiene encontrar el equilibrio social en una fingida base marciana o plantar patatas a millones de kilómetros? ¿Por qué nos dejamos fascinar con esas chorradas a la vez que asistimos impasibles a una guerra tras otra? Y en vez de llevar las patatas a Marte, plantémoslas en cualquiera de los desiertos que tenemos a mano. En fin… A la espera de que algún día entremos en razón, espero que historias como la de Cánticos de la lejana Tierra nos inspiren para intentar hacer las cosas de otra manera. Una más humana.
| Título: Cánticos de la lejana Tierra |
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