Fundador de Corinto y promotor de la navegación y el comercio, se manejó con gran astucia en los negocios y en lo particular. A pesar de ser considerado un hombre inteligente y de haber conseguido burlar a la muerte en dos ocasiones, su impiedad no pasó inadvertida a ojos de los dioses. El castigo que se le infligió fue un sinsentido en sí mismo y, por ello, resulta aún más perturbador y tormentoso. Sísifo, hijo de Eolo y Enareta, fue condenado a empujar una piedra redondeada y de grandes dimensiones desde la base de una montaña hasta su cima, para que, una vez allí, ésta rodara sin remedio al punto de partida. Y, así, por toda la eternidad. Afortunadamente, hablamos de un mito griego que trata de subrayar ciertos comportamientos, descritos como negativos o contrarios a la norma y que, por tanto, obtienen su consecuencia por parte de aquellos que todo lo ven.
Quien le dedicó uno de sus libros fue el escritor y pensador Albert Camus (1913-1960); concretamente, un ensayo, titulado “El mito de Sísifo” (1942), que fue concebido casi a la par que su primera novela: “El extranjero” (1942). Más conocido como novelista, que como filósofo, a su obra se le ha atribuido el influjo del existencialismo alemán e, incluso, se le ha llegado a nombrar como “profeta de lo absurdo”, etiqueta de la que él renegó. Al margen de las corrientes ideológicas y políticas, Camus exploró la condición y la libertad humana en sus escritos, rechazando el dogmatismo del cristianismo y del marxismo. Nació en Argelia, en una familia de colonos franceses y aquello significaba ser un “ciudadano de segunda”. Se unió a la resistencia francesa durante la ocupación alemana, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1957 y mantuvo una historia de amor clandestina durante dieciséis años con la actriz María Casares, que reconoció que su única patria era el teatro.
El autor alude a Franz Kafka a lo largo de las páginas de “El mito de Sísifo” y, más concretamente, en el apéndice, ya que la oscilación entre lo natural y lo extraordinario, el individuo y el universo, lo trágico y lo cotidiano, lo irracional y lo evidente, es una constante en su legado. El símbolo trasciende aquello que pretendía expresar el novelista checo y, por este motivo, obliga al lector a releer sus textos. ¿No sucede lo mismo con la vida? Una y otra vez, nos enfrentamos a nosotros mismos y a nuestras acciones, por lo que es imposible escapar de una segunda, tercera o cuarta lectura. Como Sísifo, hemos de cuestionarnos el absurdo de nuestra existencia, un peñasco monumental –o, cada vez, más pesado- que continúa resbalando, independientemente de nuestro esfuerzo y perseverancia. ¿Qué se plantea éste, allá en el Hades, durante el trayecto entre la cúspide y el suelo? Probablemente, ha pasado por multitud de opciones y una de ellas habrá sido lamentarse, creerse la víctima de la ira de los poderosos, entristecerse y acogerse al desahogo que provoca la verbalización de la frustración, perseguir la validación o la empatía de sus jueces, llamando la atención y estimulando su propio desgaste emocional. Otra de las alternativas ha podido ser la rebelión y el desafío abierto a lo impuesto, para restaurar una sensación de cierto control. Y es, entonces, cuando habrá tropezado con la disyuntiva de desarrollar una conducta desafiante y no cooperativa o, por el contrario, obviar la destrucción y elegir el arte como transformación. Sin duda, más allá del lamento y la subversión, también habrá sucumbido a la resignación, fruto de la indefensión aprendida, y habrá desarrollado un estado pasivo de renuncia ante la adversidad. ¿Para qué intentar cambiar aquello que no depende de sí mismo? Pero, en ocasiones, también habrá esperado un imposible, un momento de debilidad de las deidades, que disminuyera su cadena perpetua; y habrá buscado “el lado positivo” de su situación, adoptando un enfoque optimista e identificando las oportunidades de aprendizaje y crecimiento. Aunque, teniendo en cuenta que lleva siglos y siglos atado a su sino, parece plausible que haya acabado por tomar el camino de la aceptación, simple y llanamente. No hablamos, sin embargo, de la rendición, ni de la conformidad, sino de eliminar la lucha interna y alcanzar un mayor bienestar.
Los seres humanos somos Sísifo. Los coaches o impulsores de la felicidad lo saben. De hecho, los manuales de autoayuda han incrementado sus ventas significativamente en los últimos años, debido a la reciente pandemia por COVID-19, al estrés que nos asfixia a diario y a los clichés que pululan a nuestro alrededor. ¿Por qué? Por sus respuestas fáciles e inmediatas, en un mundo que gira en torno al aquí y al ahora. Aumentar la autoestima, soltar y avanzar, producir conscientemente, ordenar y organizar. Lejos de este ejemplo tan cercano a la actualidad y a la situación personal en la que nos encontramos, hemos de profundizar en la raíz: juzgar si la vida es digna o no de ser vivida. Esa es la cuestión, según Camus. ¿Hay alguna lógica hasta la muerte? Es absurdo vivir y esta percepción confronta con la esperanza. Absurdo y esperanza, los dos extremos de esta cuerda floja. Por eso, hay quien muere porque no halla ninguna razón en el ejercicio de la existencia o, contrariamente, quien decide dejarse matar por ideas o sueños que dan sentido a sus días. Y, también, estamos la gran mayoría, los que vivimos del futuro.
Ya lo dijo Sócrates: “Conócete a ti mismo”. Y pensamos. Y el pensamiento crea un universo paralelo, al igual que limita el propio. De este modo, surge el inevitable conflicto: ¿me aparto de mi experiencia para hallar armonía?, ¿aprendo a respirar en este desatino sempiterno y cíclico? Me apoyo en la religión o en la ciencia. La primera me ofrece fe, para reprimir e ignorar, y evasión, para desconectar y huir. La segunda me brinda hipótesis; a lo sumo, alguna teoría. Con ella enumero y comprendo fenómenos, pero no atrapo nada. A ello me lleva mi desenfrenado anhelo de claridad, una necesidad vehemente de transparencia imposible.
“Puede ser Yago o Alcestis, Fedra o Gloucester. En ese corto tiempo los hace nacer y morir encima de cincuenta metros cuadrados de tabla”[1]CAMUS, Albert 2023. El mito de Sísifo. Pontevedra: Lucemar, página 94, porque el actor es el rey de lo perecedero. Acaso, ¿no somos todos actores en este lapso de unas pocas décadas, donde no reconocemos la frontera entre el ser y el parecer?
Sísifo, como cualquiera de nosotros, seguirá encadenado a un destino inapelable.
Nos queda Albert Camus y, quizás, un “apetito salvaje” por la vida.
| Título: El mito de Sísifo |
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Referencias
| ↑1 | CAMUS, Albert 2023. El mito de Sísifo. Pontevedra: Lucemar, página 94 |
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