Sobre un western bélico de John Wayne en la turbia selva de los sesenta

«Claro que estoy de acuerdo con los críticos. Era una película americana sobre chicos americanos que eran héroes para su país. En ese sentido, era propaganda». Así respondía John Wayne acerca de que los críticos calificaran su Boinas Verdes (1968) de propaganda.

Es evidente que, más de medio siglo después, la epopeya bélica de Wayne (al que ayudaron en labores de dirección Ray Kellogg y Mervyn LeRoy[1]Este último no consta en los créditos, por extraña decisión propia. Tampoco conocemos, con certeza, la labor de John Ford que, de manera similar a lo que ocurrió con El Álamo (1960), estuvo presente, al menos, en parte del rodaje, algo que atestiguan ciertas fotografías a las que hemos tenido acceso.) todavía despierta reacciones encontradas en el espectador. Algunos la entienden como poco más que una diversión escapista, cinematográficamente interesante, mientras que otros, los más proclives a la fantasía, desentierran en ella mera propaganda ofensiva. Pero lo cierto es que la de Wayne no es, en absoluto, más propagandista que la mayoría de las películas realizadas sobre la guerra durante los años cuarenta y cincuenta. Wayne y su equipo rodaron Boinas Verdes antes de que se produjera el declive de la opinión pública respecto a la guerra de Vietnam, pero sí tuvo la mala suerte de ir a estrenarse en el peor momento, cuando las bajas estadounidenses estaban en su punto más alto y la moral en su punto más bajo.

Fue la atracción por la mística de las tropas de élite de las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos, conocidas como Boinas Verdes, lo que llevó a Wayne, a mediados de los sesenta, a encargar a su amigo James Lee Barrett un guion, basado libremente en una novela del escritor Robin Moore[2]Moore escribiría también, entre otras, The French Connection (1969), que dio lugar a la conocida película de William Friedkin.. Barrett y Wayne perseguían la idea de que el conflicto en Vietnam debía ser el equivalente moral de la Segunda Guerra Mundial, esto es, la quintaesencia de los héroes contra la maldad, encarnada en ese momento por los gobernantes vietnamitas del norte. Después de presentarle un primer borrador al Departamento de Defensa para conseguir su financiación y escuchar las inquietudes de éste, Wayne y su guionista elaboraron un nuevo libreto que hermanaba las típicas incursiones de comandos de la Segunda Guerra Mundial con el western, otro vehículo fiable para retratar con crudeza a los buenos y a los malos.

Lo cierto es que, en realidad, hay muy pocas diferencias entre Boinas Verdes y gran parte de los western de Wayne a los que nadie niega su calidad: acción, buen pulso y una dirección acrobática. Dado que trata de los primeros años de la participación de Estados Unidos, y que se rodó durante la guerra, la maniquea definición de Wayne sobre la bondad de la intervención americana y la malevolencia del Vietcong resulta algo incómoda al lado de la inversión de roles de las películas posteriores de Vietnam, cuando era de rigor pintar a Estados Unidos como una especie de estado criminal y a los soldados que regresaban de la contienda como simples asesinos perturbados.

Pero volvamos al argumento: el coronel Kirby (John Wayne) es enviado al sur de Vietnam con dos unidades de las Fuerzas Especiales especialmente seleccionadas. Le acompaña el periodista liberal y pacifista Beckworth (David Janssen), que planea informar sobre lo que está ocurriendo allí. La primera misión de Kirby es ayudar a terminar la construcción del campamento base, Dodge City, y sustituir a la unidad estacionada allí. Tras un asalto masivo del enemigo a la base, los Boinas Verdes consiguen mantener su posición y repeler a las fuerzas del Vietcong. Tras reunirse con su homólogo del Ejército de la República de Vietnam, el coronel Cai (Jack Soo), Kirby y sus hombres se lanzan a una misión secreta para secuestrar a un general norvietnamita en un esfuerzo por parar a las fuerzas enemigas.

Con todas sus luces y sombras, Boinas Verdes no representa ni una visión extensa del esfuerzo bélico en Vietnam ni tampoco está contada, por supuesto, desde la perspectiva de un joven soldado, por ejemplo, y sus experiencias en el campo de batalla.

Es puro cine de aventuras, con una estructura narrativa de tres niveles que comienza con la reunión de un equipo de comandos de élite para embarcarse en lo que serán dos misiones muy diferentes en el transcurso de sus casi dos horas y media de duración: las dos misiones que constituyen el segundo y el tercer nivel de la historia, una de las cuales se basa en la batalla real de Nam Dong que tuvo lugar en julio de 1964. Rodada en una época en la que el apoyo de los medios de comunicación a la guerra estaba en declive, pese a las acusaciones de propaganda que se hacían sobre la película y el contexto en el que se realizó, así como sólo su contenido político, Boinas Verdes, si queremos mantenernos fieles a la verdad, tan sólo refleja la política y el apoyo a la guerra durante los primeros días de la participación estadounidense.

La interpretación de John Wayne sigue mostrándonos al célebre icono de Hollywood en todo su esplendor. Wayne había sobrevivido a una gravísima operación de cáncer dos años atrás y, pese a todo, continuó dirigiendo y actuando una media de veinte horas al día con una energía ilimitada. Boinas Verdes no debe ser vista, a nuestro juicio, sólo como la glorificación del republicano Wayne de las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos, sino que, entre otras cosas, fue la primera película que se hizo sobre el conflicto, sobre todo la etapa inicial de la guerra antes de que el público la rechazara. También fue la primera, y única, es cierto, a favor de la guerra en su descripción de la intervención estadounidense para sofocar la expansión del comunismo y la opresión sufrida por los vietnamitas del sur. Aparte de la de Wayne, no se hizo ninguna otra película importante de Hollywood sobre la guerra mientras las tropas estaban activas. Todo lo que vino después fue muy diferente en tono y enfoque. Como no es menos cierto que, salvo El Cazador (Michael Cimino, 1978), La Patrulla (Ted Post, 1978) y Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), poco más se salva del posterior subgénero Vietnam. En uno de los periodos más oscuros de la historia de Estados Unidos, la película de Wayne se las arregló para convertirse en un éxito de taquilla a pesar de ser, por lo general, defenestrada por la crítica.

Más allá de lo irracional y desatinado de muchas críticas, la singularidad de Boinas Verdes radica, como hemos visto y en gran medida, en el hecho de que se realizó durante la guerra, una guerra que se volvía cada vez más impopular conforme se involucraba Estados Unidos en ella. Con la ayuda del Ejército y de acuerdo con el presidente Johnson, la intención de Wayne era contrarrestar todas las protestas que se estaban produciendo en los Estados Unidos en ese momento, al tiempo que defendía la rama de las Fuerzas Especiales. No era sólo una película proguerra, sino también promilitar. Wayne se arriesgó mucho al hacer la película, una apuesta que al final valió la pena: fue la decimotercera película más taquillera del año.

Para intentar hacerse una idea de lo que quería conseguir, Wayne visitó a las tropas en Vietnam (incluidas las que estaban en el frente) durante una gira de tres semanas en 1966. A partir de ahí, el actor y director utilizaría el esfuerzo bélico de Estados Unidos en el sudeste asiático como ayuda visual para impulsar la importancia de poner fin a la opresión de Vietnam del Sur, al igual que se hizo cuando Estados Unidos fue a la guerra para detener el nazismo y las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial. A menudo descrito como un western con atuendo militar, descripción por la que también nosotros nos inclinamos, Wayne al mando del proyecto era la representación del arquetipo perfecto. Teniendo en cuenta la estructura narrativa del western, la mayoría de las historias de acción no son sino las vicisitudes de personajes honestos que hacen frente al enemigo. Aunque Wayne protagonizó películas del género que se desviaban de la épica pura, mítica, del conflicto entre nativos americanos y colonos, fueron esas películas con las que se le identifica más. Ni que decir tiene que, en Boinas Verdes, también cuenta, a su lado, con un puñado de nombres habituales de la productora Batjac, fundada por él mismo: su hijo Michael, Jim Hutton, Bruce Cabot o Edward Faulkner.

Con todo lo que se ha escrito a favor y en contra de esta película, es casi imposible hablar de ella sin introducir la política en el debate, ya que prácticamente todos los que se encuentran en el sector zurdo de la sala disfrutan utilizando Boinas Verdes como diana pontificadora. En retrospectiva, y sin quererlo, el film de Wayne cayó en una emboscada crítica que continúa hasta el día de hoy. Aparentemente, la película resulta más adecuada para un escenario de la Segunda Guerra Mundial que para Vietnam. A diferencia de las guerras anteriores, no había medios de comunicación que eligieran qué imágenes de atrocidades –descontextualizadas siempre, por supuesto- mostrar al entelerido auditorio norteamericano, que aguardaba noticias en sus casas, y a diferencia de la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Vietnam no era un conflicto unificador.

Cuando se coloca al lado de otras películas sobre el conflicto, realizadas posteriormente, como apuntábamos antes, resulta insólita en comparación. Después de haber sido golpeados, una y otra vez, con películas posteriores que describen al soldado americano con un brillo algo menos que honorable, un producto como Boinas Verdes provocará, forzosamente, complejas emociones en quienes asistan a su proyección. Aun así, la película de Wayne bosqueja su imagen en un formato bien discernible y en una escala sin grises. Nadie puede negar quiénes son los honrados y valerosos y quiénes los villanos. A diferencia, sin duda, de los colores distorsionados y turbios de las interpretaciones posteriores sobre el conflicto, cada vez más sombrías, que, al igual que los medios de comunicación de la época, omitían convenientemente gran parte de las atrocidades cometidas por los sanguinarios norvietnamitas, aficionados a la tortura sistemática de sus prisioneros.

Es cierto que la violencia en el cine se había acelerado cuando la siguiente oleada de películas sobre Vietnam comenzó a aparecer a finales de la década de los setenta. Quizá por eso la película de Wayne resulta también sorprendentemente brutal en algunas partes. No se entiende cómo es posible que superase la calificación de película para todos los públicos. Boinas Verdes es, con toda certeza, la película más sangrienta protagonizada por Wayne, que incluye desde decenas de miembros del Vietcong incendiados sobre barricadas con pinchos a lo largo del perímetro de Dodge City, una batalla entre el sargento Kowalski (un tarzanesco Mike Henry) y un puñado de Charlie que termina con un empalamiento, una garganta cortada y heridas de arma blanca, y, por supuesto, el espantoso final que sufre Jim Hutton hacia el final. Sin embargo, en comparación con las películas posteriores de Vietnam, la violencia es muchísimo más leve: no hallará aquí el espectador horrores como en las obras maestras de Cimino o de Coppola, mucho menos ciertos misticismos nada auténticos como puedan hallarse en dos de los productos más vulgares y sobrevalorados de la década de los ochenta: Platoon (Oliver Stone, 1986) y La Chaqueta Metálica (Stanley Kubrick, 1987).

Amén de lo anterior, muchos de los detractores de Boinas Verdes desprecian la película porque, a sus ojos, representaba falsamente el papel de Estados Unidos en la guerra. La triste realidad es que la mayor parte de las acusaciones realizadas contra Boinas Verdes parecen provenir de críticos que jamás vieron la película. O que, aún peor, han omitido que Wayne la rodó antes de las historias falsas o no verificadas, descritas por ciertos políticos y militares norteamericanos, y de la condenable y monstruosa atrocidad que supuso la masacre de My Lai. La visión positiva de la guerra se vio drásticamente alterada por los medios de comunicación que, por primera vez, tuvieron pleno acceso a los acontecimientos mientras se desarrollaban. La visión periodística de Boinas Verdes viene de la mano de Beckworth, el personaje al que interpreta David Janssen. Escéptico, e inicialmente contrario a la participación de los Estados Unidos en la intervención, al final de la película da un giro asombroso desde su postura antibélica hasta convertirse en un hombre que ha llegado a comprender por qué están luchando. Sin tener en cuenta el papel de los medios de comunicación en la erosión de la moral, es difícil entender que se produzca un cambio de opinión semejante; no es imposible, pero sí improbable. Este escenario es, posiblemente, la parte más escandalosa del guion, un disparate infranqueable que evita que la película, en comparación con la otra dirigida por Wayne, la extraordinaria El Álamo, pueda acceder a categorías superiores que las de entretenida, bien realizada o competente.

Con todo, sí es menester aportar aquí ciertos datos históricos que explican por qué el estreno de Boinas Verdes fue un ostensible error de cálculo, teniendo en cuenta que se trata de una película que empezó a gestarse en 1965 y cuyo rodaje tuvo lugar en el verano del 67. Las intenciones de Wayne fueron socavadas por lo que ocurrió en Vietnam los meses anteriores a su estreno en julio del 68 y que terminó por envalentonar el papel de los medios de comunicación en la formulación de la opinión pública: la Ofensiva del Tet de principios de 1968 como punto de inflexión masivo en la guerra. A pesar de las devastadoras pérdidas sufridas por el Vietcong, la ofensiva sorprendió a los aliados por la estrategia de los norvietnamitas apoyados por Rusia y China. Tras el Tet, la contienda se vio sometida a un gran escrutinio y fueron un sinfín dudas las que aparecieron sobre si se podía ganar o no la guerra. En medio de las crecientes protestas y de unos medios de comunicación que se centraban más en lo que hacían los militares estadounidenses que en las atrocidades del Vietcong, la moral se desplomó.

La población norteamericana aparecía cada vez más desencantada con lo que veía a través de la información selectiva y sensacionalista de los medios. Para empeorar las cosas, la masacre de My Lai tuvo lugar en marzo de 1968, pero no se informó hasta algún momento de 1969. Las victorias que obtuvo Estados Unidos y las Fuerzas Armadas de Liberación Popular de Vietnam del Norte se perdieron instantáneamente a través de un diluvio de fotografías sombrías con poco o ningún contexto sobre lo que realmente estaba sucediendo. Pese a todo, la caída en picado de la opinión pública no pareció dificultar el éxito de la película, resultando incluso discutible si Boinas Verdes habría tenido mejores resultados si el apoyo del público hubiera seguido siendo fuerte. Además, la reacción no perjudicó la carrera de Wayne. La estupenda Los luchadores del infierno (Andrew V. McLaglen, 1968) se estrenó casi al final del año, y 1969 trajo a Wayne el Oscar al mejor actor en Valor de ley (Henry Hathaway, 1969).

Boinas Verdes tiene, empero, casi tantos aspectos positivos como negativos. Gran parte de la película se rodó en Fort Benning (Georgia), por lo que los críticos señalaron inexactitudes geográficas, como la falta de palmeras y la preponderancia de los pinos. Para ser justos, digamos ahora la verdad: Vietnam tiene bosques de pinos. Otro supuesto error es la última escena en la playa con el sol poniéndose en el este sobre el océano. Vietnam sí tiene una costa oeste, así que no nos parece esto una imposibilidad. Existen también errores en lo concerniente a los efectos especiales. Veamos un ejemplo: la larga batalla que comienza alrededor de la hora y cuarto, repleta de una acción que no deja descanso. Pues bien, esa secuencia sufre una lesión, cerca del final, en la forma de un efecto de miniatura mal representado, que termina por perjudicar la veracidad de la batalla. El helicóptero que transporta a Wayne y a algunos otros es derribado y resulta penosamente obvio que se trata de una maqueta de helicóptero con el morro en llamas. El aparato cae de tal manera que todo el mundo sale volando cuando se estrella y, sin embargo, un hombre se quema vivo. Sass Bedig, técnico de efectos especiales en Bullitt (Peter Yates, 1968) o Harry el Fuerte (Ted Post, 1973), parece haber conocido momentos más felices en su larga carrera.

Pero el resto, en general, nos resulta muy positivo. Con respecto a la subtrama que involucra al niño Hamchunk (Craig Jue) y al sargento Petersen (Jim Hutton[3]Un actor que merece toda nuestra reivindicación, tristemente desaparecido siendo todavía muy joven y, por cierto, opuesto a la guerra del Vietnam en la vida real.), si bien podría parecer innecesaria, sirve para aumentar un poco la violencia y el suspense durante los últimos minutos. El propio personaje de Hutton es posiblemente el más vivo de todos cuanto pueblan esta controvertida película. Deviene una suerte de paria en comparación con los endurecidos tipos duros del equipo de Kirby, y se va curtiendo a medida que avanza la historia. La adición del niño es otro aspecto de Boinas Verdes que contrasta con otras películas de Vietnam. En cuanto a la estrella principal, Wayne desempeña su papel estoicamente, con el carisma del que hacía gala en sus películas, a pesar de que, con la edad que tenía en ese momento, no habría estado en el frente de batalla. La fotografía del oscarizado Winton C. Hoch -que tiene en su haber la de, entre otras obras maestras, las fordianas El Hombre Tranquilo (1952) o Centauros del desierto (1956)-, maestro del Technicolor como medio creativo, apuesta por un sutil naturalismo, captando la belleza del paisaje, a la vez descarnada, exuberante, simbólica y emocionante.

Por su parte, la banda sonora de Miklós Rózsa está a la altura épica del contenido de Boinas Verdes. Como curiosidad en torno a la película, cabe destacar que se rodaron unas cuantas escenas con la gran Vera Miles como esposa de John Wayne, pero el estudio las cortó antes del estreno. El metraje ya se consideraba demasiado extenso y se consideró que esa escena era la más fácil de cortar. Batjac, la empresa de Wayne, le ofreció dinero a Miles por su trabajo, que rechazó. Wayne lo compensó con el reparto de Miles en su siguiente película, la antedicha Los luchadores del infierno. Algunos pensamos, sin embargo, que habría sido maravilloso tenerla en el reparto y el montaje final.

Sea como fuere, el poder de Boinas Verdes para enfurecer hoy al gentío liberal se ha visto disminuido si se compara con casos mucho más flagrantes como lo acontecido a Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) o a ciertas películas de la productora Disney en los últimos tiempos. El deterioro que las libertades y la cultura sufren en nuestra era hace que la cuestión acerca de si Boinas Verdes es una buena película o una mediocre sea ya algo no sólo subjetivo, sino también carente de importancia. Cuando ciertos críticos o espectadores son incapaces de dejar de lado la política y tratar de buscar en una película sus méritos, o la falta de ellos, toda discusión se convierte, pues, en algo estéril. Dos cosas, es de justicia decirlo, prevalecen innegables en lo que a Boinas Verdes se refiere: primero, que John Wayne demostró no poco temple al montar una producción de este tipo, con todo en su contra y la posibilidad de que pudiera hundirse en la taquilla, además de someterse a un evidente esfuerzo físico, habida cuenta del estado en el que se hallaba su cuerpo, empezando por el único pulmón que había sobrevivido a su tabaquismo impenitente y al cáncer. La película no se estrelló en taquilla, ni mucho menos, pero sigue siendo una piñata de celuloide a la que golpear una y otra vez.

Dado que la eficacia narrativa de esta película ha sido lo suficientemente probada como para conseguir sobrevivir mucho después de que el humo de la guerra y la ira de la crítica más adocenada se hayan disipado, si les gusta el western clásico y el cine bélico de la época dorada de Hollywood, les emplazamos a seguir un pequeño consejo: denle una oportunidad a Boinas Verdes y no descuiden su visionado.

Ficha técnica


Título original: The Green Berets. Año: 1968. Duración: 142 min. País: Estados Unidos. Dirección: John Wayne y Ray Kellogg (Mervyn LeRoy, sin acreditar). Guión: James Lee Barrett (según una novela de Robin Moore). Fotografía: Winton C. Hoch. Música: Miklós Rózsa. Reparto: John Wayne, David Janssen, Jim Hutton, Aldo Ray, Raymond St. Jacques, Bruce Cabot, Jack Soo, George Takei, Patrick Wayne, Luke Askew, Irene Tsu, Edward Faulkner, Jason Evers, Mike Henry, Craig Jue. Productora: Warner Bros. Batjac

Referencias

Referencias
1 Este último no consta en los créditos, por extraña decisión propia. Tampoco conocemos, con certeza, la labor de John Ford que, de manera similar a lo que ocurrió con El Álamo (1960), estuvo presente, al menos, en parte del rodaje, algo que atestiguan ciertas fotografías a las que hemos tenido acceso.
2 Moore escribiría también, entre otras, The French Connection (1969), que dio lugar a la conocida película de William Friedkin.
3 Un actor que merece toda nuestra reivindicación, tristemente desaparecido siendo todavía muy joven y, por cierto, opuesto a la guerra del Vietnam en la vida real.

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