Que no busque el espectador, sin embargo, heroísmo alguno en Cry Macho. No hay nada de esto en la película, ni siquiera una pizca de maniqueísmo: los aspectos del cine de acción son tan superficiales que resultan irrelevantes, pues se trata, como advertíamos, de una película en la que el gran enfrentamiento está protagonizado por un gallo. En cambio, el guion, adaptado por el libretista de Gran Torino, Nick Schenk, a partir de una novela escrita por N. Richard Nash en los setenta, y claramente moldeado por Eastwood, toma la otra gran idea que inspiró Sin perdón, Space Cowboys (2000), Million Dollar Baby (2004) o Gran Torino, y se centra en ella excluyendo prácticamente todo lo demás: la agridulce humildad de reconocer que uno ha llegado a la recta final, y la noción de que, independientemente de lo que quede en el depósito, está a punto de quedarse sin carretera.

Hay un fuerte elemento de terror, además, en las criaturas que cazan a Heston, que poseen elementos vampíricos y de zombies en su ADN. Y el sabor distópico está influenciado por las consideraciones de la Guerra Fría, lo que le da un toque más inmediato que el que se obtiene de películas similares realizadas después de la caída de la tiranía comunista. Neville ha sobrevivido a la plaga resultante de una guerra de gérmenes ocurrida durante una disputa territorial chino-soviética (la analogía hoy, con ciertos virus escapados de laboratorios, es, me temo, mucho más terrible que entonces). Los agentes patógenos se extendieron por todo el mundo, acabando con casi toda la humanidad. Neville, que había estado trabajando en una vacuna experimental, se inyectó a tiempo para evitar la muerte. Sin embargo, no está solo en este nuevo mundo baldío, con reminiscencias eliotianas. Le persigue la citada Familia, un grupo de supervivientes de la plaga liderado por el autoproclamado profeta Matthias (impagable Anthony Zerbe). Refugiados albinos con una extrema sensibilidad a la luz, duermen como vampiros durante el día para levantarse por la noche. Su principal objetivo es matar a Neville que, con su afinidad hacia las armas y la ciencia, representa un vínculo con el pasado que han repudiado, mientras que ellos retornan al fuego como inquisitorial y reaccionario elemento purificador.

Lo cierto es que, en realidad, hay muy pocas diferencias entre Boinas Verdes y gran parte de los western de Wayne a los que nadie niega su calidad: acción, buen pulso y una dirección acrobática. Dado que trata de los primeros años de la participación de Estados Unidos, y que se rodó durante la guerra, la maniquea definición de Wayne sobre la bondad de la intervención americana y la malevolencia del Vietcong resulta algo incómoda al lado de la inversión de roles de las películas posteriores de Vietnam, cuando era de rigor pintar a Estados Unidos como una especie de estado criminal y a los soldados que regresaban de la contienda como simples asesinos perturbados.

En la obra de Christie, por tanto, es la presencia del mal la que señala el asesinato. El asesinato, como cualquier otro crimen, representa la transgresión contra un ser humano, pero, sobre todo, personifica el avance del mal contra una sociedad que desea mantener el mal a raya. Por último, hay una asunción paradójica de lo que es real. Por un lado, incluso cuando se acepta tácitamente la noción del mal, se prohíbe en el género cualquier aportación de fuerzas espirituales que amplíe el ámbito de la acción más allá del plano terrenal; la batalla entre el bien y el mal tiene lugar en el plano social, es decir, en el plano material de la existencia humana y a través de las acciones de los protagonistas. Al mismo tiempo, la presunción de que el acto de asesinato debe ser castigado se ve contrarrestada de tal manera por la forma aséptica en que se presenta el acto que el efecto se acerca a una negación de la materialidad del delito. Así, en la clásica novela policíaca inglesa, tanto el autor como el lector juegan ya con nuestra identificación cotidiana del mundo real con el material. Naturalmente, es la víctima la que sufre la agresión física, pero el crimen por el que se pide que pague el asesino parece ser el no material, cometido contra la norma.

Más allá, empero, de la poesía que subyace en el texto del Bardo, gran parte de la nobleza de la obra, trasladada de forma efectiva a esta versión cinematográfica, es la ambigüedad de las dos facciones. ¿Están impulsadas por una lealtad a Roma mayor que la lealtad a su amigo César, o están impulsadas por la envidia y la ambición? La de Burge ciertamente presagia el desenlace de la alianza entre Antonio y Octavio, y es impresionante la forma en que contrasta los elevados objetivos, al menos declarados por Casio y Bruto, con la agitación y el pandemonio que sus acciones crean. Aunque sea principalmente un director de televisión, Burge utiliza todo el ancho del formato Panavisión para bloquear a sus actores en un espacio cerrado, como si la conspiración en ciernes los atorase en sus propios demonios interiores, y lo mismo puede decirse de sus movimientos y la puesta en escena que refleja sus emociones y ambiciones en todo momento.