Por los acantilados de Circe

Reseña de MURDOCH, Iris: El unicornio. Impedimenta, Madrid, 2014.

Los libros grandes tienden a encaramarse sobre otros libros grandes, en una especie de conversación infinita a la que algunos somos invitados. Así ocurre con la séptima novela de Iris Murdoch, en la que en cierto modo hallamos un comentario lateral, y como alterado, del canto X de «La Odisea» de Homero: «Amigos, aquí dentro está una mujer que hace un bello tejido entre hermosas canciones. Llamémosla: sea diosa o mortal, ¿qué mal podemos temer de ella?». E hicieron lo que Polites decía. Enseguida, Circe salió a la puerta y, muy amablemente, los invitó a pasar al interior del palacio. Ellos accedieron a entrar, pero Euríloco, en el último momento, temió que pudiese tratarse de una celada y se escondió. El resto del grupo entró sin recelo en el palacio de la hechicera, quien les ofreció un plato de bienvenida hecho con harina, miel y queso, y les dio a cada uno una copa de vino. Pero el vino estaba mezclado con drogas que llevaban a quien lo bebía al olvido de su patria.» Entre dos tejedoras, con dos tipos de encantamiento, se escribe este poema que Robert Graves imaginó escrito por una mujer, por una hija, amiga de lo novelesco y romántico.

La séptima novela, hemos dicho, y también es de siete años el plazo que se han dado todos para el final de un encantamiento que tiene como suspendida la vida de los moradores de dos casas, la de Riders y la de Gaze, a la vez enfrentadas e inextricablemente mezcladas, a través de todas aquellas cosas que habitualmente sirven a las más inverosímiles mezclas, que son la imaginación, el miedo y el pecado. En medio, como el unicornio de un tapiz medieval, está no Circe sino Hannah, que es «un gran ídolo plácido y dorado» con mucho pasado, y que los tiene a todos atrapados en un hechizo que les hace como deambular en sueños, «y es un hechizo negativo, malsano», que mata algo con su inmovilidad permanente.[1]MURDOCH, Iris: El unicornio. Impedimenta, Madrid, 2014, p. 121 En realidad, y como ocurre en tantas novelas de Murdoch, están envenenados por la pureza. Ignacio Echevarría trae a colación, en esa magnífica introducción a esta bellísima edición de Impedimenta, aunque hay algo pleonástico en decir que un libro de esta editorial es bellísimo, la importancia de la lectura de la filosofía de Simone Weil para Iris Murdoch (p. 10).

En efecto, Murdoch, que cultivó y al máximo nivel la filosofía, antes de escribir algunas de las mejores novelas del siglo pasado, sabe que es en Platón y en el platonismo de Weil donde se puede encontrar la mejor respuesta a los desafíos planteados por el existencialismo. ¿En qué sentido puede decirse que la pureza es un veneno? ¿Cómo es consistente esa idea de la condenación del angelismo, con el conjunto del pensamiento de Weil, quien fue tan angélica en sus amores? Para la novelista irlandesa está del todo claro. Porque el bien no es una cuestión de elección sino una manera de mirar. Hace muchos años, consumí horas maravillosas leyendo y traduciendo a Simone Weil, puesto que no estaba aun traducida. Lo hice con una muchacha, para ella, aunque traducir es una forma de pensar particular, lo haces como quien siente el resuello de esa persona traducida en el cuello; traducir es pensar de cerca. Y ambos pensábamos entonces que la filosofía de Weil está muy lejos de ser una negación moralista de los anhelos humanos. Los deseos no son cosas que puedan negarse, sino que es preciso atravesarlos, llevarlos al límite, hasta que los podemos contemplar en su verdadera realidad, una vez agotada su potencia para la fantasía. Todas nuestras pérdidas, lo saben tan bien Murdoch como Weil, provienen de lo imaginario, de lo que creemos poder. En cambio si Hannah puede algo sobre los otros es porque no cree que pueda nada. Posee la fuerza de su impotencia, de su inacción. No en vano ese es el tema del primer escrito filosófico de Simone Weil que conservamos, que es una preciosa redacción para su maestro Alain sobre el cuento de los hermanos Grimm sobre los seis cisnes y la camisa de anémonas.[2]WEIL, Simone: El cuento de los seis cisnes en Grimm, en Primeros escritos filosóficos. Trotta, Madrid, 2018, pp. 23-25. Para hacer algo difícil lo que cuenta es todas aquellas cosas fáciles que nos prohibimos hacer. Por supuesto que Hannah produce un encantamiento diabólico. De esos que parecen unir a una comunidad sólo para disgregarla todavía más profundamente, mientras que en el cuento de los cisnes el encantamiento de la inacción está al servicio del bien, y tiene como objeto contrarrestar la metamorfosis de los hermanos. En el primero la detención se debe al resentimiento, en el segundo al amor. Es obvio que esta defensa del atento no hacer, eso que Lao Zi llamaría wu wei, choca con cierto activismo existencial, no por azar debemos a Murdoch un ensayo, muy lúcido y muy crítico, sobre la filosofía de Jean-Paul Sartre, en quien reconoce cierta irresponsabilidad intelectual de tipo pragmático.[3]MURDOCH, Iris: Sartre. Un racionalista romántico. Random House Mondadori, Barcelona, 2007.

Tengo para mí que el recurso continuo de Murdoch, contra las inconsecuencias ontológicas y sus efectos sobre la ética, siempre pasa por una cierta adhesión al realismo, más en el sentido platónico que escolástico del término, lo que tiene que ver, sobre todo, con el hecho de lo que ella ha leído o ha dejado de leer durante su privilegiada formación filosófica, como podemos deducir de la publicación de su obra ensayística, que todavía espera una traducción más ordenada al español.[4]MURDOCH, Iris: Metaphysics as a Guide to Morals. Vintage Books, London, 2018 Dentro de nuestra novela, sin ir más lejos, Max Lejour escribe, sin acabar de terminarla nunca, una obra sobre el Fedro. Ese proceso de escritura sirve para que Murdoch nos proponga dos cosas: en primer lugar que «en cierta forma no puedes amar algo que no existe. Yo creo que si amas algo de verdad, entonces ese algo existe.» (p. 75). Y en segundo lugar, no es menos cierto que el sexo y el amor son en gran parte productos de la imaginación (p.110). Lo real es el resto, lo que queda cuando pasamos al límite por nuestros deseos y nuestra veleidosa y confirmativa satisfacción, tiene que ver ya con la gracia y con la luz. Pero la novela toda no es sino el rastro de ese peligroso e incierto tránsito. Es verdad que los cuentos de los Grimm siempre acaban bien, pero lo hacen desde el misterio o el secreto. Incluso, el más cercano a nuestra novela, que es Rosita de Espino o la Bella Durmiente. Así que donde Grimm no da bastante de sí, no para atender a la multiplicidad de la prosa del alma, siempre puede ayudarnos Shakespeare: «Era como en una comedia de Shakespeare. Todas las tramas del relato concluían en armonía»(p. 265). Gran parte del trabajo de Iris Murdoch, no sólo como pensadora sino como narradora, consiste en mostrar de qué manera puede ser redentora la novela, de suyo inmune al exceso dramático.[5]MURDOCH, Iris: La salvación por las palabras. ¿Puede la literatura curarnos de los males de la filosofía? Siruela, Madrid, 2018.

La inmunidad novelística se debe a que es un género mezclado, capaz de apropiarse de los elementos más heteróclitos.

Y sólo en eso, como apunta Ramón Luque en un ensayo más importante de lo que podríamos inferir de sus propias pretensiones, se parece la novela tanto a la vida, porque «no hemos venido al mundo a sacrificarnos. Pero sí es cierto que apostar por el bien, al implicar apostar por la vida, significa tener que afrontar tanto el placer como el dolor. Y a veces encontramos esfuerzo y dolor en la consecución del bien, obviamente.»[6]LUQUE, Ramón: Iris Murdoch. Ensayo sobre la intensidad. Letra Capital, Valencia, 2019, p. 42. Esta salvación, este abrazo del goce y del dolor, no tiene en realidad nada de obvio en términos narrativos. Estamos hablando nada menos que de la invención de la peripeteia, de la peripecia. Que es algo así como la invención de la invención misma.

Debido a la intromisión de un género, el de la intriga gótica, bastante infrecuente en la novelista, se ha enfatizado con frecuencia la naturaleza primitiva y promisoria de «El unicornio». Sin ser en absoluto falso, puesto que se trata en efecto de una de sus primeras obras literarias, yo insistiría en cambio, no en una inmadurez, del todo discutible, sino en el hecho de que en ella hallaremos in nuce muchos elementos que encontraríamos más tarde en su narrativa. Para empezar, en la que con justicia se considera su obra maestra, cuyo título, «El mar, el mar»[7]MURDOCH, Iris: El mar, el mar. Lumen, Barcelona, 2004., es encuadrado en el poema de «El cementerio marino» del que será extraído: La mer, la mer, toujours recommencée… (p. 63) Aunque el mar poseerá además esa naturaleza peligrosa e inquietante, que resulta protagónica, incluso con su aspecto más claustrofóbico, con la subida de la marea dentro de la chimenea de una cueva, en Amigos y amantes (traducción española de The Nice and the Good)[8]MURDOCH, Iris: Amigos y amantes. Penguin Random House, Barcelona, 2016.. Ambos ingredientes, el del mar peligroso y el del ahogamiento en un espacio sin salida, son expuestos con subyugante maestría en Monjas y soldados.[9]MURDOCH, Iris: Monjas y soldados. Impedimenta, Madrid, 2019. El encierro, en el que la angustia y la oscuridad están a punto de vencernos forma parte de una de sus novelas en las que más claro resulta el carácter por completo peligroso de un anhelo ilusorio de pureza, me refiero a Henry y Cato.[10]MURDOCH. Iris: Henry y Cato. Impedimenta, Madrid, 2013. Y desde luego, la imagen de la obra inacabada, que es una de las más poderosas y melancólicas de su literatura, es el núcleo mismo de El libro y la hermandad.[11]MURDOCH, Iris: El libro y la hermandad. Impedimenta, Madrid, 2016. Porque como ella misma atestigua, con su vida e incluso con su muerte, siempre escribimos sin tiempo, contra el tiempo, en una batalla que no podemos ganar de ningún modo, porque la afrenta es al silencio y al olvido.

Mientras tanto nosotros mismos sucumbimos a la lectura hipnótica de esta trama que se retuerce y multiplica y complica, no con inmadurez repito, sino con una suerte de desprejuiciada osadía literaria. Esta novela es de cuando la novelista irlandesa todavía intentaba lo imposible. Sabemos que su origen está en un viaje por los acantilados de Moher, en Irlanda. El imán del mar, como lo vetado, pudo acompañar a la autora durante ocho kilómetros, en algunos tramos desde más de doscientos metros de altura. Imaginemos que estamos cercados pero por lo infinito. El espacio que recrea Murdoch posee elementos que obedecen a los clásicos del género, por ejemplo la ciénaga misteriosa en la que uno espera oír el aullido de la fiera de Baskerville, o el dolmen que sirve de testigo de una antigüedad tan oscura como inabarcable. Y luego que no,  que no es un mar para nadar. Porque en estas aguas de la página nos espera un mar para leer.

Título: El unicornio
  • Autor/es: Iris Murdoch
  • Editorial: Impedimenta
  • Nº de páginas: 352
  • Encuadernación: Rústica

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Referencias

Referencias
1 MURDOCH, Iris: El unicornio. Impedimenta, Madrid, 2014, p. 121
2 WEIL, Simone: El cuento de los seis cisnes en Grimm, en Primeros escritos filosóficos. Trotta, Madrid, 2018, pp. 23-25.
3 MURDOCH, Iris: Sartre. Un racionalista romántico. Random House Mondadori, Barcelona, 2007.
4 MURDOCH, Iris: Metaphysics as a Guide to Morals. Vintage Books, London, 2018
5 MURDOCH, Iris: La salvación por las palabras. ¿Puede la literatura curarnos de los males de la filosofía? Siruela, Madrid, 2018.
6 LUQUE, Ramón: Iris Murdoch. Ensayo sobre la intensidad. Letra Capital, Valencia, 2019, p. 42.
7 MURDOCH, Iris: El mar, el mar. Lumen, Barcelona, 2004.
8 MURDOCH, Iris: Amigos y amantes. Penguin Random House, Barcelona, 2016.
9 MURDOCH, Iris: Monjas y soldados. Impedimenta, Madrid, 2019.
10 MURDOCH. Iris: Henry y Cato. Impedimenta, Madrid, 2013.
11 MURDOCH, Iris: El libro y la hermandad. Impedimenta, Madrid, 2016.

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