
Lewis Carroll (1832-1898) –seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson-, aparte de ser el creador de la novela inglesa más traducida hasta el momento, dedicó muchas horas a la fotografía. Sin embargo, esta vocación le llevó a verse envuelto en una serie de especulaciones acerca de sus inclinaciones, pues sus modelos preferidas eran menores de edad. De hecho, Alexandra Kitchin se convirtió en su musa de los cuatro a los dieciséis años y, más tarde, Lorina, Alice y Edith, hijas del decano de la facultad donde impartía clases, también fueron retratadas en varias ocasiones, entre picnics y juegos. En una de sus excursiones al campo, el escritor improvisó un mágico relato sobre ellas mismas y fue Alice quien le pidió que lo plasmara en papel. En 1865, se editó como “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” y fue todo un éxito. A día de hoy, cuenta con versiones en más de un centenar de idiomas y con adaptaciones radiofónicas, teatrales y televisivas.
En el documental de la BBC “El mundo secreto de Lewis Carroll” (Clare Beavan, 2015), la bisnieta de Alice Liddell afirma que éste estaba fascinado con la muchacha, pues no pasaba desapercibida. Su mirada desafiante, su carácter altanero y prepotente, se reflejan en cada capítulo, de una forma u otra. El modo en el que responde y el tipo de preguntas que se atreve a realizar no se ajustan al patrón social de la época victoriana, anclada en moralismos y disciplinas, con rígidos prejuicios y tendencias encorsetadas. Alicia escapa de un mundo metódico y ordenado, aburrido, en el que es muy difícil encontrar resquicios por los que desaparecer y ser. No obstante, tampoco el país de las maravillas le brinda un arcoíris de placer y distensión, sino un caos desconcertante, que la trastoca y confunde. Lo diferente asusta, porque implica desarrollar una gran capacidad de adaptación o, lo que es lo mismo, la habilidad de variar pensamientos, emociones y conductas conforme a las demandas de un entorno cambiante. Alicia huye de su realidad, para adentrarse en otra mucho más compleja, donde no le bastarán las estrategias adquiridas, ni la verborrea que la salvaba siempre de las situaciones incómodas. Cada una de las casillas de este tablero le exige un aprendizaje rápido y significativo, no meramente pasivo, ni repetitivo, como ha sucedido a lo largo de su infancia.
La joven desciende lentamente, cae al abismo, por su interés en lo desconocido.
Esa curiosidad también puede entenderse como parte del proceso normal de crecimiento en el que el ser humano pasa de la infancia a la adolescencia. Plantea cuestiones que nadie aclara y ya no percibe la protección que le han proporcionado los adultos desde que recuerda, ni la seguridad de su medio habitual. Ahora, transita entre contradicciones y ambivalencias, a la vez que se le ofrece la oportunidad de ser independiente y tomar sus propias decisiones. “Miró hacia arriba, pero sobre su cabeza había una oscuridad absoluta”[1]CARROLL, Lewis. 2016. Alicia en el país de las maravillas. Barcelona: Plutón Ediciones, página 13, porque elegir implica perder y hacerse responsable de cualquier consecuencia. Y, tal y como le asegura el Gato de Cheshire ante su incertidumbre acerca de qué camino tomar, llegará a algún sitio sólo si camina lo suficiente.
La historia la nutren personajes variopintos y extravagantes, incluso en ella se normaliza que existan animales que hablan. Ninguno de ellos parece encajar en el rol de mediador o guía en la ardua senda de la búsqueda de la identidad que experimenta la protagonista. Sin embargo, sí representan características concretas que ésta puede recoger o rechazar: sensatez y responsabilidad, ociosidad, incomprensión, miedo, autoridad, etc. De hecho, el elenco de este teatrillo compone una caricatura de la sociedad británica de aquel tiempo, que el autor utiliza como elemento que suscita la burla y la crítica. Podría decirse que la obra se asemeja al género del disparate o nonsense, en el que todo lo que se narra es perfectamente claro, pero no tiene sentido; nítido, aunque incomprensible. La magia de la distorsión y del absurdo se lleva a cabo desde la mirada de un niño; tan ingenua y aplastante, que las imposiciones lógicas y la coherencia carecen de peso. La misma Alicia sufre una metamorfosis. Inicialmente, su terror ante lo inexplicable se impone, hasta que se inclina por olvidarse de todo y, simplemente, se deja llevar.
En la actualidad, esos episodios recurrentes que padece Alicia referidos a sí misma y a los lugares por donde se mueve, como los cambios bruscos en su estatura o en las formas y tamaños de puertas, llaves y cerraduras, constituyen un cuadro clínico poco frecuente, pero alarmante, que ha dado en llamarse, precisamente, Síndrome de Alicia en el país de las maravillas. El sujeto describe alteraciones en la percepción de la imagen corporal, de la distancia y de las relaciones espaciales entre objetos. Normalmente, suele ir asociado a procesos severos de migraña, epilepsia, lesiones cerebrales, infecciones y a la ingesta de ciertos fármacos o drogas. No es incongruente asociar todo ello con la biografía de Carroll. Bien es cierto, que no hay tesis que lo pruebe, ni sustente, pero el paralelismo es innegable. En Oxford se le diagnosticó epilepsia y, por este motivo –entre otros-, fue estigmatizado socialmente. Al parecer, tomaba láudano (vino blanco, opio y azafrán) para aliviar sus dolores de cabeza. En este sentido, la Oruga del cuento, tumbada en una seta, fuma una pipa oriental y su habla es lenta, soñolienta. El sombrerero es tachado de loco y es de sobra sabido que, en el siglo XIX, los fabricantes de sombreros utilizaban mercurio en su trabajo de forma habitual. Además, en más de una ocasión, Alicia ingiere una sustancia que la hace mutar. Esto no está muy alejado del contexto de la época, en el que una gran parte de las familias consumían opio asiduamente. Asimismo, la mortalidad infantil por el uso de narcóticos era muy común.
La llamativa Alice fue su gran inspiración y puede que su gran amor. Todas sus obras acaban con un poema de veintiún versos y las letras iniciales de éstos se corresponden con su nombre y apellido: Alice Pleasance Liddell. Gracias a ella y al ingenio de Lewis Carroll, muchos niños y adultos todavía seguimos disfrutando de un clásico universal de la literatura, independientemente de la cultura, generación o país en el que nos toque vivir.
Título: Alicia en el país de las maravillas |
---|
|

Referencias
↑1 | CARROLL, Lewis. 2016. Alicia en el país de las maravillas. Barcelona: Plutón Ediciones, página 13 |
---|