Dependemos de lo que conocemos. Vivimos y pensamos en función de lo que aprendimos. ¿O aprendemos y pensamos en función de lo que vivimos? ¿Tal vez vivimos y aprendemos en función de lo que pensamos? Es curioso que en castellano «pensamos» y «vivimos», como ocurre con tantos verbos, pueden pertenecer al presente o al pretérito perfecto simple. Aprender en plural es la clave, ya que el orden de los factores puede ser irrelevante y no dar producto alguno si en el aprendizaje no hay una diferencia temporal; unas cosas nos llevarían a las otras creando un bucle. Y así suele ser. Por eso dependemos de lo que conocemos. Pero somos lo que aprendemos. Es decir: para saber quiénes somos hemos de salir del bucle; romper la dependencia. Seguir aprendiendo y ver qué podemos ser. Lo que está claro en cualquier caso es que hay que vivir y pensar para aprender. Y que para seguir haciéndolo se tienen que dar cambios. Aquí entra en juego la rutina. Porque si no se integran pensamientos o experiencias nuevas, vivimos en una suerte de antepresente continuo. Un tiempo conocido, manejable. La costumbre es el refugio plácido de la mente conservadora, pues el instinto de supervivencia nos invita continuamente a buscar lo fácil y cercano; a evitar situaciones que pongan en peligro nuestro confort. Aunque ese instinto nuestro está un tanto atrofiado y, como no aprendemos, acabamos viviendo de manera contraria a lo que pensamos, atrapados en una rutina generadora de estrés. Así de listos somos. Buscando aquello de lo que huimos. ¿Solución? Lo dicho anteriormente: introducir variaciones significativas que cambien nuestra perspectiva. Y para pensar o experimentar cosas nuevas la receta es sencilla: filosofar o partir hacia el horizonte. Vivir siendo conscientes del momento, valorar cada instante y aceptar lo que tenga que venir. Y, si sigo así, va a parecer que el libro del que voy a hablar es La gaya ciencia de Nietzsche. Pero no es mi intención hablar del eterno retorno en esta ocasión. La obrita que quiero recomendarse centra más bien en la calidad liberadora de la aventura y en la actitud necesaria para afrontarla. Y si hay una manera genuina de descubrir ambas es exponiéndose a la inmensidad del mar. Vamos pues con Claude Obadia y su Pequeña filosofía del océano.
Cuando navegamos y cuando filosofamos soltamos amarras que, en algunos casos, nos atan a tierra firme y, en otros, nos atan a ideas preconcebidas que, a menudo, no somos capaces de cuestionar.
Toda expedición marítima parte de un puerto, pero no es ahí donde comienza la aventura. Antes hubo que tomar una decisión para llegar allí, del mismo modo que para filosofar hay que hacer una reflexión previa que nos lleve a ello. El momento de soltar amarras en realidad es el punto de no retorno en la travesía; el instante en el que voluntariamente nos adentramos en un elemento que no sabemos que nos depara y del que no volveremos iguales. Podemos planear la ruta y pretender un destino, pero hemos de aceptar que estamos a merced de los imponderables que puedan surgir. Y es que la esencia de la experiencia radica precisamente en la adversidad.
Al confrontarnos con situaciones que requieren tanta imaginación como perseverancia, la vida en alta mar nos pone en la tesitura de tener que aprender a aprender. Pero eso no es todo. Además, la lejanía de la costa nos enseña a cultivar el arte de la aceptación. El mar nos reta a adaptarnos a la realidad y a desarrollar una serie de destrezas, manuales y psicológicas, que nos ayudarán a alcanzar la tan ansiada serenidad, sin la cual no se puede disfrutar de la vida.
El mar es una escuela. Y Obadia nos muestra algunas lecciones con ejemplos de auténticos navegantes que aceptaron el desafío de la libertad. Fuerza de espíritu, reinvención, solidaridad, deber. Lecciones que son fruto de lo inesperado, del carácter contingente del mar. Pero, sobre todo, es una escuela de pensamiento. Pues el océano no es sólo un entorno potencialmente hostil en el que ponernos a prueba. Su inmensidad nos proporciona también el aislamiento propicio para la reflexión. Nos libera de todo lo que dejamos en tierra, todo ese ruido al que dábamos relevancia. En mitad de un mar en calma, donde el azul marino y el celeste coinciden en los trescientos sesenta grados de horizonte, en esa vastedad, no hay espacio para lo que de pronto se nos antoja irreal. Y al cobrar conciencia de la falta de consistencia del mundo sólido, filosofar se hace inevitable. Encontramos la libertad atrapados en mitad del mar. Solo importan las olas, el viento y las provisiones. La realidad que conocíamos se convierte en un sueño del que acabamos de despertar, lo cual nos obliga a repensarlo todo. O, más bien, a dejar de pensarlo. El mar nos da una lección de vida que nos enseña a administrar energías, gestionar emociones y simplificar problemas. En palabras del autor del libro:
Al dejar atrás toda certeza, ir al encuentro de experiencias nuevas y abrirnos a la posibilidad de una existencia quizá insospechada, descubrimos la ocasión privilegiada de revitalizarnos y reinventarnos. Al fin y al cabo, ¿cómo vamos a perder de vista la tierra sin descubrir forzosamente que tenemos la capacidad de vivir de manera distinta a como lo hemos hecho toda la vida?
En definitiva, Obadia nos invita a descubrir de qué somos capaces cuando se nos pone a prueba y nos sabemos realmente libres.
Nos da una fórmula distinta para vivir y pensar; una manera única de aprender. Y como, al igual que él, yo mismo he vivido la navegación, he de secundar su invitación. No es que esté de acuerdo con lo que dice, es que lo he experimentado. Navegar es verdad. Y si algún día os hacéis a la mar sentiréis el auténtico significado de la frase atribuida a Anacarsis que Obadia repite varias veces:
«Hay tres tipos de hombres: los vivos, los muertos, y los que salen a navegar».
| Título: Pequeña filosofía del océano |
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