Existió alguna vez una muchacha latinoamericana, cuyos dones podrían resumirse en una imaginación prodigiosa y una voz que poseía un poder transformador. Su habilidad se centraba en aliviar el dolor y la adversidad con palabras; tarea nada simple, teniendo en cuenta que la pobreza, la ambición, el desaliento y la envidia nunca actúan de manera aislada, sino que se regocijan en la debilidad del frágil y del fuerte, indistintamente. Su nombre era “Eva Luna” (1987) y su creadora, Isabel Allende (Lima, 1942); la misma que, años después, decidió recrear veintitrés de sus relatos con el título de “Cuentos de Eva Luna” (1989). A pesar de la dificultad de causar impacto en tan poco espacio y que, según sus propios testimonios, un cuento corto es como una flecha, ya que, desde el inicio, necesita la dirección correcta y saber hacia dónde apuntar, Isabel hizo un pacto con Eva. Al fin y al cabo, aquella “ladrona de historias” siempre fue su alter ego y, a través de ella, la memoria de su país brotaba con determinación e identidad. En estas piezas breves uno es capaz de trasladarse, de nuevo, al pueblo de Agua Santa y de reconocer a algunos de sus personajes, como Rolf Carlé o Riad Halabí.
“Al escribir, al contar, uno hace la vida más comprensible. Como escritora, acepto que la ficción es una forma de mentira. Eso me libera, me permite hacer casi cualquier cosa, lo que no puede hacer un cronista o un periodista, por ejemplo” (https://www.isabelallende.com/es/interview), ha declarado Allende en ocasiones. Y esto es, quizás, lo que buscamos sus lectores, publicación tras publicación: que nos narre, que nos hurgue en lo más recóndito, y sentirnos plenos, culpables, sensibles, avergonzados, tremendamente amados, con la convicción de trascender más allá de las páginas; pues el vínculo con los hechos y sus protagonistas perdura, no es tinta, ni papel, sino sangre y aliento. No sería procedente sucumbir a la facilidad de las cifras –número de ejemplares vendidos y cantidad de idiomas a los que se ha traducido su obra- para avalar su trayectoria, pero tampoco resultaría acertado tomar al pie de la letra ciertas opiniones, como las de Elena Poniatowska o Angélica Gorodischer, al tratar su literatura como un fenómeno comercial, que sólo alimenta estereotipos femeninos caducos. Su prosa es accesible y sus temas, recurrentes. Acaso, ¿eso importa? Cientos, miles de novelistas y dramaturgos no han hecho otra cosa a lo largo de la Historia: explorar obsesivamente un conjunto limitado de temas en escenarios similares o ligeramente diferentes. Cuestiones universales, lenguajes reconocibles.
Belisa Crepusculario, Maurizia Rugieri, Ester Lucero, Claveles Picero, Dulce Rosa Orellano, Marcia Lieberman… ¿Cómo no rendirse a estos nombres? Desde su presentación, en sus respectivos cuentos, nos predisponen a abrir bien los ojos y no perder detalle. Están provistos de encanto, de una naturaleza extraordinaria y, probablemente, tatuados con la rúbrica de un destino al que no podrán sortear con engañifas, ni destrezas de ningún tipo. Así son las mujeres que nos describe Eva Luna: poco comunes y supervivientes de sí mismas. Da igual su condición cultural y social, sus expectativas y las de sus progenitores. Ellas han sido concebidas para caer y levantarse, sin rendirse, llorando barro o pepitas de oro. Pasionales, en su más amplio sentido, y recias, ante los envites de quienes manejan los hilos. A menudo, poseen alguna característica especial que ninguna de las mortales podríamos igualar, ni con cirugías estéticas, ni doctorados en las más prestigiosas universidades de todo el mundo; porque son innatas, inmarcesibles. Ni siquiera ellas mismas reparan en aquello tan inusitado, ni se esfuerzan por aparentarlo o perpetuarlo a fuerza de creerlo.
“Su oficio era vender palabras”[1]ALLENDE, Isabel 2024. Cuentos de Eva Luna. Barcelona: Penguin Random House Editorial, página 15, versos de memoria, cartas de enamorados, insultos para enemigos, expresiones secretas para espantar la melancolía. Por eso, la primera de estas fábulas ya anticipa el resto. Y a partir de ahí, se crea la atmósfera adecuada para hablarnos de una chiquilla enamorada de “el Ruiseñor”, que pernoctaba en la pensión que regentaba su madre; o de una prostituta ingeniosa, que retaba a sus clientes a jugar a la Gallinita Ciega, al columpio y al sapo. “El oro de Tomás Vargas” siempre fue un misterio, Amadeo Peralta descubrió a Hortensia gracias a las notas de su salterio, “María, la boba” desapareció en alta mar mientras viajaba a España y “El pequeño Heidelberg” no fue únicamente un salón de baile donde se reunían extranjeros decrépitos para danzar al ritmo del vals. Todos estos dominios son volubles, constituyen el pretexto para compartir semblanzas cuajadas de acontecimientos que, de no expresarse, apenas se reducen a caprichos, emociones o reminiscencias que nunca verán la luz.
En “Cuentos de Eva Luna” la autora chilena nos ofrece boleto y pasaporte para emprender un viaje en buque, reduciendo los trámites de las fronteras y asumiendo, como único fin, el horizonte.
El océano traerá rumores y melodías pasadas, los pasajeros surgirán de la bruma y desaparecerán entre promesas al amanecer. Nunca conoceremos al capitán, porque nosotros trazaremos la ruta y anotaremos en el cuaderno de bitácora todo aquello que nos sugiera la travesía, sin perjuicio, ni prejuicio. Nuestra Sherezade será el susurro que nos guíe, pero cada uno interactuará como desee y encontrará recovecos personales en la bodega, los camarotes y la cubierta. Más tarde, ya de vuelta, la embriaguez nos imposibilitará comunicar a otros la aventura, pues no habrá una línea temporal, ni argumental que seguir. Todo se fundirá en un continuo, que podremos intentar clasificar en el realismo mágico, el romanticismo, la mitología o la superstición, mas lo realmente profundo será entretejer esa experiencia de palabras con uno mismo. No será tan sencillo guardar en un álbum las fotografías desenfocadas y registrar las fechas al pie, porque esta travesía puede durar siglos.
Jesús Dionisio, el artesano más famoso de la provincia, sostenía que su trabajo era “cosa de ojo, tiempo y corazón”[2]Ibíd., página 168. Probablemente, cualquier erudito le proporcionaría mil y una evidencias que rebatirían esta afirmación; pero Isabel Allende, a cambio, le hablaría de Las mil y una noches, entre escamas, líquenes y palacios imaginados.
| Título: Cuentos de Eva Luna |
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