Al desaparecer el sol me sentaba en la ventana a contemplar los neones de la ciudad, si se le podía llamar así a la amalgama de rascacielos que ensombrecían los viejos edificios que aún alfombraban aquel tumulto de calles enmarañadas.
Cuando me cansaba, bajaba al antro del sótano. Utilizaba la escalera de incendios: era poco probable encontrarse con problemas allí. Por si acaso, siempre llevaba la pistola acomodada debajo de la camiseta; no fuera el caso.
Al entrar la observaba, anonadado de enamoramiento, detrás de la barra: ajena al ruido, a la música, al humo y a cualquiera al que no le estuviera poniendo un trago. Por eso me llamaba la atención que al llegar yo, como si me intuyese, por norma, enarcara la ceja y de soslayo levantara la mirada durante unos instantes para clavarme una expresión curiosa, mezcla de misterio y elegancia.
Sin saber hasta cuánto le interesaba, esa noche, y a pesar de no haber cruzado nunca una sola palabra, decidí averiguarlo. Me acerqué, aplasté la moneda contra el mostrador y le pedí que me sirviera lo que ella quisiera.
Mientras inclinaba la botella, miró mi cintura, como si corroborase algo, y leí en el disimulado movimiento de sus labios un desesperado “por favor, ayuda”. Entonces entendí que los mastodontes junto a la puerta no eran clientes; solo la guardaban. Desenfundé el arma. Antes de empezar a disparar y por lo que pudiera pasar, me convencí de que merecía la pena morir por la mujer de tu vida; aunque no la conocieses de nada.
