Hay un fuerte elemento de terror, además, en las criaturas que cazan a Heston, que poseen elementos vampíricos y de zombies en su ADN. Y el sabor distópico está influenciado por las consideraciones de la Guerra Fría, lo que le da un toque más inmediato que el que se obtiene de películas similares realizadas después de la caída de la tiranía comunista. Neville ha sobrevivido a la plaga resultante de una guerra de gérmenes ocurrida durante una disputa territorial chino-soviética (la analogía hoy, con ciertos virus escapados de laboratorios, es, me temo, mucho más terrible que entonces). Los agentes patógenos se extendieron por todo el mundo, acabando con casi toda la humanidad. Neville, que había estado trabajando en una vacuna experimental, se inyectó a tiempo para evitar la muerte. Sin embargo, no está solo en este nuevo mundo baldío, con reminiscencias eliotianas. Le persigue la citada Familia, un grupo de supervivientes de la plaga liderado por el autoproclamado profeta Matthias (impagable Anthony Zerbe). Refugiados albinos con una extrema sensibilidad a la luz, duermen como vampiros durante el día para levantarse por la noche. Su principal objetivo es matar a Neville que, con su afinidad hacia las armas y la ciencia, representa un vínculo con el pasado que han repudiado, mientras que ellos retornan al fuego como inquisitorial y reaccionario elemento purificador.

Solo dos cineastas americanos han conseguido, en la actualidad, convertir sus nuevos trabajos en visionados imprescindibles para mí. Qué uno de ellos sea Paul Thomas Anderson no es ninguna sorpresa pero si digo que el segundo es Don Hertzfeldt la cosa puede cambiar. El animador de California es de los pocos cineastas verdaderamente independientes en…