Poolparty

Foto de Sergio Legaz.

La cosa está así, Fina. Te tienes que imponer, o si no, te chupan la sangre. Que tú también tendrás tus cosas que hacer.

Claro, claro que las tengo.

Pues eso. Te plantas y se lo dices. “Mirad, yo me los quedo con gusto, pero no puedo hacer esto por obligación. Que ya es que os habéis tomado un favor por costumbre. Y yo ya no estoy como antes y tengo mis cosas que hacer y necesito mi tiempo”. ¡Y si se quieren enterar, que se enteren! Hombre ya.

La señora pequeña con las gafas empañadas le está haciendo un buen coaching emocional a la señora de pelo Piolín cortito y rubio amoniacal. La batalla está en los nietos, esas criaturas que pasan de mano en mano gracias al sistema imperante de producción que impide que nadie cuide de nadie. En las duchas, dos chicas de unos cuarenta años comentan que si no se te sale el corazón por la boca, no quemas calorías. En el rincón, Carmen llega tarde, y ya ha entrado gritando y farfullando y cagándose en el santoral porque no es posible que otra vez haya tenido que quedarse en el curro más de la cuenta y que siempre es la última mona y que entonces si ya sale tarde pues le pilla el tren de Santiago el Mayor y ya es más tarde todavía para llegar al Infante y para aparcar y tarde tarde tarde y así no hay quien viva y que ella viene aquí para relajarse, no para estresarse más y no hay derecho.

La piscina es un universo propio que tiene su epicentro en los vestuarios. Como servicio público propiedad del ayuntamiento y situado en uno de los barrios más familiares y humildes de la ciudad tiene unas evidentes carencias que contrasta con el alto número de usuarios. En horas punta, nadamos hasta cuatro o cinco personas por calle con un acuerdo tácito de no parar o todas moriremos en cadena, cruzando los dedos por recibir el menor número de arañazos y codazos posibles. La calma llega entonces en los vestuarios, donde un pacto de confidencialidad te permite desgranar tus miserias, las físicas y emocionales, entre desconocidas.

Foto de Sergio Legaz.

Es que si no te cuidas tú no te va a cuidar nadie. Tenlo claro.

Ya, ya, y tanto.

Hay que ser un poco egoísta. Hombre ya.

La señora de las gafas empañadas sigue su discurso de Pasionaria todavía con el gorro del Decathlon puesto y la señora de pelo Piolín asiente convencida. Ambas están desnudas y no parece importarle a nadie. Hablan sin parar secándose con la toalla sus enormes pezones y sus coños de melena salvaje. Es la máxima expresión de los vestuarios: recorrernos, mirarnos y aceptar nuestros cuerpos. Allí se puede observar el devenir del tiempo, ver tu presente, pasado y futuro en forma de carne: las tetas todavía prietas de las más jóvenes, los culos llenos de agujeros de celulitis, como fantásticas lunas y sus cráteres, de las maduras. Las cicatrices de cesáreas con historia propia de las madres, los coños de anciana, sin un solo pelo, grandes y más sabios que un libro. Algún que otro tatuaje chungo de juventud en una nalga que ya ni se acierta en atisbar en forma, bingo wings batibles como alas,  panzas lisas y gordas y duras como un botijo y costillares marcados en cuerpecitos minúsculos. Todos esos cuerpos se pasean en bolas, tomándose su tiempo, gozando de vivir desnudos y socialmente aceptados en ese rincón del mundo que huele a cloro y crema de oliva Deliplus.

Yo hoy había preparado la comida y al final no han venío. ¡Pues nada, lo congelo y ya está, qué vas a hacer! Si te tomas disgusto es peor para ti.

Pues sí.

Oye y menuda pinta tenía. Con su vino blanco, su perejil, su cama de patata y cebolla…

Mujeres vivas que parecen todavía más grandes desnudas. Hablando de sus problemas, siempre cuidando – de generación a generación, a hijos, nietos y padres – , haciendo de trileras en el trabajo, sintiéndose impostoras, clamando que no llegan, desoyendo a dolores propios. También, bajo el drama diario, miran el reloj y a veces dicen: ¿sabes? Vamos a echarnos una caña aquí al lado que todavía hay tiempo, que se esperen.

… y luego le pones el mero encima y ya está.

Qué rico.

Buenísimo, ya te lo digo yo.

Oye, pues eso a mi pareja le va a gustar.

¿Cómo que a tu pareja?

Sí.

¿Tu pareja? ¿Fina, es que eres lesbiana?

Eeeh sí.

Ah.

Sí.

Ya. Pues mira, para que no se te quede seco, pues el pescao lo añades al final. ¡Casi con el calor del horno! Yo ahora, pues lo que no me coma hoy al taper. Y congelao, pues luego está igual de bueno. Bueno, las patatas no, que se quedan zapatúas. *

*Diálogo completamente verídico, martes de enero de 2019 a las 15:30 horas. Los nombres han sido cambiados, o no, porque no sé cómo se llaman las señoras. «Zapatúas», murciano de «zapateras»: correosas. 

Ana Andújar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *