Picasso (I): Las señoritas de Aviñon

las-senoritas-de-avignon2

Quería hincarle el diente a la literatura de Picasso y no sabía por qué cuadro empezar. Picasso fue/es un magistral retratista de atavismos. Los ojos del siglo XX son sin duda los de él, cosa que ya se intuye en esas bañistas de túnicas, senos y pies monumentales que corren por una playa nublada como mastodontes en un encierro de San Fermín. El paso del modernismo al cubismo lo hace el artista malagueño en una transición del azul al rosa (el siglo, efectivamente, comenzó entre azul y rosa), siendo el punto de inflexión la muerte de su amigo íntimo Carles Casagemas. En su evolución pictórica, Picasso acabará imponiendo, con el tiempo, los colores planos, que son los colores privados de sintaxis, conforme el propio siglo XX vaya perdiendo la suya (pero eso lo veremos en la siguiente entrega).

Sobra decir a estas alturas que del mismo modo que el Festival de Cannes no tiene nada que ver con los perros, las señoritas de Aviñón tampoco son francesas, sino meretrices de una calle de Barcelona cuyo prostíbulo frecuentaba el artista, quizá en compañía del tal Casagemas, si bien este último no pudo soportar su flácida  impotencia y se acabó suicidando por completo. Lo de ir de mujeres de la vida, sin embargo, era cosa normal en la época: nuestros abuelos fueron muy puteros y de eso van las cinco afroditas del cuadro, de lo puteros que eran nuestros abuelos.

Está fuera de toda duda que a Picasso le gustaban las mujeres aunque no las quisiese. Esto tampoco es nada nuevo.  Hoy en día, la mayoría de los modistos de la alta costura son hombres a los que no les gustan las mujeres (y permítaseme decir que en sus creaciones muchas veces se nota). Ese gran estropicio que fue la Revolución Neolítica y que dejó a la mujer postergada y a la altura del betún, sometida a las necesidades más rumiantes del varón, nos ha llenado el arte de afroditas, madres imposibles, luteranas menopáusicas y bellezas de todos los tonelajes, pero ha redundado en que el siglo veinte lo empezó el hombre yéndose de putas (Picasso) y acabó emputecido por sí mismo (encienda el televisor y escoja), cuando no despreciando a las féminas (aunque las vista de seda de vez en cuando). Y el puterío, como sumun de la degradación de la carne, consiste en reducir ese maravilloso hojaldre que es la mujer a un sucedáneo de amor sospechosamente parecido al asco.

Los cincuenta millones de euros que cambian diariamente de manos en España en pronto pago por tratar a una mujer como una mierda han convertido nuestro país en el epicentro de la jodienda pay-per-fuck y el festín de los orificios. Esto que digo ha alterado sensiblemente lo que era la cosa de la prostitución en las Españas, actividad sórdida, ya digo, pero mucho menos que en la actualidad, que vivimos en el vértigo de las redes sociales y la mujer maltratada. Ahora hay que decirle a las niñas que no dejen que sus novios les anden mirando el móvil (curiosamente no se hace la misma recomendación a los varones, también víctimas de esa inseguridad congénita llamada celos). La mujer  liberada, dueña de su cuerpo, tiene ensoñaciones abusivas y denigrantes con el señor Grey y experimenta con los geles de placer, juega infantilmente a ser bollacona en algún sarao y es, ante todo, víctima de la moda y de la soledad casi tanto como de los anuncios que le andan siempre recordando que huele mal, le sobra peso, sus esfínteres tienen el muelle roto y se arruga con nada que la garantía no lo cubre (y lo que no cubre una garantía, que nadie espere que lo cubra un varón). El hombre, siguiendo en la línea que marca su costumbre, sigue masturbador, pero en internauta; también putero, claro, sobre todo si hay final de copa de algo y gana su equipo. Cada cual va, pues, por su lado en la coyunda y solventa los picores del natural a su manera como remedium concupiscentiae.

Antañazo, cuando todavía se socializaba en vivo, las cosas eran distintas y tenían más gracia. Estaban los recoletos meublés para las aventuras extraconyugales, y las casas de citas consistían muchas veces en el domicilio de una señora que recibía a horas poco familiares para complementar sus ingresos o los del esposo, si es que era casada. Obviamente, el marido estaba siempre ausente en esos momentos críticos de la coyunda de oficio. Había señoras que hacían pasar al cliente a un saloncito para darle un rato de conversación en cumplimiento de una norma no escrita de la cortesía española que manda no ir nunca directamente al grano de lo que se quiere tratar. Otras hacían pasar sin más prólogos al recién llegado a la habitación destinada a este comercio, y que muy a menudo parecía ser la que ocupaba por la noche el matrimonio en la que el crucifijo de encima de la cama se cubría con un trapo morado antes de pecar. También había casas particulares a las que iban parejas fraudulentas que alquilaban una habitación por horas a la señora que recibía. Dichos domicilios podían prestarse indistintamente a los amores de pago o a las aventuras extramatrimoniales, según.

Por otra parte, las llamadas casas de tolerancia existieron en España hasta 1956, cuando el gobierno las suprimió en cumplimiento de una disposición de la ONU que se aplicó en todo el mundo. Por supuesto, la prostitución siguió existiendo bajo otras formas, si bien con menor control sanitario. La gente honrada bienpensante de la época, incluyendo dignos representantes eclesiásticos, veía en la institución de las casas de lenocinio un mal menor y una garantía de que la integridad y, sobre todo, la virginidad, gran valor de la época, de las mujeres decentes quedasen a cubierto de la pública lascivia masculina que, por serlo, era inevitable. Pero, eso sí, tales casas de tolerancia debían ejercer su comercio en la más perfecta discreción pues, constitucionalmente, los españoles eran absolutamente castos, si bien ellos, no ellas, pudieran echar en ocasiones alguna canita al aire, aunque no se definiera exactamente en qué consistía la tal canita.  Era la España de Franco y sus tecnócratas de antracita salidos de los campos de concentración del Opus Dei; era la España en la que el erotismo de la puta pasó a convertirse en un termómetro para medir la temperatura de la crueldad. Y hasta hoy.

Las picassianas putas de Aviñón eran  y se sentían institución, algo así como una cofradía o una logia masónica. Incluso iban a las procesiones con todo respeto y solemnidad y algunas dejaron sus nombres de guerra en el imaginario de la localidad que luego llegó a ser glosado por los cronistas (pregunten en Cartagena por Caridad la Negra, vestal destacada del Molinete, ese Sacromonte de los pecados que todavía se evoca con nostalgia y del que se beneficiaron, además de los señores de casas bien, no pocas promociones de la Marina).

Pero Picasso todavía andaba en lo que anduvo, o sea la prostitución de la luz de gas y los muchos visillos, de erótica parisina y góticocatalana, heredera de los románticos recalentados del siglo anterior y muy alejada del polvo rápido y relampagueante de ahora mismo. Una prostitución que hay que analizar en su contexto social y que se desarrollaba en una atmósfera de puro habano, humo de café, penumbra y calor, con muchos espejos en la pared y mucho terciopelo rojo enmarcando a los clientes, que eran señores de levita con unos bigotes bizarros que se rizaban filarmónicamente hacia arriba. Las señoritas de Aviñón son de esa época y duraron, ya digo, hasta que la ONU y el Opus se metieron por medio. Antonio Álvarez Solís contaba una anécdota de cuando iba de putas con sus amigos intelectuales y uno de ellos, futuro premio Nobel de literatura, acostumbraba a meterse en el cuarto con la chica llevando  una campana que dejaba en la mesita de al lado. Cuando desde fuera se escuchaba la percusión metálica y cimbreante, tolón-tolón, aparecía la madame con una botella de champán y varias copas exclamando: «Señores, brindemos a la salud de don Camilo, que se nos acaba de correr». Se puede comprobar que estamos ante unos usos mucho más sociales y desenfadados y ante una relación meretriz-cliente bastante más campechana e incluso compacta. En las Señoritas de Aviñón, Picasso nos cuenta hasta cierto punto lo bien que se perpetraba la farsa del amor en la primera mitad del siglo pasado desde el triste morir de la Belle Époque. Porque el costumbrismo puteril de principios del siglo XX es mucho más que culos altos y apuntalados, nalgas malvadas, poderosas ancaduras, muslos adivinados, sífilis, piorrea y señores que llegaban con billetes en la mano como un ramo de violetas. Por las camas y las vaginas de la puta patria pasaba la Historia de nuestro país y pasó toda España. El idioma castellano nos ha dejado voces muy evocadoras de aquellos tiempos y otros anteriores, ya en desuso aunque bellas. Así encontramos que había hetairas esproncedianas que resultaron sabias y concienzudas refanfinfladoras, con una técnica llena de amor y asco, que recibían en la boca la vegada de sus clientes sin rechistar. Y quien dice hetairas, dice bagasas, baldonas, lenas, descosidas, cellencas, daifas, hurgamanderas, izas, rabizas, colipoterras, putarazanas, suripantas… e incluso pajilleras, que se remontan a cuando a la mano derecha se la llamaba mano de lanza y a la izquierda mano de brida.  Dos obras escritas se imponen para visualizar a las Señoritas de Aviñón en su ambiente genuino: La Papelón, de Vidal y Planas y, cómo no, Troteras y Danzaderas, de Pérez de Ayala, un delicioso tratado sobre putas y escritores lleno de personajes en clave que deja claro hasta qué punto las mujeres de vida alegre son más dignas que los políticos e intelectuales que las buscan o que las juzgan.

Eran otros tiempos. Entonces, el camino hacia la prostitución solía comenzar con una violación y un embarazo ilegítimo, por lo general de la criada, en un episodio más de la situación de extremosa dependencia de la mujer. Eran, digo, otros tiempos, mucho más gonorreicos (el velludillo de los valles de Venus, esa amazonia llana que algunos dicen monte, aún no había sido brasileñamente deforestado). No había SIDA, pero sí mucha sífilis (que en España llamábamos lúes) y Alexander Fleming todavía no había dado con la solución y la coyunda se llevaba a muchos intelectuales, como Guy de Maupassant. Y Picasso, que hacía gran uso del tema, pues andaba encantado homenajeándolas en sus lienzos, tal es el caso el que nos ocupa, muy explícito, o el de Las señoritas de Argel, esa serie de lienzos (son varios) que siguen en la línea del canto a la feminidad.

N01. NUEVA YORK (NY, EE.UU.), 03/05/2015.- Fotografía cedida hoy, domingo 3 de mayo de 2015, de la obra "Femmes D´Agler", de Pablo Picasso. Las casas de subastas de Nueva York sacan su arsenal, los coleccionistas afilan los cuchillos y la burbuja del arte sigue desafiando sus límites. Comienza la temporada de pujas primaverales y las cifras son mareantes, con un Picasso y un Giacometti dispuestos a batir récords. EFE/CHRISTIE´S/Estate of Pablo Picasso Artists Rights Society (ARS), New York/SOLO USO EDITORIAL/NO VENTAS

Hoy, la comparsería de la España imbécil no quiere reconocer aquellos tiempos como mucho más civilizados que los actuales, que son un despiporre de lo equívoco. Obviamente, uno no está por defender la prostitución, pero sí por afirmar que es una actividad anacrónica con los tiempos que nos tocan y, por lo tanto, descontextualizada. No se trata de que todos vayamos a vestir a la federica, ni de que nos volvamos nacionalcatólicos y tornemos a tratar a las vírgenes como otro tipo de meretrices, mujeres sin precio pero con tasa e inflación. Al revés: si creemos en la igualdad no estaría de más que se tomase la sartén del problema por el mango de la voluntad y empezásemos a rescatar a estas damas. Pero va a ser que no estamos por la labor. Esta es, por desgracia, la España de Fuenteovejuna en la que todavía se cree que cuando el delito está muy extendido ya no hay delito y que cuando la culpabilidad está muy dividida ya ni siquiera hay víctima.  Como ahora ser pobre resulta carísimo, piensan algunos para tener a salvo su conciencia que la profesión de puta es sinónimo de dinero rápido y fácil, como un Cofidis de la vagina. Tal no es cierto. Detrás de una prostituta siempre hay una mujer explotada por varios hombres, principalmente clientes sin escrúpulos (los clientes no son escrupulosos, claro es).

Bien está que entendamos a las Señoritas de Aviñón como el retrato de unas prostitutas barcelonesas estilizadas, esbeltas y seductoras; que admiremos su palpitante belleza femenina y la sensualidad de sus cuerpos anaranjados, adiós etapa azul, ya comienza el siglo XX. Pero no es menos bueno que lo hagamos sin olvidar esa lacra social de la que todos los hombres somos culpables en un grado en el que sólo nuestras propias conciencias conocen. Ya pasaron los tiempos en los que sonaba de vez en cuando alguna campanilla para que le trajesen el champán a los señores.

Francisco Gijón

Un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *