Competentia – Competere

Competencia, competir, competentes, competencias, competitividad, competición, vaya panoplia de términos parecidos, pero que no se refieren a lo mismo. Aunque es cierto que guardan una cierta relación entre sí. Como ejemplo, no nos referimos a lo mismo con competencia y competencias, y solo hemos convertido un singular en un plural. Utilizamos estas palabras todos los días, en los más diferentes ámbitos, y no tenemos la certeza de qué se esconde detrás de ellas.

Llegada carrera 100 m. mujeres en Juegos Olímpicos de Londres 2012. © cdephotos
Llegada carrera 100 m. mujeres en Juegos Olímpicos de Londres 2012. © cdephotos

Hablamos de la gestión por competencias (Hamel y Prahalad) y estamos refiriendo un modelo de resolución en las organizaciones. Decimos competencias educativas y hablamos de una combinación de conocimientos, habilidades y actitudes. Citamos competición y rápidamente imaginamos una confrontación entre partes. Y sin embargo no hemos hablado aún de economía, de forma directa, siendo la competencia un concepto o aspecto fundamental de los sistemas económicos modernos.

A esta breve altura de la entrada algunos se preguntarán ¿a qué viene esta disquisición teórica? ¿qué le ha pasado al autor para perder su habitual apego con la realidad más candente? Qué nadie se sorprenda. Esta disquisición teórica es vital para entender lo que el mundo nos exige y nos va a exigir en el futuro. Y no, no he perdido el contacto con la realidad más candente. Pero sigamos. Uno compite, participa de una competición porque es competente, es decir, es competencia porque posee competencias. ¡Vaya!, parece que los distintos conceptos empiezan a encajar.

En definitiva, uno es competencia, uno compite, cuando está en el espacio superior de competencias, cuando es capaz de alcanzar una disposición que le permite rivalizar. Por poner un ejemplo gráfico sobre competencia; en una carrera de 100 metros podemos entender que son competidores y que compiten aquellos corredores que aparecen en la foto finish de meta. Porque si no estás en la foto es que no formas parte del grupo competidor. Así que lo que ahora nos falta saber es si somos competencia, si tenemos competencias, en definitiva, si somos competidores y competentes.

Y para seguir siendo parte de los competidores tendremos que ser permanentemente competitivos. Es decir, tenemos que estar en el grupo que aparece en la foto finish, pero en todas y cada una de ellas. Porque todos los días hay foto finish, no se nos olvide. La referencia a la carrera es un símil inexacto porque en la realidad no existe una meta, en la vida real hablamos del espacio superior, al que me referí antes. Sería algo así como situarse en el último decil de la distribución de frecuencias en términos estadísticos.

Y foto finish hay en todos los sistemas, también en el que nos habla de «a cada cual según su aporte», corregido por el «de cada cual según su capacidad». La competencia está con nosotros hasta en las relaciones de pareja o, mejor dicho, en la competición que se despliega para lograr pareja. Incluso en la iglesia, en la que se llamaba competente al catecúmeno ya instruido para su admisión al bautismo (Diccionario de la Lengua Española, vigesimotercera edición). Y no olvidemos que competencia conlleva comparación, porque si no hay comparación, es decir, confrontación, no hay competencia, incluso podría ocurrir que las competencias no fueran útiles en el presente por falta de comparación.

Y si tan presente están la competencia y las competencias, ¿nos interrogamos acerca de si somos competentes?, ¿nos preguntamos si somos competidores? Porque la clave es saber desde que posición jugamos, la clave es saber si estamos en la foto finish, si somos parte del metafórico último decil. Por supuesto que hay que tener cuidado con la competencia para no generar externalidades, que llaman los economistas; como la de los sistemas educativos tan competitivos de Japón o Corea del Sur, países en los que la tasa de suicidios infantiles y juveniles es tan destacada con relación al resto de países.

Usain Bolt camino de la victoria en la final de los 100 m. de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. © PhotoBobil
Usain Bolt camino de la victoria en la final de los 100 m. de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. © PhotoBobil

¿Y para qué queremos o debemos saber todo esto? Para ser conscientes de las carencias, de las ineficiencias, de las limitaciones, de las ineficacias, para poder corregirlas y alcanzar el espacio superior de cumplimiento. Porque no estamos en el espacio superior de cumplimiento. Para hacer más comprensible el planteamiento veámoslo con un ejemplo del mundo empresarial, se preguntan las empresas ¿cuánto debería estar ganando?, suelen mirar si ganaron más que el año anterior, pero eso no es estar en el espacio superior. Porque es posible que el beneficio obtenido no esté en el óptimo, en el espacio superior de cumplimiento. Porque no se trata de máximos, se trata de óptimos, de óptimos factibles que dicen los expertos en programación lineal.

Y pertrechados de esta base teórica debemos hacernos preguntas sobre le entorno más inmediato, porque la competencia no abunda en la naturaleza económica, administrativa o educativa que nos rodea. Respondamos cada uno y en silencio a preguntas simples sobre todo ello,

¿Son útiles las enseñanzas que recibimos y nos permiten competir con el mundo exterior, con el que vamos a competir económicamente?

¿Son razonables los costes de los servicios públicos que recibimos y son fruto de un uso eficiente de los recursos que ponemos al alcance de los gestores?

¿Comparamos los productos y sus precios para acopiarnos de los que nos aseguren la mejor relación calidad – precio?

¿Estudiamos que respuestas dan en otros países, con los que competimos, a problemas similares para, al menos, ofrecer respuestas tan eficientes como las suyas, cuando no mejores?

En definitiva, ¿estamos pendientes del entorno para comparar? Porque mucho me temo, a la vista de las ineficiencias, algunas lacerantes, que cada día se ponen de manifiesto en el país, que no nos ocupamos de competir, quizá porque no está instalada en nosotros esta cualidad, por las malas influencias recibidas a lo largo de la historia. Las aristocracias, las económicas, las políticas, las educativas, las religiosas, las de cualquier orden, no son defensoras de la competencia, al contrario, son enemigas de aquello que no asegura su supervivencia, de aquello que pone en cuestión, permanentemente, su razón de ser.

No todos podemos ser como Usain Bolt, pero hay que entrenar para intentarlo, compitiendo desde el espacio superior.

salud a tod@s

Pedro L. Egea

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