Las hijas de Gandhi

María Gallego Moreno
Foto de Luis S. Villacañas de Castro
Foto de Luis S. Villacañas de Castro

A Valentina, en su primer cumpleaños

Debo a la conjunción de dos factores —el amor a mis hijas y mi admiración por Gandhi— mi caída en desgracia a los ojos de mi vecindario. Habrá quien diga que yo arrastraba una enfermedad mental de partida. No es verdad. Durante mis años de terapia, mi psicoanalista jamás empleó esas palabras. No me atrevo a emitir una opinión sobre mi condición actual (no puedo distinguir qué hay en mí de locura o de tristeza), pero cuando ejecuté los actos por los que me juzgaron yo era un profesor, un marido y un padre funcional.

Todo ocurrió de la siguiente manera. Una tarde, nada más llegar al parque, después del trabajo, tras abrazar a mis hijas y dar un beso a mi mujer, esta última respondió a mi pregunta habitual —«¿Cómo ha ido el día?»— con una queja: «Estoy harta de los clientes del bar de enfrente de casa. Es que todos los días despiertan a Gabriela y Valentina; se ponen a fumar y a beber en la puerta, hablan a gritos y no se dan cuenta de que son las siete de la mañana. Siempre sucede lo mismo: abren el bar y las niñas se despiertan. Podrían estar durmiendo hasta las ocho, pero no hay manera». Añadió que debíamos comprar cristales todavía más anchos, que insonorizaran mejor las ventanas.

Mi mujer tenía razón, pero en una cosa se equivocaba: en realidad, el bar abría a las seis (desde mi despacho oía cómo el dueño alzaba la persiana). Los clientes llegaban media hora después, pero sólo a partir de las siete empezaba a hacerles efecto el licor y la compañía, que les excitaba. Se creían entonces los amos del mundo, como si nadie tuviese derecho a impedir que sus voces y sus risas, desde la calle, retumbasen en los pasillos y las alcobas de sus casas. Hubo mañanas en las que, al irme al trabajo, me sentí tentado a pedirles que bajasen la voz. Algo me detuvo. Pero tras hablar con mi mujer aquella tarde decidí que ese freno misterioso no me iba a detener nunca más. A la mañana siguiente, sin bajarme de la bicicleta (sin quitarme el casco siquiera) llamé la atención de uno de los clientes.

—Perdón, ¿crees que podríais bajar un poco la voz? Es que mis hijas, de uno y tres años, están durmiendo ahí en frente —señalé las dos ventanas—; las despertáis muchas mañanas, y es un poco pronto para ellas. Con que hablaseis un poco más bajo, seguro que bastaría.

Era muy seria su mirada. En sus ojos vi cruzar la duda, como una brisa pasajera. Durante un momento algo se iluminó en sus pupilas, ya rojizas. Pero el fulgor desapareció pronto y su mirada y su cara se oscurecieron. Cuando el cliente me contestó, volvía a ser noche cerrada.

—Las siete ya es horario de trabajo, ¿no? —preguntó a su compañero, que fumaba a su lado. Éste asintió. Miraba al suelo, donde otro cigarrillo se quemaba. —Pues eso —concluyó—. No podemos hacer nada. Esto es un bar y ésta es su terraza.

Crucé una mirada fugaz con el propietario del establecimiento a través de la ventana. Era un hombre amable que siempre me atendía con una alegría un tanto forzada, que aflautaba su voz. No hizo ademán alguno por inmiscuirse en nuestra conversación. El otro cliente intervino antes de que yo respondiera:

—Esta casa tan bonita que te has hecho —dijo, señalándola con un golpe de barbilla—, ¿por qué no te la haces en otro barrio, si tanto te molesta?

Me envalentoné, ahora que había mencionado mi casa. «Sí que es bonita, ¿verdad? —le dije—. Y bien que me ha costado. Pero, ¿sabes una cosa?, me levanto todos los días a las seis de la mañana, para ir al trabajo, igual que tú. Y tenga o no tenga dinero, estoy seguro de que tengo el mismo derecho que tú a vivir en este barrio. Lo único que os estoy pidiendo es que, por favor, habléis un poco más bajo cuando estáis aquí, tomando el café y charlando de buena mañana. Excepto por vuestras voces, no se oye un alma en toda la calle. Y resulta que, además de este bar, aquí hay fincas donde vive gente mayor, o niñas pequeñas como las mías, que necesitan descansar. Y también tienen su derecho.»

—Que sí. Ya nos vamos —respondió con sequedad. Se abrocharon las chaquetas y giraron la esquina, no sin antes gritarle al dueño del bar que pusiese su consumición a cuenta. —¡Hasta mañana —les contestó desde dentro. Algo nervioso, proseguí mi camino en bicicleta.

Esa noche, después de un día tranquilo, seguí leyendo en la cama un volumen de Gandhi, con sus obras selectas. Me dormí pronto. Pero hacia las tres de la madrugada mi hija pequeña empezó a llorar; mi mujer fue a amamantarla y yo, con todo el ajetreo, me desperté. Entonces, un pensamiento tomó posesión de mí: en un par de horas los clientes volverían al bar, alzarían la voz y despertarían de nuevo a mis hijas. Ya no me pude dormir. Daba vueltas a esta idea, anticipando una y otra vez mis palabras y mis actos. Después de horas revolviéndome en la cama, cogí la almohada, salí del dormitorio, bajé las escaleras y entré en mi despacho. Allí estuve diseñando por escrito mi estrategia. Cuando el dueño levantó la persiana del bar, el corazón me dio un vuelco. Aguardé con un oído pegado a la puerta.

Ya llegaban. Se daban los buenos días. Las primeras risas. La máquina de café sonaba. Vasos de cristal sobre la barra metálica. Pasos hacia la puerta de fuera. Se apoyan en la ventana. Sacan los cigarrillos. De pronto cuchichean. Se ríen. Y entonces, como agua de mayo, el primer grito. Y yo, sin pensarlo dos veces, abro la puerta, con una almohada y una manta en mis manos, cruzo la calle y camino hacia ellos, envuelto en la oscuridad. Los miro a los ojos y deseo los buenos días. Después me tumbo a sus pies, en la acera, bajo la ventana del bar. Apoyo mi cabeza en la almohada.  Me cubro con la manta.

Nunca hubo tanto silencio en el mundo. El cielo se veía muy bonito desde ahí, y muy distinto; también mi casa. Espontáneamente, mi mirada se dirigió hacia las ventanas de mis hijas, que de pronto acariciaron dos rayos de sol. Yo las veía dormir en mi cabeza, y sonreía. Tan calientes, tan tranquilas. Las sentía tan cercanas a mí que cerré los ojos y les di un beso imaginario en las mejillas.

La mayoría del tiempo no pasó nada. Los clientes del bar iban y venían y esquivaban mi cuerpo con sus pasos y palabras. Yo apenas los escuchaba a lo lejos, como un murmullo. En algún instante me quedé dormido. Soñé con pájaros que volaban en círculos. Me acordé de las noches al raso que pasé en mi infancia. A las ocho sonó la alarma de mi reloj, me levanté, me despedí y entré de nuevo en mi casa. Mis hijas seguían durmiendo.

A la mañana siguiente me desperté pronto, preparado para repetirlo todo otra vez. Desgraciadamente fue necesario, antes de lo que pensaba. Abrí la puerta con el primer grito y en seguida supe que los clientes me habían estado esperando. No tuve que buscar sus miradas puesto que ya estaban fijas en mí. Esta vez, junto con la manta y la almohada, llevé el libro de Gandhi conmigo: «No necesitamos utilizar la violencia», me repetía a mí mismo. «Debemos, al contrario, ofrecer nuestros cuerpos como sacrificio. La no-violencia no es una insignificante realidad que se ha malentendido durante largos años; es la fuerza más potente hasta ahora conocida por la humanidad y de la cual depende su verdadera existencia», etc. En cuanto me acosté en la acera me llovieron sus colillas. Dos clientes fingieron tropezar conmigo para poder derramarme el café. Una mujer me pisó con su carrito. Un hombre a quien jamás había visto me cogió por la solapa del pijama y me zarandeó de un lado a otro: «¡¿Pero tú qué quieres?!», gritaba. «¡¿Qué te has creído?!». Traté de explicarle mi plan tal y como lo había puesto por escrito la noche de antes: «Si vosotros os metéis en mi casa, yo sacaré mi casa hasta vuestro bar… Os pondré delante el espejo de vuestra propia violencia… ». Sin dejarme acabar, el dueño del bar salió a la terraza y me cogió de las axilas, tratando de levantarme: «Vete a tu casa», me dijo. Noté su voz muy cambiada. Me dejé caer en el suelo y le contesté que todo esto lo hacía por el amor a mis hijas; que si él me apoyaba, prometía pagarle todo lo que dejase de recaudar por mi culpa: «Pero tienes que ayudarme a hacer de éste un barrio más habitable», le supliqué. «Tienes que ayudarme a transformar a estas personas». Empezaron a patearme la espalda. Alcancé a mirar el reloj en mi mano: eran casi las siete de la mañana. Sólo tenía que resistir una hora hasta que mi mujer y mis hijas se levantaran.

Por desgracia, el ajetreo las despertó antes. Mi mujer escuchó gritos, abrió las ventanas, me vio tendido en el suelo y corrió a la calle en camisón, con una hija en cada brazo. Cubriéndome de besos, me dijo entre lloros que por favor lo dejara, que compraríamos cristales más anchos, mejores ventanas; que nos mudaríamos a otro barrio, todavía más lejos, con las vallas más altas. Yo le respondí que estaba cansado de huir de mi propio pueblo, de vivir aislado de mis vecinos, protegiéndome de ellos, de su miseria, de su vanidad, de su agresividad y de la violencia que generaban, también dentro de mí. Por fin me había liberado de todo ese miedo. Podía educarlos al fin.

Me abracé fuertemente a una mesa cuando la policía llegó; no quise abandonar el lugar. Me acusaron de apropiación del espacio público y desacato a la autoridad. Como Gandhi, acepté alegremente mi condena. He luchado por el bien —el bien es que mis hijas duerman— así que la cárcel me parece ahora el mejor de los palacios. Es un orgullo haber sido castigado por el mal que combato. Poco importa que el mal sea tu propio pueblo o el imperio británico.

Foto de María Gallego Moreno

 

Luis S. Villacañas de Castro

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