El hombre que amaba a las gallinas (cuento)

A mis hijas, que bromean diciendo que quiero a las gallinas más que a ellas

Cuando la madre de Ramón murió, cobré el seguro, vendí la casa y me instalé con él en una pequeña granja a las afueras de la ciudad. Lo primero que hice fue comprar una gallina, pues había oído que pocas cosas dan tanta satisfacción a un hombre como hallar un huevo recién puesto cada día. Después de tres semanas de correr diariamente al gallinero, vi poner el primer huevo. Era de color dorado. Decidí hacerme una tortilla con él. Ramón acababa de subir al autobús del colegio y era entonces cuando yo desayunaba habitualmente, así que puse la sartén al fuego. Cuando rompí el cascarón me quedé perplejo al ver que, en medio de la yema, había un sacapuntas. «¿Qué milagro es éste?», me pregunté. Subí al coche y conduje hasta la tienda de animales. Le conté a la propietaria lo que había sucedido y aguardé una explicación. En vez de dármela, la mujer ladeó la cabeza hacia atrás y entornó los ojos, como si mi presencia fuese el enigma, no mis palabras. Me preguntó de dónde venía. Le expliqué que me había mudado hacía pocas semanas a la casa de campo frente a la gasolinera. Me contestó que ese terreno se erigía sobre un antiguo cementerio indio, y que era posible que la magia de ese pueblo se hubiese filtrado hasta la gallina: «A veces los animales forman parte de un plan divino para ayudarnos». Me despedí.

En el coche traté de dar con el significado que aquel sacapuntas podía tener para mí. De inmediato recordé que, el día anterior, Ramón me había preguntado por él, porque lo necesitaba para hacer un proyecto de la escuela y lo había perdido. Le dije que no lo había visto. Eso era todo: el sacapuntas apenas estuvo en mi boca unos segundos. Pero, al parecer, fue suficiente para que la gallina me leyese el pensamiento y supusiese que recuperar aquel sacapuntas iba a ser un motivo de satisfacción. Así que la mujer de la tienda estaba en lo cierto. A partir de entonces, lo único que yo tenía que hacer era asegurarme de que, cuando la gallina volviera a leerme la mente, me encontrase pensando en algo verdaderamente importante para mí. No tenía dudas acerca de qué podía ser: necesitaba dinero. El seguro de vida se agotaba y la granja distaba mucho de ser rentable.

Me apresuré en averiguar las condiciones en las que había sucedido este primer milagro. Me preocupé por saber a qué hora exacta mi hijo me preguntó por el sacapuntas. Lo contrasté con él: fue a las cinco y media de la tarde; era entonces cuando hacía los deberes. Como las gallinas eran animales de costumbres, supuse que ese era el horario de la magia. A las cinco del próximo día, me metí en el dormitorio y estuve repitiendo la palabra «dinero» hasta que dieron las seis. Alargué la franja horaria por delante y por detrás, para asegurarme. Nada interrumpió mi ejercicio salvo una pequeña intromisión de mi hijo, al preguntarme si guardábamos alguna foto de sus abuelos, que necesitaba para proseguir con el trabajo del colegio. Desde mi dormitorio le dije que no. Era verdad: evité a mis padres en cuanto mi matrimonio empezó a tambalearse, y me deshice de todos los recuerdos tras el fallecimiento de mi mujer.

Como la pregunta de Ramón llegó muy al inicio de mi ejercicio, confiaba que no hubiese tenido efecto alguno sobre el plan. A la mañana siguiente, cuando se marchó al colegio, fui corriendo al gallinero y abrí el huevo allí mismo, tan seguro estaba de que iba a encontrarme un fajo de billetes. Pero, en vez de esto, salió del huevo una foto de cuando yo era niño, abrazando a mis padres. Estaba plegada sobre sí misma y empapada en yema, pero aun así la pude reconocer. Pertenecía al primer viaje que hice con ellos al extranjero, cuando tenía cinco años y ellos eran una joven pareja. De nuevo, las palabras de Ramón se habían entrometido en mis pensamientos y habían depositado la semilla que el fruto de la gallina acabó haciendo realidad.

Pero no repetiría el mismo error el día siguiente. Mientras estuviese encerrado en mi cuarto, ordené a Ramón que no se dirigiese a mí bajo ninguna circunstancia. Pasé allí dentro cuatro horas, tumbado en la cama, repitiendo «Dinero, dinero, dinero» sin cesar. No me desvié un ápice de ese pensamiento. Mi hijo ni siquiera se acercó a la puerta; no lo oí respirar. Estaba seguro de que esta vez la gallina atendería mis plegarias. A la mañana siguiente amanecí con más expectativas e ilusiones que nunca, mas no hallé dinero en su nido de paja. Encontré tres cosas: pena, frustración y rabia. Apenas pude contener mis lágrimas cuando, entremezclado con la yema del huevo, vi el rostro de mi mujer. Tenía el brazo sobre mi cuello. Me besaba. Yo miraba feliz a la cámara que ella, con el otro brazo, parecía sostener. De nuevo el huevo escondía una fotografía, escondida y plegada, esta vez de mi mujer y de mí mismo, de nuestros primeros meses de noviazgo, cuando Ramón ni siquiera era un pensamiento porque ella era lo único en lo que yo pensaba. Recuerdo que algunos meses después de tomarnos esa fotografía rompimos nuestra relación, y que esa fue la primera imagen que quemé. Cuando la echaba de menos, odiaba esa foto tanto como la amaba, porque capturaba mejor que ninguna el hálito de mi mujer, esa esencia suya que se le escapaba por la boca cuando reía y en su risa yo podía escuchar su corazón. Tenía una risa entrecortada, y entre carcajada y carcajada parecía que fuese a morir. Cuando murió de verdad, yo ya estaba preparado. Me entrenó su risa. Y nuestras rupturas. Al final nos reconciliamos, nos casamos, nació Ramón… pero durante todo ese tiempo tuve la sensación de que me había hundido en un abismo de tristeza amarga e invisible.

Al llegar la escuela, Ramón me encontró con la cabeza hundida entre las manos, de cara a la mesa. Sentía que el encuentro con la foto de mis padres había abierto una compuerta, largamente sellada, que ahora me creía incapaz de cerrar. Algo había crujido dentro de mí y me daba miedo no tener fuerzas para levantar siquiera el saco de huesos que era mi cuerpo. Sobre todo, temía no ser dueño de mis pensamientos, el hecho de que, durante las horas que permanecí encerrado en mi cuarto, hubiese repetido en voz alta mi deseo—dinero, dinero, dinero—pero mi mente subterránea se hubiese dirigido hacia mi mujer muerta y los escasos meses en los que fui feliz con ella. Me pregunté si valía la pena invocar de nuevo a la gallina, proseguir con este ritual. Decidí darle una última oportunidad. A fin de cuentas, estaba cayendo por una empinada pendiente que no estaba seguro de poder remontar, aunque quisiera.

Igual que hice con los animales, a Ramón le dejé el desayuno, la comida y la cena hechas. Metí el coche en el garaje, eché el candado a la verja y cerré todas las puertas, para dar a entender a los vecinos que no estábamos en casa. Desactivé los relojes y apagué todas las alarmas. Esta vez no habría cálculo de horas; mi entrega sería total. A duermevela, sonámbulo entre la noche y el día, gritaría mi deseo hasta que ni mi cuerpo ni mi mente pudiesen soportarlo más. Confiaba en que la gallina entendiese que, pese a mi debilidad, mi deseo era claro y único, y mi esfuerzo verdadero.

Cuando salí de mi cuarto y, después, de la casa, el cielo estaba nublado, así que ni la luz ni la posición del sol delataban la hora que era. Cogí y abrí el huevo con sumo cuidado, como si fuese una perla labrada por una ostra durante años. Ni el transcurso de siglos me hubiese preparado para lo que encontré en él. Dentro estaba Ramón, mi hijo. No una foto suya, ni un doble, ni un muñeco: él mismo era el que me miraba desde dentro de la cáscara del orbe. Pequeño como era, sus ojos relampagueaban como dos estrellas. Desde el interior, su voz retumbaba por las paredes y se amplificaba hasta llegar a mis oídos de forma clara. Me dijo que la gallina estaba atendiendo sus deseos, no los míos. «En cuanto me dio el sacapuntas que perdí, empecé a pedirle más cosas: una foto de los abuelos y, después, una en la que aparecieses tú con mamá. Las necesitaba para completar el árbol familiar que me habían mandado hacer en el colegio. Pero pronto me asaltó otro deseo: que tuvieses tantas ganas de verme a mí como las que demostrabas, cada mañana, yendo a ver los huevos. Quise sentir lo que significaba ser mirado por ti de esa manera. Cada día, nada más subir al autobús, te veía marchar corriendo al gallinero, como si te aguardase allí tu verdadera familia. Así que pedí a la gallina que me metiese dentro de un huevo. Mi deseo se ha hecho hoy realidad. Estaba desayunando en la oscuridad de la cueva en la que me has obligado a vivir durante días, cuando, de pronto, se ha abierto el techo con un estruendo y he visto la luz de tus enormes pupilas mirándome a mí solamente, con ilusión y esperanza. Como nunca lo habías hecho».

Al nacer rompemos un huevo. Después vivimos en otros. Mi hijo ya no crecerá más, y yo tampoco. Para él soy un gigante, para mí él es un enano. Veo mi enfermedad en la suya. Todas las mañanas me ocupo de él, todas las tardes, todas las noches. Estoy aprendiendo a hablar para que me entienda, para que mi voz no sea un huracán que le arranque del sitio. Estoy pendiente, a cada segundo, de que no se lo coma ningún animal. Le he preparado una pequeña jaula de barrotes que me cuelgo del cuello y que le permite estar conmigo siempre, en mi pecho, cuando recojo la cosecha, cuando aro los campos, cuando siembro. Me echa una mano, él que no es mayor que mi pulgar. Me ayuda a regar, aunque se ahogaría en un vaso de agua. Para comer, le basta un grano de arroz. Duerme metido en un guante. Sacia su sed en una gota de agua. El dinero ha dejado de ser un problema. Ramón está feliz. Dice que todavía le ilumina y da sustento el eclipse de mis ojos.

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