ALTAMIRA

Marya lleva alimento y fuego al chamán. Juega a imitar las sombras sigilosas que danzan en las paredes de la cueva, pero el fino oído del ciego nunca deja de detectar sus pasitos de cierva. Aun así, se queda callado y expectante hasta que la luz vacilante de la tea se impone y permite a la niña admirar los avances en la bóveda, que lleva interminables lunas poblándose de poderosas figuras de colores. De animales de nutrición y animales de fe.

Ser chamán garantiza suministro de carne sin obligación de cazar. Ser una hembra, y además impúber, es una desventaja en términos absolutos. Pero ella es la única que no tiene miedo de adentrar su menudo cuerpo por los angostos túneles y quedarse sola con el viejo. A su corta edad ya ha sufrido vigilias de pesadilla en la sala común con el resto de la tribu. Como varón, sabe que él también ansía hurgar entre sus pliegues tiernos y rosados, pero al menos se limita a usar los dedos y se duerme enseguida.

Enredaba tanto con las preguntas y los pigmentos que el hombre prometió enseñarle el arte. Al son del murmullo ritual, acompañaba su pequeña mano en la caricia de la roca, para que aprendiera los abultamientos y grietas donde deben ir las siluetas. Luego le pedía que la dejara quieta, y espurreaba barro de distintos colores alrededor. “Aquí permanecerá para siempre tu impronta en esta pequeña vida”, le explicaba.

 Hoy es ella quien busca a tientas su mano arrugada para acercarle la comida. Deberá esperar a que él termine para recibir su bocado, aunque lo que verdaderamente anhela es permiso para aspirar otra vez el humo de las hierbas que provocan sueños.

Aún no se ha atrevido a contárselo al chamán, pero está impaciente por cruzar otra mirada sorprendida con la diosecilla de sus visiones. Tiene su misma altura y tan poco pelo en la cabeza como un cordero recién nacido. El pellejo que la abriga es lo más estrafalario que ha visto nunca —¿Qué animal tiene ese color de la primera oscuridad de la noche y estrellas prendidas en perfecto orden?—, y algo malo debe sucederle en los pies y las piernas porque los lleva ocultos bajo unas envueltas de cuero. Quizás sea hija de la madre Tierra, pues de sus orejas cuelgan zarcillos que parecen frutos maduros. Al principio Marya tuvo miedo, pero ahora que casi podría considerarse una maestra pintora espera la ocasión de volver a oír exclamar a esa extraña criatura: “¡Mira papá, bueyes!”. Burlarse de ese eco de niña vieja que reverbera en el canal del tiempo. Y entonces se acercará. Le dirá que está equivocada y le susurrará al oído: “No, María, no son bueyes. Son bisontes”.

María Sanz de Sautuola, descubridora de las pinturas de las Cuevas de Altamira. Foto tomada de la red.

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