«Somos la generación más basada y comprometida con España de nuestra historia democrática. Somos la generación más liberal y más conservadora de la democracia, la que está recuperando la fe, las ganas de trascender y la idea de España. La que está volviendo a llenar las iglesias y las plazas de toros. Y es por todo ello que los jóvenes estamos ganando la batalla cultural en toda España».
Ignacio Dancausa, presidente de Nuevas Generaciones del Partido Popular.
Un pequeño pero significativo fragmento del discurso del joven presidente conservador en Valladolid el pasado 11 de julio y en el que, ente otras perlas, llamó a la movilización, al activismo por la libertad, a salvar España y en el que acabó mostrando su agradecimiento «muy especialmente a Dios», por enviarle a «esta misión».
Todo ello en aras, según el tan explícito ponente, «de certificar que el wokismo está oficialmente muerto». Toda una suerte de proclamas que bien pudieran atribuirse a Donald Trump, Javier Milei, Díaz Ayuso por estos lares y otras muchas celebridades del mismo espectro donde se han acabado mezclando la política más reaccionaria y exacerbada con el fundamentalismo religioso, en ambos casos en su forma más excluyente.
De hecho, el propio Dancausa anunció en el mismo acto que la nueva estructura de Nuevas Generaciones contará con una Vicesecretaría de Jóvenes Católicos y Política Social que, a la vista de su discurso, podría recordar al antiguo Frente de Juventudes, la rama juvenil de Falange Española, que en su manual de adoctrinamiento decía de sus integrantes:
«Son los hombres del mañana. Ellos serán los que defiendan nuestra Patria y la hagan grande. Imitarán a sus padres, que defendieron a España contra los comunistas y vencieron. España está en el camino de su grandeza». (Manuel Tuñón de Lara, 1915-1997, La interpretación ‘policial’ de la historia, Cuadernos de pedagogía).
Sin embargo y a pesar de las continuas referencias a Dios, sus posturas resultan muy al contrario de la doctrina de integración y de lo social en favor de los más desfavorecidos que, desde el Vaticano, tanto el Papa Francisco como el actual León XIV vienen promoviendo desde sus respectivos mandatos.
Aunque con poco éxito, a pesar de las apariencias durante su reciente visita al Congreso de los Diputados, su discurso desde la tribuna de oradores y vista la tumultuosa sesión que tuvo lugar en el hemiciclo, justo el día siguiente que abandonara Madrid el mismo.
La que se presuponía derecha renovada española que inició su camino al centro político hace varias décadas y que tras la consolidación de Vox ha decidido desandar a toda prisa, está retomando posiciones encaminadas a una especie de vuelta al nacionalcatolicismo, una ideología que vinculó la iglesia con el estado durante la dictadura como si fueran una misma cosa.
No en vano sus reminiscencias perduran todavía medio siglo después de la muerte del General Franco, en tanto la más alta jerarquía de la iglesia española resulta de las más reaccionarias de la órbita vaticana.
Pero el fenómeno, como vemos, no es único de España y se está reproduciendo en buena parte del mundo, sobre todo, como es el caso de nuestro país, en aquellas zonas donde la religión ha tenido siempre mayor peso.
Los derechos de las mujeres, los derechos LGTBI, los derechos sobre la reproducción, el modelo de matrimonio, la política demográfica, la educación, la cultura, la investigación científica, la cuestión migratoria, las minorías religiosas, las relaciones laborales y un sinfín de cuestiones y derechos –que algunos han tardado siglos en conquistarse-, ahora se ven amenazados y en retroceso ante una ola en extremo conservadora que no parece hacerle ascuas incluso a la teocracia.

A lo largo de la historia de la humanidad, la religión ha sido una herramienta que se ha utilizado también para dominar y no solo mediante el temor o el miedo –quizá la forma más perturbadora-, sino también por la fuerza o lo que es peor aún mediante una mezcla de ambas.
La Ilustración supuso un profundo cambio cultural en la sociedad que la Revolución Francesa propagó por el continente europeo y acabó llevando al otro lado del Atlántico. Entre propuestas como el pluralismo político la libertad, la igualdad, el progreso o los gobiernos constitucionales, se promovió del mismo modo la separación iglesia-estado, para distinguir entre lo divino y lo humano.
Con mayor o peor éxito en cada caso –España tuvo que esperar hasta el último cuarto del s. XX para consolidar la democracia liberal-, pero de cualquiera de las maneras supuso el avance más importante de la humanidad desde la profundidad de los tiempos.
Sin embargo, las sucesivas crisis del modelo capitalista dado a finales del siglo pasado y que arrancaran a principios del presente, una tras otra, sin una respuesta acertada por parte de la política, que ha frustrado a las clases medias y trabajadoras el ascenso social y perfila además un futuro para los jóvenes sumamente difícil, ha acabado abriendo las puertas a proposiciones que por nocivas y experimentadas que hayan resultado, están calando de nuevo en buena parte de la sociedad.
La irrupción de interlocutores con una exacerbada y fácil verborrea, planteando soluciones simples a problemas extraordinariamente complejos, pero con una enorme repercusión a través de los medios de difusión y las redes sociales, mayoritariamente en manos de grandes capitales interesados, los más beneficiados por el sistema –de los que buena muestra son los llamados «tecnoligarcas»-, han conseguido cautivar a millones de personas en todo el mundo.
Si a esto se suma la entrada en escena en las principales potencias de figuras de esa misma calaña, tendremos un cóctel de lo más explosivo y que de hecho está poniendo todavía más en riesgo un planeta que lleva desagarrándose en muchos ámbitos desde hace demasiado tiempo.
Su principal referente Donald Trump, a los mandos de la primera potencia mundial que, desde su retorno a la casa Blanca –como ya anticipábamos desde esta misma tribuna-, ha puesto patas arriba el orden mundial con sus políticas basadas en la extorsión y la ley del más fuerte, el desprecio hacia los más débiles, el desmantelamiento del estado del bienestar y sus actitudes negacionistas acelerando el punto de no retorno para el colapso medioambiental del planeta.
Trevor Aaronson, autor de La fábrica del terror: Dentro de la guerra fabricada por el FBI contra el terrorismo (Ig Publishing, 2013), investigador que lleva años estudiando a fondo las principales agencias de seguridad norteamericanas, detalla la idea preconcebida por Sebastian Gorka, encargado de la lucha antiterrorista de la Administración Trump: «Todos los grupos de izquierda forman parte de una enorme red y participan activamente en el terrorismo».
Aaronson con sus trabajos saca a la luz una manera de entender la política por la que todo aquel que empatice con causas tan heterogéneas como pueda ser el genocidio palestino, la desforestación del Amazonas, el reforzamiento de los servicios públicos o en general todas aquellas que tengan trazas que pudieran considerarse izquierdistas, para tipos como Gorka es un potencial terrorista.
No digamos ya si preservan organizaciones como Amnistía Internacional, Greenpace o Médicos sin fronteras. En España, incluso Cáritas ha sufrido el menosprecio de las administraciones gobernadas por el PP y Vox por el mero hecho de servir de ayuda a los más necesitados y criticar sus políticas al respecto. Y aunque Cáritas es una organización vinculada a la Conferencia Episcopal, la realidad es que la mayor parte de sus ingresos no provienen de esta sino que son el resultado de donaciones privadas y, hasta ahora, de las administraciones públicas.
Volviendo al presidente Trump –que, por cierto, ha justificado la guerra de Irán como un «plan divino»-, el pasado mes de junio en un discurso ante un auditorio profundamente religioso y conservador, manifestó que el avance de la izquierda en ciudades como Nueva York con el alcalde Zohran Mamdani o estados como California con el gobernador Gavin Newsom a la cabeza, ambos del Partido Demócrata, según él «quieren destruir el modo de vida estadounidense con ideas comunistas».
A lo que añadió en el mismo foro y desde el más puro existencialismo: «Es la amenaza más grave para nuestro país desde su fundación».
Por su parte, Marco Rubio, su flamante Secretario de Estado –en dura competencia con J.D. Vance, vicepresidente y otro exacerbado fanático religioso para suceder a Trump, si es que este no utiliza alguna argucia para mantenerse en el poder más allá de su segundo mandato-, ha convocado a 66 representantes de diferentes países este último fin de semana en Washington a la que ha denominado Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político.
Entre otras numerosas afirmaciones Rubio en su discurso inaugural ha dicho sobre las organizaciones y movimientos de izquierda que «Su naturaleza fundamental es siempre la misma: un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación».
Y por si cupiera alguna duda sobre dicha naturaleza el propio Trump ya se ha adelantado solo unos días antes al asegurar sobre la socialdemocracia: «Yo creo que, en realidad, supone una gran amenaza para nuestra nación, porque no es socialismo, sino comunismo en toda regla (…) Utilizan el término socialistas democráticos porque suena muy bien, pero en realidad se trata de comunismo».
Y no hay que irse muy lejos para corroborar opiniones y posturas similares. En España, por ejemplo, los principales dirigentes del Partido Popular, sus portavoces parlamentarios o la propia presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, convertida recientemente al cristianismo y que dice rezar a diario, han descrito en numerosas ocasiones al gobierno español como comunista, totalitario y de llevar el país a una dictadura.
Curiosa dictadura esta donde el gobierno es incapaz de sacar adelante leyes en el parlamento, es reprobado y vapuleado continuamente por la oposición, atacado ferozmente por la mayor parte de medios, acorrala la justicia a familiares directos y son condenados a la cárcel sus ministros.
Tan chocante como que semejantes acusaciones vengan de los mismos que son incapaces de condenar los horrores de 40 años del régimen franquista y niegan el recuerdo de sus víctimas.
Por último, mientras Trump sigue insistiendo en posibles fraudes pasados y futuros en las elecciones norteamericanas o aquí PP y Vox insinúan un pucherazo del gobierno de Pedro Sánchez en los comicios de 2027, contraviniendo ese presunto «mandato divino» del primero y el concepto patrimonialista de España de los segundos, las advertencias y amenazas lanzadas en tal sentido desde sus foros de influencia vienen a identificarse de manera bastante clara con relatos de carácter orwelliano o con sucesos tan infames como los derivados del macartismo, que sacudió las entrañas de la sociedad estadounidense en la década de los 50 del siglo pasado.
Y eso que Trump ganó sobradamente las elecciones y en España, salvo el incomprensible caso del CIS de Tezanos, todas las encuestas aseguran una arrollada victoria de la derecha para el próximo año.
«No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano».
Éxodo 20:7