Me preguntaban en cierta ocasión cuánto de exagerada tendría que ser la carga fiscal para hacer posible en otros países del centro y norte europeo que la educación, desde la guardería hasta la universidad, resulten gratuitas para sus nacionales y en varios casos incluso para el resto de ciudadanos de la Unión Europea. La respuesta es muy sencilla, no es preciso que dicha carga fiscal sea excesiva, basta con que los salarios sean mejores.
Hemos referido en numerosas ocasiones desde esta misma tribuna que uno de los factores más determinante a la hora de calificar el nivel de vida de un país es la capacidad de ahorro y gasto de sus habitantes. Y es de eso, precisamente, de lo que vamos a hablar hoy en el caso de España donde aunque resulta obvio que los hogares han ido mejorando su renta no lo es por el incremento del salario real –con la excepción de los perceptores del SMI que ha crecido el 66 % en los últimos 8 años-, sino porque ha aumentado el número de ocupados.
Por cierto que en el caso del SMI -muy a pesar del pensamiento liberal conservador español que, en su línea habitual, se ha opuesto repetida y de forma explícita a ello-, los recientes incrementos de este responde a las recomendaciones de la Carta Social Europea que advierte que para tener unas condiciones de vida digna dicho salario debe representar al menos el 60 % del salario medio de su país.
Sin embargo en España, de manera singular, el SMI viene a coincidir con el salario más frecuente -consecuencia de la conocida temporalidad y precariedad de los empleos-, con lo que es fácil imaginar que muchos de nuestros paisanos residentes no deben andarse para muchas florituras.
Si a esto añadimos, para el conjunto de todos los salarios, cómo se ha ido incrementando el IPC cada año, venimos a ver que en los últimos 30 años en España el salario medio real solo ha subido un 5 % a pesar de que el PIB per cápita lo haya hecho el 46 % en el mismo periodo (El País, 25/04/2026).
Lo que viene a confirmar este último dato es que, por un lado lo que ya hemos dicho, que hay muchas más personas trabajando que suman a la creación de riqueza y por otro algo que es de público conocimiento, la desigualdad existente al acumularse cada vez mayor porcentaje de riqueza en menos grupos poblacionales.
Así, mientras que en esos mismos 30 años en España los salarios reales, descontada la inflación, crecían solo un 5 %, en la OCDE han subido el 31 % de media. En la propia institución aún hay quien queda por detrás de España, Italia en la que solo han aumentado el 3% y Japón que ha caído el 2%.
Mientras que entre otros de nuestros vecinos como Portugal y Alemania los salarios han crecido el 22 % o en Francia lo han hecho el 27 % durante el mismo periodo de tiempo.
El porqué de tales diferencias resulta del devenir histórico y cultural de nuestro país que ha dado lugar a ese modelo intensivo de salarios bajos tan característico que se perpetúa año tras año y al que se añaden otras particularidades como el repetido uso tramposo de los becarios o esos 2.5 millones de horas extras sin remunerar ni compensar de ninguna manera que hacen los trabajadores en España cada semana.
Además de que buena parte de la fuerza laboral está focalizada en trabajos de bajo valor añadido del sector servicios, muy especialmente en la hostelería y el turismo que representan dos piezas fundamentales del PIB.
Lo que ha sido la tónica habitual desde la profundidad de los tiempos, asentando la nación española siempre por encima de la media europea en cuestiones de desigualdad.
Esto, no obstante, no quiere decir que España se encuentre en medio de un apocalipsis como se repite machacona e interesadamente desde determinados foros, ya que actualmente se sitúa en 10º lugar en el ranking de calidad de vida de la Unión Europea y en el nº 30 del Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas por la combinación de otros numerosos parámetros también a tener en cuenta, pero sí que nos indica que aún queda mucho camino por recorrer.
Para colmo la presión fiscal de las rentas del trabajo no se adecuan en España tampoco en base a la inflación por lo que esta acaba resultando, también de manera negativa, por encima de la media europea.
Esto es debido, como advertía hace poco un medio tan poco sospechoso y templo del liberalismo económico como es el Financial Times, a que es mucho más fácil para los gobiernos aumentar la recaudación para poder soportar los gastos comunes del país sobre las rentas del trabajo que mediante un verdadero ejercicio de progresividad fiscal sobre las rentas de capital, que son las que afectan especialmente a las clases más adineradas, y las grandes empresas (FT 22/04/2026).
Además de ser una propuesta lógica pero fracasada de la conocida «Teoría del derrame», que ha representado una de las piezas angulares del modelo neoliberal que ha dominado la escena económica los últimos 40 años en todo el mundo.
Todo un completo fiasco porque ha resultado más que palpable que, por mucho que se le bajen los impuestos o se facilite la ingeniera fiscal a los más ricos, eso no repercutirá en un mejor bienestar para todos los mortales. O lo que es lo mismo: el vaso nunca llegará a derramarse porque cada vez se irá haciendo más grande.
España, a pesar de su tan reaccionario modelo identitario en materia laboral tuvo su gran oportunidad para cambiarlo en los últimos tiempos. Sin duda pudo ser la Transición el momento ideal para haber propiciado un punto de inflexión del modelo. Pero, una vez más, la historia volvió a darle la espalda y aquellos años 80 de fortalecimiento de la democracia en España contemplaron a su vez el comienzo y pronta consolidación del neoliberalismo y sus políticas de recortes laborales y servicios públicos en todo el mundo que le han caracterizado desde entonces.
Y en el que del mismo modo cayó abducido el PSOE con Felipe González a la cabeza que, como en otras materias, dejo pasar una oportunidad histórica privándo de ese salto de calidad necesario para dejar atrás un pasado tan poco benigno para la clase trabajadora de este país.
Lo peor de todo es que, tal como estamos viendo del mismo modo en el resto del mundo, la desigualdad y los desequilibrios van a ir en aumento en tanto en cuanto las formaciones políticas que se están posicionando y apuntalando en los gobiernos de todo nuestro entorno tienen entre uno de sus primeros postulados que «solo los más fuertes tendrán derechos y libertades y serán los que acaben sobreviviendo».