Epopeya de una noche: La Jauría Humana, Horton Foote

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La novelística americana de mediados de los cincuenta supone un cambio evidente, una ruptura, con los esquemas tradicionales del realismo anterior. John Hawkes publica The Cannibal en 1949, y con él, comienza un viraje literario bastante evidente. Es la década de los beatnik, y del inicio de la postmodernidad americana con John Barth y su The Floating Opera (1956). La small-town tradition forma parte, o así parece, del pasado, hasta que, sin embargo, el mismo año que Barth, el texano Horton Foote (1916-2009) novela su obra de teatro The Chase (La Jauría Humana).

Como tal, pasa absolutamente desapercibida hasta que, diez años después, Arthur Penn realice, para la gran pantalla, una espléndida versión, protagonizada nada menos que por Marlon Brando, Jane Fonda y Robert Redford. Sin embargo, ¿qué hay de la novela? ¿Qué se puede aportar acerca del ejercicio de vuelta al pasado —literario, se entiende— que efectúa Foote?

Primero, el argumento: un preso, Bubber Reeves, escapa de la penitenciaría con idea de regresar a su tierra natal, Harrison, un pequeño pueblo del sur, y reencontrarse con su madre. Su idea es conseguir dinero y marcharse de nuevo, lejos, huyendo de la policía. Pero el tiempo no ha pasado en balde, su mujer tiene un amante, el pueblo está habitado por una serie de deshumanizados, y el único que parece aportar algo de cordura es el —por otro lado, torturado— sheriff Hawes.

Lo que hace Foote, en su novela, es tejer como una araña y observar, como un entomólogo, los hilos de la tragedia. Todo sucede de forma progresiva, sin apresuramientos, y el patetismo de sus personajes es ofrecido al lector con absoluta seguridad de que el ejercicio no resulte placentero. Harrison, la pequeña ciudad por la que pasea la señorita Mattie, al inicio, tiene, como cualquier pequeña localidad norteamericana, una main street. No será muy distinta de Gopher Prairie de Lewis. Un niño, a la caída de la tarde, rompe la monotonía y el tedio con sus lacerantes gritos.

Ya sabemos, al volver la primera página, que estamos ante lo que el profesor Pérez Gállego denomina, para Winesburg Ohio, un «documento de pequeña comunidad» (vid. Pérez Gallego, Cándido. 1967. El Héroe Solitario en la Novela Norteamericana. Madrid: Prensa Española, p. 108). Enseguida, el ambiente se torna tenso, irrespirable: la fuga del hijo de los Reeves altera la vida de todos y cada uno de los habitantes de Harrison. No sabemos cuánto usa el sheriff Hawes su revólver; lo imaginamos, de hecho, como un hombre tranquilo, pero su presentación textual, esa cita, lleva implícito el marchamo inconfundible de la violencia: «El sheriff Hawes estaba limpiando su pistola. Era la quinta vez en las últimas dos horas que la había abierto, limpiado y vuelto a montar sus piezas de nuevo. Tal era su costumbre cuando se hallaba nervioso e impaciente» (vid. Foote, Horton. 1966. The Chase. New York: Signet, p. 11).

Por un lado u otro, está claro que un aura de nerviosismo se empieza a instalar en el pueblecito. Cada capítulo, un óleo costumbrista, denota cómo estos momentos diversos, que sin embargo pertenecen a una misma secuencia temporal, contrastan lo violento y lo sereno, lo trágico y lo apacible. Al final, la tempestad estalla. Reeves no es precisamente un Hamlet que regresa tras la muerte de su padre, pero sí es un personaje shakesperiano, como ese príncipe que se da de bruces con una amarga visión. Toda la obra lo es. Será pues preciso resolver el enigma que se cierne sobre Harrison: «si Bubber regresa, habrá problemas» (p. 12). Pero es que además el retorno de Reeves adquiere tintes de hero’s quest pesadillesco.

Él debe regresar, pero ni siquiera es capaz de decir por qué. Estamos ante una lucha del amor y el trance, producto de la deshumanización. Para cuando Reeves toma conciencia, ya es tarde: el pueblecito le ha juzgado y condenado otra vez. Entonces Hawes, enemigo declarado de él, como defensor de la ley que es, pretende imponer, jugándose la piel, la justicia. Evitando el linchamiento del que parece va a ser víctima Reeves. Sheriff y fugitivo: dos outsider, perdidos en la tierra de nadie. Bubber se encuentra con su madre, a orillas de un río. Ese simbolismo de vida y muerte, en un río con ecos del mismísimo Platón («no podrías sumergirte dos veces en el mismo río», dirá el filósofo en su Cratilo). No, nunca debería haber cruzado ese río por segunda vez. Esa es su sentencia.

Por otro lado, la existencia misma del torturado Hawes, tiene la misma dualidad. Se trata de dos personajes sencillamente fascinantes, como si fuera también cada uno un Macbeth —volviendo a Shakespeare— hechos a base de retazos de dicho antihéroe. Oigamos al sheriff, que no duerme, acuciado por un pasado terrible que nunca nos será del todo revelado: «¿qué ocurriría si les dijera que esta noche no es Bubber Reeves el que está siendo perseguido ahí fuera, sino yo? Acosado por las personas que maté o pude haber matado antes, y por el miedo a ser asesinado» (p. 106). Macbeth dice a quienes le escuchan, en determinado momento: «Si yo hubiese muerto una hora antes de todo, hubiera vivido una existencia feliz; porque, desde este instante nada mortal es digno de atención, todo es un juguete; se han esfumado la fama y la gracia, se ha derramado el vino de la vida, y sólo quedan los posos para nuestra arrogancia» (II, ii, 98-103).

Si Bubber parece ser la encarnación del mal que quiere redimirse volviendo a casa, Hawes administra el bien (o al menos, la justicia) y sin embargo vive en el tormento de la culpa. Hay pues una relación entre fatalidad, voluntad personal y culpabilidad, y lo mismo una similitud patente, cuando menos, entre ambos antagonistas. La cuestión del regreso, por otra parte, ha sido siempre un tema recurrente en la novela norteamericana. Pareciera que ese viaje por el American dream siempre sufre una traición cuando sus protagonistas, en busca de la identidad perdida, se pierden o descubren que el verdadero final del periplo es la América frustrada (recuérdese aquí a John Cheever y The Swimmer).

Es un recorrido hacia la nada: Hawes llora tras disparar al desarmado fugitivo Reeves, cae en un sopor durante varios días y, de alguna manera, se exilia en el pueblecito, abandonando su trabajo. Esta tercera parte, no por casualidad, recibe el título de The Exiles (Los Exiliados). El antaño sheriff se retira y el resto de habitantes de Harrison, esa jauría humana, queda también exiliado del término humanidad de por vida. El cielo lleno de estrellas, un pájaro que gorjea hasta dos ocasiones y el hombre Hawes, personaje extraordinario, que, en busca de consuelo interior, duerme.

Ya no queda nada.

* Nota del autor: Las citas originales de Foote y Shakespeare han sido traducidas por nosotros, directamente del original.

Título: La Jauría Humana
  • Autor/es: Horton Foote
  • Editorial: Plaza y Janés
  • Nº de páginas: 244
  • Encuadernación: Rústica cosida
Daniel Arana

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