Carcoma etérea

Eva García
Foto: Eva García

Lo peor eran los huecos en su voz, más que su mirada perdida: dejaban silencios en el aire, como pompas de jabón entre las palabras. Denotaban un alma perforada, una mente esponjosa y un corazón de piedra pómez,  frágiles, extenuados, a punto de desintegrarse por el empuje inexorable del vacío.

Tardó pocos meses en sublimarse del todo.

Los que aún la queríamos sospechábamos que iba a acabar convirtiéndose en un gas multicolor y tratamos de respirarla a fondo para que nunca se nos olvidara el aroma de su grandeza, para conservar siempre con nosotros el origen de su levedad.

Y es que se había ido esparciendo por los senderos de la vida en un goteo incesante, sin pensar en el mañana, sin repostar ni pedir nada a cambio. Y fueron demasiados los que recibieron alegremente su luz creyendo que lo merecían, sin agradecimientos ni aprecio, sin recordar siquiera su nombre. Porque así, siendo ella, no había sido nunca nadie.

Foto: Eva García
Eva García

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