El viejo, apoyado en su bastón, se detuvo al principio de la calle. La luz del atardecer, que iba ya degradándose hacía el gris, le resultó familiar. Con paso inseguro se adentró en territorio conocido, caminando sobre sus pasos invisibles de niño. Allí habían quedado grabados en su memoria a pesar del transcurrir del tiempo, a pesar de la distancia. La calle de su niñez la llevaba dentro, intacta, como se llevan los lugares donde uno ha sido feliz.
Algunas casas habían cambiado de rostro, otras de forma y altura, otras, en cambio, seguían siendo las mismas, con sus puertas de madera, su portal de piedra, las ventanas enrejadas, los mismos balcones desde los que las madres, a voz en grito, llamaban a sus hijos.
Las farolas se encendieron y aclararon el oscurecer del día. El viejo se detuvo junto a la pared desconchada de una casa que parecía abandonada. Los ojos se le humedecieron y alguna lágrima rodó por sus mejillas. Sus primeros recuerdos estaban entre aquellas cuatro paredes. Se apoyó contra el muro y observó la calle, solitaria en ese instante, llena de chiquillos en su recuerdo; él, uno de ellos, jugando a las canicas sobre la tierra; disputando con tejos de baldosa los «rompes» confinados en el círculo; pasando y chutando una pelota, la calle como campo de fútbol, la portería dos piedras; las rodillas con arañazos, que ya dolerían en casa. Y la voz de su madre llamándolo desde la puerta de la casa a la hora de cenar.
El tiempo le había quitado muchas cosas: nombres, rostros, algunas certezas. Pero no había conseguido borrarle aquella alegría sencilla de una infancia que regresaba ahora en pequeños destellos, como luciérnagas en la oscuridad.
En el otro extremo de la calle, un niño salió de casa correteando con una pelota en los pies, su padre lo seguía. Se quedó observándolos. Durante un instante, el pasado y el presente se tocaron sin hacerse daño. El viejo sonrió, pareció enderezarse y reiniciar su camino con un paso algo más seguro, pensando que la vida cambiaba de manos, de voces, de pasos, pero ahí seguía, intacta; sabiendo que incluso cuando nuestros pasos se vuelven lentos, siempre hay alguien empezando a correr.
Tomás Vte. Martínez Campillo
Nací una madrugada de tormenta de 1957, en una humilde casa de campo de San Miguel de Salinas, dos meses después de que los rusos pusieran en órbita el Sputnik; y algo debió de influirme porque desde entonces no he bajado de las nubes. Quizás por eso sigo escribiendo.