Las noches de Eva

Los días que la vida se empeñaba en astillarle el corazón, soñaba en subjuntivo. Despertaba renovada, chorreando ilusiones, con chispazos de vida entre los dedos capaces de iluminar a cualquiera. Por la noche se metía en la cama cansada, feliz, con hermosas imágenes burbujeando en el cerebro y los brazos agotados. Entonces las pesadillas se cebaban con su luz, engulléndola como el chotacabras a la luciérnaga. Y caía en una espiral oscura de pánico que ahumaba de gris el siguiente amanecer.

Lo cierto es que había probado a escuchar música excitante y de relax, leer poesía y  tratados de leyes, el ábaco de rebaños enteros y la disección de problemas; respiraciones, infusiones de valeriana, café, yoga, ajedrez, la leche templada con miel y la coca cola, hacer el amor y no hacerlo, tomar anfetaminas, fumar amapolas, ver el telediario, contar estrellas, protegerse de los rayos directos de luna… No encontró nada que afectara a su ciclo onírico. Así que ella aceptaba su peculiaridad y programaba su vida en función de lo previsible.

Pero había gente que ponía nombres inquietantes y tenebrosos a esa alternancia de éxtasis y espanto, maldita creencia de que nada en este siglo podía estar sin etiquetar, ni siquiera lo más natural. Y Eva empezó a preocuparse.

Se amuralló en que no era normal, que estaba enferma, que su problema era grave, que no había medicina para ella, que no era de este planeta, que era un ser indeseable, inestable, imperfecto, imposible. Que se iba a volver loca, a morir o algo peor, si es que lo había.

Dejó de salir y hablar, de comer, de vivir, casi de respirar. Cargó con toda la culpa del mundo y se enredó en la espiral oscura, que se hizo eterna y la absorbió. Ni siquiera se dio cuenta de que por fin todas sus noches eran iguales, de que ya no había días felices ni alternancia, de que la gente había buscado un nuevo nombre para referirse a ella.

De que, en realidad, Eva había desaparecido.

Foto: Eva García
Eva García

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