Imaginaos que no viviésemos en democracia

Imaginaos que —como sugiere David Runciman— no viviésemos en democracia, sino en un sistema representativo con elementos democráticos. Imaginaos que, en tal sistema, el concepto “democracia” no actuase como sustantivo, sino como un adjetivo que, como máximo, calificase el sustantivo “representación”, verdadero fundamento del Estado moderno. Imaginaos que la elección de representantes a través de la fórmula de “un ciudadano, un voto” no perteneciese al género de la democracia, sino al de la representación y que, por implicación, tal y como se desarrollan cada cuatro años, nuestras elecciones no ejemplificasen la democracia sino una especie de representación.

¿En qué consistiría la democracia entonces? Pensemos en la teoría del Contrato social, que todavía condiciona nuestro imaginario político (también el de España, después de la Transición). A diferencia de Hobbes, para quien lo esencial era el respeto al mecanismo representativo (la verdadera oposición era, para él, la que diferenciaba la representación de la guerra civil, y que el gobierno de cualquier representante político, por muy arbitrario que fuera, sería preferible a lo segundo), la teoría del contrato social sí añadía una dimensión de contenido a la representatividad política. De hecho, el cumplimiento de los contenidos del contrato era lo que motivaba de inicio, y a la postre legitimaba, la representatividad política: tanto la elección de los representantes como su revocación. (Por su parte, Rawls trató de demostrar —con dificultad— que ciertos contenidos se derivaban necesariamente del mecanismo formal de la representación.)

En cualquier caso, era en relación a estos contenidos donde la democracia existía o dejaba de existir, donde se manifestaba o no. La democracia no residía en el modo de elegir a los representantes (cada cuatro años o de una vez por todas, como decisión de unos pocos o sufragio universal) sino que consistía en el tipo de vidas que esos representantes políticos, con sus decisiones, eran capaces de garantizar o fomentar entre la ciudadanía.

¿Y qué tipos de vida era aquéllos en los que la democracia se sustantivaba? La respuesta más sencilla sería ésta: aquellas formas de vida a las que el respeto a la igualdad, la libertad y la fraternidad daba lugar. Pero con ello se incurría en una dificultad. Y es que, en vez de definir y asociar la democracia a una forma de vida concreta e indivisible, la democracia se descomponía en tres sustantivos diferentes que eran, a su vez (sobre todo por su naturaleza abstracta), susceptibles de interpretación. Tanto el neoliberalismo como el socialismo soviético ofrecieron sus propias interpretaciones; también quienes ponen todo el foco en la libertad, en la igualdad o en la fraternidad (o en sus eclipses).

En este punto donde cobra sentido la intervención teórica de John Dewey, por su intento de describir qué es una vida democrática, y de hacerlo con un solo golpe de voz, como un circuito indivisible que no podía descomponerse en principios abstractos que podían ser, a su vez, combinados y recombinados al gusto, pues (al menos en cierto grado) uno podía hallarlos en todos sitios. En vez de empezar por las abstracciones, Dewey entendía la democracia en términos de una determinada manera (particularmente intensa) de vivir y relacionarnos con nuestro entorno social y natural. Una vida democrática era aquélla que tenía acceso a los medios materiales (herramientas), intelectuales (ideas) y humanos (otras personas) que permitían a uno idear, diseñar y llevar a cabo transformaciones en la propia vida y en el entorno según fines razonados y acordados. Este acceso era lo que las instituciones del Estado (democrático) debían garantizar. Por supuesto, en el seno de estas formas de interacción estarían presentes la libertad, la igualdad y la fraternidad, si bien desde esos tres principios abstractos era imposible llegar a los proyectos en los que cristalizaba la vida democrática.  

Pero ¿qué fines eran los que hemos mencionado? ¿Fines de cualquier tipo? No: las vidas democráticas estaban guiadas por la idea de que ciertas intervenciones y proyectos eran más valiosos que otros, y de que lo eran sobre todo en la medida en que abriesen la puerta a más intervenciones y transformaciones futuras. Las vidas democráticas se estructuraban en torno a proyectos que jamás cerraban el desarrollo, el crecimiento y las experiencias a las que las personas podían acceder. No ponían muros y jerarquías entre las personas, obstáculos que impidiesen su libre comunicación y asociación; no monopolizaban los recursos materiales o intelectuales, impidiendo con ello su apropiación por los diferentes colectivos y comunidades existentes en una sociedad. Podía haber y había, en cualquier sociedad, diferencias de riqueza, raza, cultura, sexo, y diferencias generacionales, mas estas diferencias, diversidades o desigualdades no podían ser impedimento a que cualquiera de estos colectivos tuviese acceso a los demás y a aquellos recursos que le permitiesen transformar su propio entorno. Una sociedad era democrática cuando a comunicación, la cooperación y la distribución de recursos prevalecía, en última instancia, sobre las diferencias. En cambio, todo lo que separaba a los seres humanos entre sí y limitaba su posibilidad de asociación e intervención era anti-democrático.

De ahí que las intervenciones más valiosas en el entorno fuesen siempre las que se canalizaban a través de los formatos del arte y de la ciencia. En sí mismas, el arte y la ciencia jamás cerraban puertas. De una teoría científica podía deducirse una hipótesis que derivase en otra, bien porque ampliase el conocimiento o bien porque lo incorporase en una integración superior; y las obras de artes comunicaban sin entrar en contradicción unas con otras.

He aquí una definición sustantiva, no adjetiva, de la democracia. En vez de principios abstractos, Dewey ofrecía un circuito indivisible de interacción con el entorno: una forma de vida. Por supuesto, la democracia así orientada hacia la intensificación de la experiencia debía expresarse también en formas de representación política de naturaleza democrática, basadas el sufragio universal. A fin de cuentas, la política era otro de los canales que servían para intervenir sobre la realidad. Pero en modo alguno debía limitarse ni confundirse el significado de la democracia con una especie de representatividad política.

Ahora imaginaos que viviésemos en una sociedad cuyas instituciones originariamente diseñadas para posibilitar formas de vida democrática hubiesen sido vaciadas de su capacidad, cuando no colonizadas por otros propósitos. Imaginaos que, con ello, se hubiesen vuelto incapaces de asegurar que dispongamos de los medios, las ideas y la compañía que necesitamos para transformarnos a nosotros mismos y nuestra realidad. Imaginaos que el contenido de nuestras vidas —que debían estar guiadas por un Contrato originario— hubiese sido ocupado y reemplazado por el acceso a unos medios virtuales diseñados con la única función de monopolizar nuestra atención y orientarla hacia formas de socialización separadas, de inicio, de nuestro entorno y, por lo tanto, de su transformación. Según James Williams, lejos de ser medios con los que enriquecer nuestra vida, las plataformas virtuales buscan captar nuestra atención el mayor tiempo posible para vendérsela, después, al mejor postor. Son medios que, al perseguir sus propios fines, cortocircuitan los nuestros.

Imaginaos que nuestra atención hubiese sido absorbida de tal manera que ya no pudiésemos imaginar que la vida y el tiempo se pueden llenar de otra manera. Imaginaos que la democracia ni siquiera puede ser concebida y que, ya vacías de todo contenido democrático, nuestras sociedades sólo retuviesen formas democráticas de representación política. Tendríamos elecciones democráticas sin democracia.

Imaginaos que, en algún momento, ni siquiera logremos entender la diferencia entre las dos.

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