
Sabía que ese momento se acercaba.
Por eso intenté distraer mi mente con actividades estimulantes. Busqué la dopamina que sentía que me faltaba. Quise permanecer un poco más en ese estado en el que todavía puedo sonreírle a la vida. No funcionó.
Mirando hacia atrás, creo que siempre he funcionado así. Hay temporadas en las que la depresión se instala como una visita indeseada: nada tiene sentido, aunque hace tiempo entendí que quizá la vida no tenga por qué tenerlo, todo parece banal y la existencia se vuelve un peso difícil de explicar. Después, casi sin avisar, desaparece. Un día despierto distinta. Feliz.
Con los años aprendí a reconocer esas transiciones. Mi cuerpo cambia antes que mis pensamientos. Hay algo químico que se pone en marcha. Es como si una parte de mí supiera, antes que yo, hacia dónde voy.
Entonces oscilo entre dos estados: el de la tristeza que inmoviliza y el de las ganas frenéticas de devorarme la vida. Ese impulso en el que aparecen diez proyectos nuevos, donde quiero leer, escribir, aprender, crear. De niña me dijeron, nunca de manera formal, que era “maníaco-depresiva”, un término que hoy ha sido reemplazado por el diagnóstico de trastorno bipolar. Algunas cosas coinciden. Otras también encajan con el TDAH[1]. No lo sé. No tengo un diagnóstico y tampoco quiero fingir que lo tengo.
Lo único que sé es cómo vivo dentro de mi propia cabeza.
Sé que soy hipersensible. Que mi cerebro parece acelerar y frenar al mismo tiempo. Que puedo hacer mil cosas en un día y aburrirme en cuestión de minutos. Que, cuando algo despierta mi curiosidad, entro en un hiperfoco casi obsesivo. Me apasiona crear, pero tengo tantos intereses que a veces siento que apenas logro rozar la superficie de cada uno.
Sí, estoy intentando entenderme.Y no siempre es sencillo.
Las evaluaciones neuropsicológicas son costosas y, al menos en Bélgica, acceder a un psiquiatra se ha convertido casi en una misión imposible. He llamado a más de diez consultorios y todos me respondieron lo mismo: no aceptan nuevos pacientes.
Entonces me pregunto: ¿hay más personas con problemas de salud mental que antes?
Quizá no.
Quizá ahora, simplemente, nos atrevemos un poco más a hablar de ello.
Aunque decir “hablar” también es relativo.
Porque la salud mental sigue siendo un tabú. Todavía existe una vergüenza silenciosa alrededor del sufrimiento psicológico. Decir que vas al psicólogo, que tomas medicación o que atraviesas una depresión continúa despertando prejuicios. A las mujeres, además, durante siglos se nos llamó histéricas antes que escuchar lo que nos ocurría. Como si expresar dolor fuera un defecto de carácter y no una experiencia humana.
Ese silencio tiene consecuencias. Hace que muchas personas pidan ayuda demasiado tarde. Hace que otras jamás la pidan.
Por eso escribo.
Porque creo que poner palabras al sufrimiento también es una forma de romper ese silencio.
Mientras intentaba entenderme, volví una y otra vez a mi propia historia.
Hace tiempo escribí sobre mis raíces indígenas quechuas. Sobre la necesidad de reivindicar una identidad que durante años me enseñaron a esconder. Crecí con la idea de que, para tener oportunidades, había que parecerse lo más posible al ideal blanco. Que ser indígena era motivo de vergüenza.
¿Cómo no iba a terminar creyéndolo si crecí en un país donde el racismo sigue siendo cotidiano?
Y entonces apareció otra pregunta. ¿Cuánto de lo que siento nació realmente conmigo?
La epigenética investiga cómo experiencias extremas de violencia y estrés pueden modificar la expresión de los genes sin alterar el ADN y cómo esas modificaciones podrían influir en las generaciones siguientes. Aunque el campo sigue abierto al debate científico, numerosas investigaciones también muestran que el trauma histórico, provocado por la violencia colonial, el racismo o el despojo, se transmite culturalmente, a través de las formas de criar, del miedo y de los silencios heredados.
Quizá la pregunta no sea si el trauma es biológico o cultural. Quizá ambas cosas se entrelazan.
Cuando pienso en mi infancia recuerdo mujeres golpeadas, mujeres abusadas, miedo, precariedad y violencia machista. Yo no recibí directamente esos golpes, pero crecí respirando ese ambiente. Hice una maestría en género intentando comprender aquello que mi infancia no sabía nombrar.
Una psicóloga me dijo una vez: con todo lo que me has contado, sería extraño que no hubieras desarrollado una depresión.
Su respuesta tenía lógica. Pero yo seguía haciéndome otra pregunta. ¿Qué hago ahora con todo esto? ¿Dónde termina mi historia personal y dónde empieza la historia colectiva?
Descubrí entonces que mi experiencia no era tan excepcional.
La Organización Mundial de la Salud reconoce que el género es un determinante estructural de la salud mental. La desigualdad económica, la violencia machista, la sobrecarga de cuidados o la discriminación generan condiciones que incrementan el sufrimiento psíquico de muchas mujeres. Al mismo tiempo, diversos estudios muestran que las mujeres también hemos sido históricamente más medicalizadas y diagnosticadas con mayor facilidad que los hombres ante síntomas similares.
Nada de eso significa que nuestro dolor sea imaginario. Significa que nuestro sufrimiento también tiene una historia social.
Llevo más de diez años tomando medicación. No voy a negar que me ha ayudado. Tampoco voy a romantizar el sufrimiento. Si un tratamiento mejora tu calidad de vida, no hay ninguna vergüenza en seguirlo.
Pero comprender la posibilidad de un TDAH, aunque todavía no tenga un diagnóstico, me permitió mirar a la niña que fui con más compasión. Esa niña que siempre se sintió diferente, distraída, demasiado intensa.
A veces un diagnóstico no cambia quién eres. Solo deja de convertirte en tu peor enemiga. Saber más no elimina el vértigo de existir. Pero entender de dónde viene el vacío hace que deje de sentirme menos sola.
Escribo este texto porque necesitaba sacarlo. Pero también porque estoy cansada de que la salud mental siga siendo un tema del que hablamos en voz baja, como si el sufrimiento fuera una vergüenza.
Vivimos una época en la que las cifras de ansiedad, depresión y suicidio, especialmente entre adolescentes y jóvenes, nos obligan a mirar el problema de frente. Quizá parte de ese malestar no nace únicamente dentro de nosotros. Quizá también sea el síntoma de una sociedad enferma.
“Quiero seguir aprendiendo a vivir antes de morirme de verdad”. Me encanta esta frase, me hace avanzar.
Y me aferro a otra de Nietzsche que me acompaña desde hace años: “Hay que tener un caos dentro de uno para poder dar a luz una estrella danzante.”
Quizá de eso se trate. No de vencer el vacío. Sino de aprender, poco a poco, a bailar con él.
[1] Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad
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feminismoPaola Guillén Crespo
"Lo hago me enseña lo que busco". Pierre Soulages Mi nombre es Paola, pero también es feminismo, lucha, resistencia, locura, raíces, cultura, empatía, solidaridad, sororidad, amor, alas, baile, libertad. Siento que soy extranjera en todas partes. Me gusta. Soy también una mujer en constante exploración y transformación, habitando instantes, que me hagan vibrar. Ya sea en fotografía, danza, poesía, slam, teatro, escritura y vídeo, mi mirada íntima y comprometida siempre buscará dialogar con la de los demás.