Sé lo que voy a encontrar al otro lado de la puerta, un silencio que pesa demasiado y el esbozo de una sonrisa hecha de añoranza y soledad. Cada día es lo mismo, hasta que se vuelve peor. Soy su consuelo durante una hora, de lunes a viernes. La tristeza no se va de fin de semana. Las cuidadoras como yo, sí.
Las puertas se abren despacio y tras ellas me reciben unos rostros cansados, una manos manchadas y arrugadas, en un cuerpo que lo sostiene la inercia de lo que fue su vida. Sonrío y les pregunto cómo han pasado la noche. Aseo, desayuno, pastillas, escucho sus historias repetidas. Qué frágiles me parecen en una casa tan vacía.
Llegaron cuando todavía eran dos, cuando la vida aún les sonreía; pero el tiempo pasa y se lo lleva todo por delante. Se quedan solos en una tierra de paso, alejados de una familia que alguna vez existió, que quizás siga existiendo en esas fotografías a las que quito el polvo una vez por semana.
Al final de la jornada vuelvo a casa apenada, siento que tan solo soy un sorbo de agua en el desierto de sus vidas. La inmensa mayoría de la gente vive ajena a la tragedia silenciosa y cotidiana que ocurre tras los muros de muchos hogares: ancianos que viven solos, consumiendo sus días en silencio.
El sistema no funciona. Nosotras somos un parche.
