Ser o no ser madre, ésa es la cuestión

Diálogo con un hijo ausente. Mar Rodríguez Caldas. 1995
Diálogo con un hijo ausente. Mar Rodríguez Caldas. 1995

La maternidad era un tema que no me interesaba demasiado hasta hace muy poquito (aunque, como dice Laura Casielles, «puedo no ocuparme de la maternidad, pero la maternidad se está ocupando de mí mientras tanto»). No me interesaba porque estaba cargado de estereotipos, idealizaciones, tabúes y mandatos de género de los que prefería huir. Pero también —me he dado cuenta ahora— porque me generaba miedo, deseo, vergüenza, atracción, rechazo… Y de esa mezcla explosiva también quería escapar. Y es que, si socialmente —al menos en mi entorno feminista— la maternidad es entendida como una trampa para las mujeres y, por lo tanto, denostada, personalmente, los cambios en mis vivencias, pensamientos y deseos los he vivido como algo contradictorio, que me hacía vulnerable y que era mejor esconder bajo la alfombra. Qué poco he hablado de ello en serio, con calma y profundidad con otras, me digo ahora que aún me cuesta llamarme «madre». Tal vez por eso necesito escribir sobre este tema y compartirlo. De alguna forma, le quiero dar espacio, ponerlo en el centro, proponer que charlemos. Quizás a otras también les pase… Se me ocurre entonces, con la excusa de escribir este artículo, enviar a varias amigas un correo electrónico con la siguiente pregunta: ¿por qué sois, o no sois, madres? (o por qué no querríais serlo, o sí, si lo pensáis en futuro). Para mi sorpresa, me responden casi todas, con bastante rapidez e incluso agradeciendo la oportunidad de hacerles pensar sobre ello. Por mi parte, leo sus respuestas según van llegando a mi bandeja de entrada como tesoros en la arena de una isla desierta. ¿Por qué no les he preguntado esto antes tomando una caña? Cuántas similitudes aun en las diferencias. Creo que en todas las respuestas hay algo de mí. Qué acompañada me hubiera sentido si lo hubiera hablado antes con ellas… Me parece tan potente vislumbrar ese encuentro en lo que creía una frontera más firme que les pido permiso para compartir sus palabras tal cual las escribieron, con la propuesta de dejarse llevar y no pensar demasiado. Espero que os hagan tener una buena conversación, primero con vosotras mismas y después con otras, sobre este tema que, aunque digamos que no nos interesa, parece que nos remueve tanto a (casi) todas.


I

Cuando era joven quería tener niñxs, pero no pareja, y se me ponía muy cuesta arriba. A pesar de que sabía que tendría el apoyo de la mayor parte de mi entorno, para mi padre sí que hubiese sido un grave disgusto. Dudé mucho.

Pesaron otras cosas, todo aquello a lo que renunciaría: independencia, libertad de movimientos… No en vano veía a mis amigas madres envejecer prematuramente, y no me refiero a lo físico.

También pensaba que sería una carga muy pesada llevar adelante un modelo familiar diferente al de la norma. Y por la norma no pasaba. Así que el tiempo pasó, y en esto de ser madre, ya sabes, el tiempo es un factor determinante, el reloj biológico y eso…

Creo que acerté. Visto ahora, con distancia, me parece dificilísimo hacerlo bien.

II

La idea de ser madre me rondó en varios momentos de mi vida, a pesar de haber abortado dos veces –no era el momento, sin ningún remordimiento (o eso me pareció)– , y lo que me echaba para atrás era tener que hacerlo con una pareja, no verme en condiciones de abordarlo sola (siempre pensé que tener un hijo sola era mucho trabajo… Qué razón tenía…). El caso es que con la última pareja que tuve, yo tenía unos 42 años, se suscita el tema de tener un hijo y, para mi sorpresa, me descubro entusiasmada con la idea. Y me doy cuenta de que la locura ahí era tener que mantener esa pareja, de la que me deshice al poco, para poder tenerlo. Dejo esa pareja y empiezo a estudiar el tener a mi hijo sola y me lanzo a ello casi de inmediato. Razones: la edad, ya no había tiempo para posponer la decisión. Podría no haberlo hecho, pero pesaba mucho la duda, ¿me arrepentiré si no lo hago?, ¿si sigo con este ritmo de vida en soledad no será mejor tener a alguien a quien cuidar, querer, y vivir con él/ ella? Bueno, a veces los proyectos más importantes en la vida se deciden en poco tiempo, más por impulso/instinto que con razones. Poco más puedo contarte…

III

Mira, si te refieres a ser madre de parir, de tener hijo propio, nunca me interesó porque pienso que hay humanos de sobra en el mundo (suena a broma, pero lo pienso de verdad). Ahora, si me aparece un guaje/guaja así a lo marcelino pan y vino en la puerta de casa, y lo tengo que criar, pues lo haría. Pero sé que eso me condicionaría mucho la vida, así que esa es otra de las razones por las que no me llama nada la maternidad/crianza… que alguien dependa tanto de mí me quitaría posibilidades…, no sé, es que me gusta vivir a corto plazo… De alguna manera siento que me anularía y pasaría a ser «madre» (eso lo veo mucho en otras personas que lo son). Si lo pienso me agobia un poco, la verdad.

En resumen, que si existe lo del instinto maternal, a mí no me cayó nada jajajaja

IV

Durante mucho tiempo mi vida me gustaba cómo era —hacía lo que quería sin pensar en nadie más. No estaba segura de si quería cambiar eso por tener un hijo. Pero me di cuenta de que me faltaba algo y, además, quería descubrir lo que mi cuerpo era capaz de hacer, quería saber cómo era la sensación de estar embarazada; sabía que me iba arrepentir si no lo probaba. Por supuesto, también tenía muchas ganas de ver crecer a un ser humano pequeño y darle lo mejor que sea capaz de dar para que esté feliz, sano y preparado para todo lo que le pueda pasar en su vida.

V

No soy mamá. Ahora mismo no es tampoco una decisión bien bien tomada con conciencia de no querer ser madre, creo que, si lo fuera, sería una madre volcada igual que me vuelco en los cuidados de los animales que de mí dependen (sé que a muches humanes madres no les gustan estas comparaciones…). El motivo de no ser madre es que los años pasan. Al principio no quería ser madre por miedo a repetir patrones de crianza que he padecido en mi niñez y adolescencia, reproducirlos es algo que me ha preocupado mucho y por eso durante mucho tiempo ser madre no fue una opción para mí. Ahora tengo otras necesidades para mí principales, terminar de hacernos la casa y proyecto de vida y no veo cómo encajar un cachorro en esta vorágine y el tiempo pasa… Además, pienso qué necesidad hay de traer otro ser más a este mundo superpoblado. Si en un momento dado no pudiera gestar un bebé y me viniera la necesidad de realizarme como madre, me atrae mucho la idea de adoptar un niñe que necesite mamá y no la tenga.

VI

No soy (ni creo que vaya a ser) madre porque no siento la necesidad ni creo tener el instinto para serlo. Me gustan los niños, pero no me veo cuidando de uno de ellos durante al menos…. dieciocho años de mi vida. Llevo una vida bastante inestable, con muchos cambios de trabajo, de casa, de lugar de residencia… eso tampoco ayuda. Tampoco tengo una pareja con la que compartirlo (sería importante, en el caso de que me animara a dar el paso). El tema de los cuidados (y autocuidados) me temo que sigue siendo mi tarea pendiente… 

VII

Si pienso en la maternidad, que no llegó a cuajarse, pienso desde dos perspectivas bien distintas.

Una es la tendencia biológica, mezclada con un cierto sueño utópico. Me habría gustado mucho tener hijos. La ternura de su contacto físico, verlos crecer y conformarse como individuos autónomos, disfrutar de sus risas y acompañarles en sus reflexiones, el cariño mutuo… Lo llamo «tendencia biológica» porque ese deseo está bañado de un «tirón» que siempre he sentido en lo más profundo, podría decir que como un marcador genético, pero no sé si es así. Utópico porque me habría gustado unos hijos disfrutados, vividos en comunidad, en medio de un revoltijo de personas que los quisieran, que les cuidaran; una jauría de niños de unos y otros que corrieran y jugaran en un entorno tranquilo y sano. Mi opción habría sido que ellos tuvieran muchos referentes adultos para crecer, además de su padre y su madre; un mundo idílico donde una multiplicidad de personas cubriera mis deficiencias y me ayudara a aprovechar mis virtudes; una realidad donde yo hubiera tenido tanto tiempo como para trabajar, disfrutar de ellos y desarrollar una vida plena. Me habría gustado mucho haber tenido hijos.

La otra cara de la moneda, es mi vida tal y como ha sido. Los viajes, el trabajo, las inquietudes, el compromiso, los cambios de destino, de casa, de ciudad…; las parejas que han venido y se han marchado a no-sé-dónde-que-ya-no-están… No sé si habrían cabido hijos en medio de estas exigencias tanto del ser, como del ser en el mundo real en el que vivo. El caso es que los hijos, habiendo tenido alguna ocasión propicia, no fueron llamados. O sea que pienso que la realidad que me rodea me hizo muy difícil ser madre-persona-profesional-independiente. Me parece un acto heroico ser madre sin renunciar a ser las otras opciones que se pueden ser. Opté por no tener hijos.

También están ellos. Encontré amigos que fueron buenas parejas, pero creo que no habrían sido buenos padres. Encontré, creo, un posible buen padre, pero fue una pareja de idas y venidas, divertido pero complejo. O sea que, finalmente, si esto es cosa de dos y no de una comunidad, no encontré la persona adecuada. ¿O no lo fui yo?

VIII

Ser madre, para una persona con tendencia cuidadora como yo, podía ser uno de los grandes motivos para animarme. Cuidar con la persona que quiero, a un ser que arrojamos al mundo sin más protección que la que podemos proporcionar sus cuidadores.

Pero ser madre también ha sido descubrir cómo el egoísmo propio se transforma, te hace poner la integridad por encima de todo y quizá, este debería ser el motivo principal por el que explorar la maternidad: salir de yo para entregarse de manera incondicional al otro, sin fisuras, sin trampas. 

IX

Recientemente he tenido que ir al médico, parece que tengo síntomas de menopausia precoz. Me quedé un poco impresionada cuando me dijo «si quieres tener hijos, hazlo cuanto antes». Nunca me he planteado la maternidad, la verdad, pero me quedé un poco tocada varios días por esta frase. Por una parte, porque la menopausia per se me supone tomar conciencia del paso del tiempo, ser consciente de que ya no soy superjovencita y que ya se anuncia cambio de tercio y ser un poco mayor «de verdad». Pero, por otra, me di cuenta de que hasta ahora estoy pudiendo elegir ser madre o no serlo, pero pronto dejaré de tener esa capacidad de decisión… y, por tanto, puede llegar el arrepentimiento de no haberlo sido.

No sé si será ingenuo decir esto, pero el hecho de ser lesbiana y que la posibilidad de quedarme embarazada nunca haya sido «un peligro» y por tanto «una posibilidad factible», también ha podido influir en cierta falta de «consciencia» de tener capacidad reproductora.

También creo que no me lo he planteado porque mi vida ha girado en torno a proyectos colectivos, porque mi propio devenir personal ha sido siempre hacia fuera y no hacia dentro. Ahora estoy en una época de ponerme completamente en el centro a mí misma, de tomar decisiones sobre mi vida y para mi vida, y no tanto para otros y otras (en el sentido colectivo y político del concepto)… y justo en este momento es cuando empiezo a pensar «¿por qué no?».

También en este momento me doy cuenta de que uno de los motivos por los que no me he planteado la maternidad nunca ha sido porque tenía la autoestima bajo cero, porque no pensaba que fuese capaz de cuidar bien o educar bien a nadie. Como si la figura de madre/criadora estuviese fuera de mi alcance por no estar a la altura.

Otro factor esencial para mí ha sido no tener parejas estables. Me veo incapaz de un proyecto de esta envergadura a solas. Lo que tengo claro es que últimamente no me desagrada la idea, que no me importaría dar el paso si tengo una relación estable y mi compañera quisiera hacerlo. Quizás no lo propondría yo, pero me sumaría al carro con mucho gusto. Creo que haber indagado en mi infancia, compartir tiempo con mi sobrina y, en general, estar trabajando mi autoestima me han servido para intuir que podría hacerlo bien porque le pondría mucha muchísima consciencia a la crianza.

Si me preguntas si quiero ser madre, creo que mi respuesta es que no es el sueño de mi vida, ni mucho menos una prioridad, pero que no me cierro a vivirlo si se da el caso. Estoy contenta con esta respuesta aunque pueda parecer ambivalente. Creo que me evitará frustraciones si no soy madre y que también impedirá una aproximación tóxica a mis hijxs si finalmente diera el paso.

X

La maternidad es un tema que me toca muchas sensibilidades, en el que pienso mucho y confieso que me costó escribirlo y leerlo en voz alta, pero también me sirvió sacarlo.

Así que, aquí va mi voz:

Cuando me planteo ser madre temo proyectar sobre mi criatura mis miedos e inseguridades. Me aterroriza la idea de no dejar que se equivoque, caer, chocar, hacerse daño… Querer protegerla tanto de este mundo que acabe alejándose de mí en búsqueda de libertad.

XI

Siempre quise ser madre porque me encantan lxs bebés e infantes. Me fascina su forma de ver el mundo, de relacionarse con él, de incorporar nuevos conocimientos, de descubrirlo tooodoooo. Su mente abierta, sin prejuicios me maravilla. Creo que el mundo infantil es más divertido y merece más la pena ser vivido que el de las personas adultas (a pesar de que no renuncio a parte de mi faceta adulta). Siempre quise ser parte de la crianza de unx cachorrx humanx. Y, además, haber tenido la suerte de poder participar en ello como madre mamífera, con el grado máximo de autosuficiencia alimentaria y con el lazo que eso ha generado con mi bebé, me hace inmensamente feliz. A pesar de la falta de sueño, jeje.

XII

Tengo 59 años y no soy madre por decisión propia; y es que nunca sentí la «llamada de la maternidad». En algún momento de mi época fértil sentí presiones por parte de mi compañero, y hoy me siento feliz de no haber transigido a ellas. Hasta aquí, mis sentimientos.

Por otra parte, siempre he tenido el convencimiento de que las mujeres que son madres adquieren, por el hecho de serlo, una mayor capacidad de empatía con el mundo, más generosidad y compresión con quienes las rodea.

XIII

¿Quiero ser madre? SIENTO que sí y PIENSO que no.

El sentimiento de querer ser madre nació un día cualquiera, sin motivo aparente, y nació para quedarse. A veces intento silenciarlo, me convenzo de que no existe, de que no tiene sentido y entonces vuelve a hablar, grita, e incluso patalea.

El pensamiento de no querer ser madre se sustenta en 4 miedos:

Yo: Lo que he vivido frente a lo que he aprendido. El ‘yo’ que ha sido hija y que ha vivido lo que es una madre choca frontalmente con lo que he aprendido a lo largo de los años, en los que he ido perfilando mi idea de lo que debería ser una madre. Por ejemplo, el autoritarismo que yo viví como hija se opone al antiautoritarismo que defiendo, pero a la hora de la verdad, cuando tenga que enfrentarme a una situación, ¿qué va a brotar, lo vivido o lo aprendido?

Pareja: me planteo ser madre sola o en pareja y la cosa se complica. Es como si de repente apareciera una bifurcación, las personas que me han atraído y atraen como pareja y las personas que cumplen cualidades que me parecen básicas como compañeras de maternidad. Y lo jodido es que hasta el momento la separación de ambos grupos parece insalvable. 

Familia: dentro de la familia en la que he nacido he conseguido ganarme cierta independencia, he conseguido un estado de entendimiento entre ellos y yo, en el cual nos respetamos sin llegar a compartir nuestras formas de ver las cosas. Pienso que mi maternidad destrozaría este estado de entendimiento, que todo el mundo se creería con derecho a decirme qué debo hacer y cómo debo hacerlo, volver al autoritarismo, volver a dar explicaciones… pero llegados a este punto, en vez de aceptar órdenes, siento que me vería obligada a elegir entre ellos o yo, siendo egoísta quizás, por mi bienestar y por el de la familia que estoy creando. Y decirlo así, tan fácil, no significa que no duela…

Sociedad: participo de ella cuando quiero y si algo me sobrepasa me alejo. Me cuesta entender a la sociedad en su conjunto, sus necesidades, motivaciones y formas de relacionarse, siempre me parece que hacen todo más complicado y con menos sentido de lo que en realidad es. No sé si aguantaría tener que decidir: parto natural sí o no, vacunas sí o no, lactancia sí o no, colecho sí o no, escuela libre sí o no, y de repente esos ‘síes’ o ‘noes’ me hacen buena o mala madre…Y la mayoría de las veces no tengo una opinión cerrada sobre esos – y casi ningún- tema y la mayoría de las veces esas etiquetas me hacen la vida insoportable. No sé si soportaría muchas tardes hablando con otras madres en el parque, no sé si soportaría muchas tardes expresando los beneficios de cualquier moda de crianza respetuosa con madres en espacios afines. 

XIV

Cuando era adolescente pensaba que sería madre a los 26. Me parecía una buena edad. Prefería ser madre joven. Pero cuando llegaron los 26 me daba la risa. No sentía ningún instinto maternal y no entendía a quienes me hablaban de un deseo en ese sentido. Ser madre hubiera cambiado del todo mi vida y mi vida me gustaba tal y como era. Recuerdo hablarlo con mi pareja y ni él ni yo sentíamos ninguna necesidad de reproducirnos. Todo estaba bien. Tenía claro que no iba a ser madre. Ésa era mi decisión. Una decisión que me libraba de una gran atadura. Sí, me sentía más libre siendo sólo responsable de mí misma en el mundo.

Más tarde, cumplidos los 30, recuerdo haber soñado que era madre (¡de gemelos!) y asustarme un montón. ¿De dónde salía eso?, ¿y qué quería decir? Lo mejor era borrarlo. El feminismo que me atraía, que vivía no era nada maternal. Y a mi alrededor, además, no tenía referentes de madres que me resultaran atractivos, más bien veía a mujeres cansadas, en muchos casos, con parejas masculinas bastante ausentes, que tenían que abandonar la mayoría de sus proyectos personales y colectivos porque no daban para todo… Poco pensaba entonces de lo que yo misma hacía o no hacía para acompañarlas.

Un poco más tarde, sin haberlo planeado, me encontré teniendo una relación muy estrecha con una niña de pocos años. Enseguida se convirtió en un gran amor: me encantaba ser parte de su vida, verla crecer y poder acompañarla. Para mi sorpresa, además, yo misma me gustaba en ese rol, me hacía ser mejor persona y me sentía capaz de hacerlo bien, o razonablemente bien. También — lo reconozco— tenía curiosidad: ¿qué tipo de madre sería? No dejaba de ser un reto… En ese momento me permití expresarlo en voz alta: «quiero ser madre». Pero mi pareja de entonces no quería ser padre y yo tenía claro que ni iba a presionarle –entendía perfectamente su decisión– ni era un proyecto en el que quisiera embarcarme sola, demasiada responsabilidad, me volvería loca y seguro que se lo haría pagar a mi hija o hijo. Así que decidí otra vez que no sería madre, al fin y al cabo, no era un proyecto vital para mí, sino una más de tantas cosas que deseo hacer pero no me va a dar tiempo en esta vida.

Cerca de los 40, un nuevo vuelco: me enamoro de alguien que quiere ser padre y que, aunque apenas llevemos unos meses juntos, como el reloj biológico juega ya en mi contra, se lanza conmigo a esa aventura sin pensarlo demasiado. Contra todo pronóstico, me siento segura de lo que estoy haciendo. Soy inmensamente feliz.

14 años más tarde de aquella fecha puesta al tuntún, nace mi hijo y me hace «madre». Aunque aún no tengo muy claro qué significa eso…

XV

Leí tu correo ayer y, a decir verdad, me quedé un poco bloqueada sin saber qué contestar.

Mi deseo de ser madre está ahí, presente, aunque sin urgencia. Y también con miedo.

Me apetece la idea de compartir una crianza con otra(s) persona(s), vivir la experiencia y aprender de ella, y de la personita que venga. Creo que no lo tengo demasiado idealizado porque también significa sacrificar algunas otras pasiones, relaciones, y formas de vida, pero también creo que puede ser muy gratificante y bonito.

Aunque sí, me asusta un poco la idea 🙂

Nunca me he sentido posicionada en contra de la maternidad ni con un claro deseo de vivirla. Pero sí me viene a la cabeza y me recreo en algunos pensamientos (a veces, idealizados).

XVI

Aún no, aún no soy madre. Y sí quiero serlo, pero no sé si lo seré. Quiero serlo desde hace años, cuando decirlo en mi contexto era una provocación. Me intento convencer, casi desde entonces, que si no lo soy no va a pasar nada; y esta frase ha ido modificando su impacto en mí con el paso de los años; no es lo mismo la convicción que conllevaban esas palabras a los 30 que cuando los 36 han pasado de largo. Me da miedo el diagnóstico, que cuando lo decida sea demasiado tarde, que enferme antes de… El cuerpo es más cuerpo cuando toma conciencia de su vulnerabilidad, de los castigos a los que lo sometemos. Quiero ser madre en una sociedad descorazonada.

A veces creo que quiero ser madre, sin intención de frivolizar ni de esencializar, porque tengo la posibilidad de serlo, y soy curiosa. También siento que quiero ser madre por el desencanto de los últimos años, mantenerse todo el rato en pie sin confianza pero con sentido es difícil y duele. Quiero ser madre, pero cuestiono si este deseo es aprendido o si es auténtico, si es la reproducción de la norma como «mujer – cis» o si es un sentir genuino; problematizar los deseos en busca de respuestas a las que no se puede llegar con certeza, por la propia naturaleza del deseo, me causa desasosiego.

Frente a tanta muerte la posibilidad de dar vida es algo que me emociona. Quiero pensar que ser madre también es un acto de responsabilidad civil, política; aunque esto pueda ser demasiado pretencioso, sin duda, un argumento que desvía la atención de lxs escépticxs: «¿¡hijes para la revolución!?».

Quiero ser madre, pero no quiero familia.

Quiero ser madre, a pesar de mi madre, que nunca quiso.

XVII

Qué me convenció… Aún no lo sé. Supongo que por un lado el deseo y la ilusión de dar vida. Acompañar a ese hijo desde el minuto cero. Ser partícipe de sus progresos, guiarlo en sus primeros pasos… Aconsejarlo, más adelante, hasta que pueda volar y mejorar el mundo. Educarlo. Y quererlo. Por otro lado, el deseo y la ilusión de compartir este apasionante proyecto con mi pareja.

Sin embargo, siempre diré que yo no estaba hecha para ser madre. Al menos una madre convencional. Y ahora mismo, ¡sigo sin estarlo!!! En serio. No soy precisamente una super mami. Y sin embargo, no dudo ni un ápice al decir que la maternidad ha sido lo más maravilloso que me ha ocurrido en la vida. Por cierto, y aquí radica lo maravilloso del asunto, no soy una super mami pero mis hijos me quieren como soy. ¡Igual que yo ellos!!! Es fantástico.

El nacimiento de mi primer hijo superó todas mis expectativas. Yo estaba temerosa, en primer lugar, de no estar a la altura, en segundo lugar, de perder gran parte de mi libertad y mi independencia, y en tercer lugar, del cambio inevitable que se produciría en mi relación de pareja. Y por supuesto, ¡todos esos miedos se hicieron realidad con la llegada del bebé!! He de reconocer que a lo largo de estos siete años he vivido algunos momentos vitales cuanto menos delicados a cuenta de ello. Claro que he luchado por encontrar un balance y compaginar maternidad con libertad, ajustar los cambios en la relación de pareja, redefinir qué es estar a la altura como madre, o qué es lo que se espera de una madre convencional y por qué en realidad no quiero serlo… Y claro, la cosa ha mejorado mucho. Pero no siempre es fácil. La maternidad no es cosa fácil.

Ya lo sabía. Todas lo sabemos. Lo que no sabía era hasta qué punto esa personita se instalaría en mi corazón y me enseñaría tantas cosas. Cosas esenciales acerca de la vida, acerca de la infancia y de la edad adulta, acerca del mundo, redescubriéndolo a su lado, acerca de mí misma, acerca de mi pareja, incluso, y de mi relación… Que me enseñaría a relativizar un poco, a no ser tan autoexigente y a intentar no exigir tanto a los demás, a dar sin esperar nada a cambio, a disfrutar tranquilamente de algo tan sencillo como una sonrisa. No sabía que me enseñaría tanto acerca del amor. Del amor incondicional. Del amor materno. Tan puro. Tan intenso.

Cuánto amor en un abrazo. Cuánta complicidad en una mirada. Cuánta ternura en un beso. Qué poderoso es el amor materno.

Y bueno, me gustó tanto la experiencia que repetí. Y ahora mi corazón lo habitan dos personitas. No son los únicos que lo habitan, ¡por supuesto! Pero ocupan mucho espacio. Crecerán y recuperaré mi libertad. Y entonces echaré de menos esas deliciosas sonrisas.

XVIII

No soy madre, pero a veces me planteo la posibilidad de serlo, aunque si tengo que ser sincera, me da un miedo que no veas. Una parte de mí es profundamente antimaternal por miedo a perder autonomía, por miedo a un parto no decidido por mí, por miedo a no tener tiempo para nada. Dejar de ser yo para convertirme en la madre de alguien. Estar ahí, para otro cuerpo, siempre, me abruma… Aunque otras veces pienso que ¡qué narices! ahora mismo sin estar criando tampoco tengo autonomía, otros dolores me atraviesan el cuerpo y tampoco tengo tiempo para mucho… O sea, que estoy ahí, desestimando la posibilidad más que nada, porque estoy ubicada en el miedo. Aunque creo que parte de mis miedos están fundados en modelos de crianza no feministas. Ver otros modelos de crianza, comprobar cómo mis amigas feministas son madres, es lo único que me hace plantearme algunas veces… ¿y si lo intentamos?

* Muchísimas gracias a todas por poner en palabras y compartir vuestras emociones, pensamientos y experiencias.

Irene Choya

Un comentario

  1. Excelente describe muy bien todas las ideas que me frenan a la hora de ser madre. Aunque trabaje con niños y los adoro el ser cuidadora 24/7 por casi dos décadas. .. me parece abrumador.

    Gracias por compartir. Al menos ya no me siento tan rara por sentir de este modo.

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