Nadie teme a Virginia Woolf: notas sobre «Un Cuarto Propio»

Virginia Woolf | Vía: Archivo M. Rodríguez Velasco
Virginia Woolf | Vía: Archivo M. Rodríguez Velasco

Goethe las honró y Mussolini -como tantos otros- las menospreció. A Virginia Woolf le pidieron que hablara sobre las mujeres y la novela. Entonces, surgió su ensayo Un Cuarto Propio (1929). Lejos de erigirse como un alegato contra los hombres, sus palabras son, en mayor medida, una continua reflexión y una autocrítica al sexo femenino por someterse y acomodarse al segundo plano, a la quietud de siglos de servilismo. Invita a sus iguales a no despedazarse las unas a las otras, a no ampararse en la tarea de procrear para eximirse de responsabilidades consigo mismas, a recordarles que han conseguido derechos que deben empezar a disfrutar. No obstante, también desmenuza ciertos aspectos olvidados -pero amargamente sinceros- que han bastado para mutilar lenguas y para secar la tinta de muchas plumas femeninas, resumiéndolos en dos elementos básicos: «para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio».[1]WOOLF, Virginia. 2003. Un Cuarto Propio. Madrid: Alianza Editorial, p. 8(página 8, Alianza Editorial, 2003)

Puede que este tipo de textos no tengan un efecto fructífero en la adolescencia, ni en una juventud temprana -aunque eso siempre dependa del lector, y no tanto de su año de nacimiento-, pero es incuestionable que todos, al menos una vez en la vida, deberíamos dedicarles unas horas o varios días. La autora enfrenta la tarea de escribir con prudencia y respeto, tomándose muy en serio la labor encomendada y aproximándose al tema desde la perspectiva de las estanterías de las bibliotecas. Y ahí, en ese preciso instante en que decide documentarse, se topa con el muro de hormigón que hoy hemos aliviado y convertido en el techo de cristal: «Su cara manifestaba indignación y horror. El instinto más bien que la razón vino en mi ayuda: él era un Bedel; yo una mujer. Éste era el césped; aquél el camino. Sólo el Profesorado y el Magisterio pueden andar por aquí; el pedregullo es mi lugar».[2]Ibíd., p. 10

Woolf no ignora el pesado lastre que arrastra -y a propósito, conjugo así este verbo, pues aún no lo hemos desterrado al pretérito perfecto compuesto -la niña, la joven, la mujer, la anciana, la hija, la hermana, la esposa, la madre y la nieta al atribuírsele palabras como pureza, castidad, decencia, discreción o candidez. Ella se vale de una suposición para ilustrar la vereda y el desvío que se despliegan ante una mujer: imaginar que Shakespeare hubiera tenido una hermana con las mismas inquietudes y talentos que él. Si ésta hubiera querido perseguir el sueño de cultivarse, escribir, representar obras de teatro o pintar, habría recibido una paliza considerable y ya se habrían encargado en casa de mantenerla vigilada. Esta hipotética hermana hubiera tenido sólo dos opciones, que serían conformarse con la vida que le esperaba de compromiso, casamiento, prole y sumisión, o escaparse de casa, buscar trabajo en alguna ciudad, acabar en una taberna, ejercer la prostitución, descubrir con estupor que esperaba un hijo de un desconocido, provocarse un aborto y, muy probablemente, morir desangrada.

Los genios -a excepción de casos muy concretos- suelen surgir cuando no hay necesidad, pues la pobreza y las penurias ya ocupan todo el tiempo de quien las padece. ¿Cómo podía brotar en la mujer, sin educación y predispuesta al matrimonio desde la cuna o el fango? «Una mujer compositora es como un perro caminando en sus patas traseras. No lo hace bien, pero es sorprendente que lo haga».[3]Ibíd., p. 62 Si alguna se aventuró a escribir, tuvo que recurrir al nombre masculino o a adoptar el anónimo como firma. En el peor de los casos, ardieron en la hoguera por brujas, curanderas o endemoniadas.

Resulta curioso que, tal y como señala la escritora londinense, desde que se tiene constancia, los hombres han escrito sobre las mujeres. Por el contrario, las mujeres están escribiendo sobre los hombres desde hace relativamente poco. Ellos las han elevado a la condición de heroínas, ninfas y venus, ángeles, princesas, reinas -la poesía está impregnada de ellas- pero al mismo tiempo, todas las Lady Macbeth, Fedra, Antígona, Cleopatra, Emma Bovary y Ana Karenina han sido satirizadas, reprobadas, reducidas al sentimentalismo y a la curiosidad. Puede que en eso se haya basado la superioridad masculina en el ámbito intelectual, cultural y social; ya que sin la «inferioridad» de las mujeres, hubiera sido imposible la potestad y la exclusividad. De haber sido al contrario, su imagen en el espejo se habría encogido.

Virginia Woolf, quien heredó de su tía una renta vitalicia de quinientas libras anuales, reconoce en estas páginas la seguridad que le dio este hecho. Con anterioridad, se había dedicado a hacer crónicas sobre temas aburridos, a leer en voz alta a señoras que se lo pedían, a confeccionar flores artificiales y a trabajar como maestra en un jardín de infantes. El dinero no sólo le proporcionó estabilidad, sino también una nueva actitud hacia el género masculino; dejó de odiarlo y de hacerlo culpable de sus pesares. Y es que, en relación a ello, su mensaje no se inclina a alimentar la polémica entre sexos. Eso, más bien, pertenece a esa etapa escolar en que los chiquillos dividen el patio durante el recreo  y se empeñan en  que «los niños sólo juegan con los niños» y las niñas hacen lo propio entre ellas.

No es preciso que un «bando» le gane al otro, ni que los vencedores se vuelvan perdedores. Es mucho más interesante y justo que la indiferencia de los pies apurados no borre lo que otros claman en la vereda. Porque «los grandes poetas no mueren: son presencias continuas; sólo precisan una oportunidad para andar entre nosotros de carne y hueso. Pienso que en breve, ustedes le podrán ofrecer esa oportunidad».[4]Ibíd., p. 125

Título: Un Cuarto Propio
  • Autor/es: Virginia Woolf
  • Editorial: Alianza Editorial
  • Nº de páginas: 128
  • Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

Referencias   [ + ]

1. WOOLF, Virginia. 2003. Un Cuarto Propio. Madrid: Alianza Editorial, p. 8
2. Ibíd., p. 10
3. Ibíd., p. 62
4. Ibíd., p. 125
María Rodríguez Velasco

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