Yo he venido aquí a hablar de su libro – Ernesto Ortega y Nacho Gallego

Nacho Gallego

En esta ocasión, visitan «Yo he venido aquí a hablar de su libro» Ernesto Ortega y Nacho Gallego, autores de la Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor, en la que Ernesto pone la letra y Nacho la imagen.

Ernesto Ortega nace en Calahorra, La Rioja, cosecha del 71. De niño pasa mucho tiempo en la librería de sus padres y pronto aprende a hacer la o con un canuto. Se aficiona a las letras, hasta que le ponen los puntos sobre las íes y decide estudiar empresariales. Tras abrir un paréntesis en su vida, que todavía no ha cerrado, se traslada a Madrid, donde por h o por b, se enamora y acaba trabajando como redactor publicitario. En 2012 publicó el libro La dictadura del amor. Le gusta saltarse las reglas y no piensa poner el punto final.

Nacho Gallego viene al mundo en Madrid, en 1978, con un pincel bajo el brazo. Tras pasarse la infancia entre rotuladores y cuadernos, ahora se disfraza cada día de adulto para trabajar como creativo publicitario y diseñador gráfico, pero en el fondo sigue siendo un niño, incapaz de tirar cosas y ordenar su estudio, que es feliz dibujando. Le gustan las paradojas de la vida, los dobles sentidos y el Cola Cao con galletas. Sus colores favoritos son el marrón urgente, el gris lluvia, el azul Atlántico y el rojiblanco Atlético.

Se conocieron en una agencia de publicidad. La Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor es su primer libro juntos, y sobre él y de su experiencia como escritor nos habla Ernesto Ortega.

Ernesto, en el perfil de tu blog, La toalla del boxeador, enumeras los trabajos variopintos que habrías querido hacer para concluir que al fin descubriste lo que en realidad te gustaba: escribir. ¿Cuándo fue eso? ¿Cómo fueron tus comienzos en esto de la literatura?
Mis padres tenían una librería y de pequeño recuerdo pasar horas y horas allí pegado a los libros. Siempre me gustó leer e inventar historias, aunque mi relación con la literatura, como con casi todo, nunca fue demasiado constante. Iba a estudiar periodismo, pero acabé haciendo empresariales y durante un tiempo me olvidé de las letras. Sin embargo, la vida te lleva por caminos raros, que dice Quique González en una canción. Me gustaba escribir y acabé trabajando como redactor publicitario en Madrid. En 2002, me apunté a un taller de escritura creativa y a partir de ahí empecé a escribir relatos y a robarle tiempo a otras aficiones.

Hace unos años hubo una auténtica explosión de blogs abiertos por relatistas. Muchos de los que, como tú, han publicado en papel y se han ganado un prestigio en el panorama nacional ya no los mantienen. En tu caso, La toalla del boxeador sigue vivo y coleando. ¿Por qué has decidido seguir actualizándolo?
Bueno, vivo, vivo… Le he tenido que hacer el boca a boca. Creo que la época de los blogs fue muy constructiva para todos y fueron una herramienta vital en la difusión del microrrelato, pero poco a poco se han ido apagando. En mi caso lo abandoné durante bastante tiempo. La necesidad de mantener textos inéditos y Facebook, como sustituto descafeinado de los blogs, tuvieron la culpa. Una pena. Pero creo que todavía hay espacio para los blogs. El año pasado me propuse revivirlo. Aunque ahora se estén publicando muchos más libros de microrrelatos que antes, creo que el microrrelato todavía está buscando su espacio. El microrrelato es un género muy joven y tendremos que ver hacia dónde camina. No sé si su lugar estará en los libros físicos, en las revistas digitales que están floreciendo ahora, en las sesiones de microrrelatos que se empiezan a hacer en bares o en las aplicaciones para móvil. Seguramente será una mezcla de todo, pero creo que los blogs todavía tienen mucho que decir. Hay que estar atentos.

Tu primer libro, La dictadura del amor, se compone de relatos largos. ¿Cómo se produjo la transición al micro?
Yo escribía relato largo y de vez en cuando alguna idea se transformaba en micro, pero en 2011 me animé a hacer un blog y empecé a alimentarlo con micros. Esa etapa coincidió con mi paternidad. Disponía de menos tiempo para leer y escribir y del microrrelato me atraía sobre todo la idea de obra terminada. Encontré muchos puntos en común con la publicidad: espacio reducido, búsqueda de ideas potentes, interacción con el lector… Empecé a sentirme muy cómodo y acabé convirtiéndome en adicto del género. Después de escribir la Microenciclopedia he intentado desintoxicarme, volviendo a escribir textos más largos, pero siempre recaigo. El micro crea adicción. Ahora intento compaginar ambas longitudes, creo que son perfectamente compatibles. En principio, en literatura los 100 metros no deberían estar reñidos con los 1.500, ni siquiera con una maratón. Ahora estoy trabajando en un libro de relatos, pero sin olvidar el micro.

En la Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor encontramos sobre todo micros pero también algunos hiperbreves ―«Sobredosis», los que componen «Ñoñerías» o «Zoofilias»―. ¿Hay alguna extensión en la que te encuentres más cómodo actualmente?
Creo que cada idea o cada historia que quieras contar te pide una extensión diferente. No debería condicionarnos el número de palabras a no ser que nos lo tomemos como un ejercicio concreto. Pero como lector y como escritor me siento más a gusto en el micro y en el relato que en el hiperbreve.

La Microenciclopedia ilustrada del amor y el desamor tiene un título que difícilmente puede pasar desapercibido en los estantes de cualquier librería. ¿Quién es responsable del nombre de la criatura?
Nuestra intención inicial era hacer un libro de microrrelatos que fuese ilustrado y temático. Teníamos claro el tema: el amor, y barajamos diferentes opciones. Concebimos el libro entre Nacho y yo, con la intención de que hubiese una idea detrás, un hilo conductor que no fuese solo una sucesión de relatos ilustrados. En ese sentido el concepto de «microenciclopedia ilustrada» se adaptaba bastante bien a lo que queríamos hacer y a los dos nos convenció.

Lo que es innegable es que el título refleja a la perfección tanto la estructura del libro como su contenido: ciento dos relatos, veintisiete de ellos ilustrados, dispuestos alfabéticamente y que tratan las facetas más variadas de ambas caras del amor. ¿Qué fue primero, la idea global de la obra o los relatos?
Digamos que mitad y mitad. Nosotros ya estábamos trabajando en el libro, con el amor como tema principal, cuando surgió la idea de convertirlo en una «Microenciclopedia». En principio iban a ser menos relatos y el concepto enciclopedia exigía una mayor cantidad de textos e ilustraciones de los que nos habíamos planteado inicialmente. Era una complicación adicional, pero nos atraía el desafío. A partir de ahí, replanteamos la forma de trabajar y empecé a escribir los textos pensando ya en la Microenciclopedia.

En castellano no hay muchas palabras que comiencen por letras como Ñ, W o X. ¿Hubo algún relato escrito ex profeso para una letra complicada?
Sí, claro, por ejemplo, los hiperbreves de la Z están hechos pensando en Zoofilias. De hecho, decidir los títulos fue la parte más complicada del libro, porque en un microrrelato el título desempeña un papel fundamental. En algunos casos recurrí a textos que ya tenía escritos, ajustando el título; y en otros los escribí pensando en un título concreto o en una letra determinada. A algunos les cambié el título varias veces. En casi todas las letras hubo textos que se quedaron en el cajón. Al final teníamos 150 textos y nos quedamos con poco más de 100.

Las ilustraciones de Nacho Gallego tienen una relación muy estrecha con los textos. ¿Cómo surgió la idea de la colaboración entre ambos?
De cañas. Nacho es una de las personas con más talento que conozco. Habíamos trabajado juntos en publicidad durante bastante tiempo y nos compenetrábamos muy bien. Además de compañeros, éramos amigos y, cuando cambié de trabajo, cada vez que quedábamos acabábamos diciendo que teníamos que hacer algo juntos. Un libro de microrrelatos ilustrados se adaptaba perfectamente a un proyecto común. Mientras yo escribía, Nacho iba eligiendo los textos que más le inspiraban para reinterpretarlos, de forma que la ilustración y el texto se complementasen, pero también funcionasen de forma independiente.

Numerosos relatos ―«A todo riesgo», «Boda», «Camaleón», «Cuernos», «Enamorarse», «Desenamorarse», «Génesis»…― tienen toques de humor, a veces irónico, otras sutil, otras directo. ¿El sentido del humor es una constante en tus micros?
En microrrelato el humor funciona bastante bien. Yo creo que es una constante en la microliteratura. Si consigues hacer reír a alguien tienes bastantes posibilidades de que te acabe tomando en serio. Pero el humor también tiene sus peligros. Es muy fácil caer en el chiste o en la anécdota meramente divertida. El humor tiene que estar muy trabajado. En un libro sobre el amor, el humor tenía que estar presente. En ese sentido hemos intentado que sea muy variado. A veces te hace reír; a veces, también duele; a veces, emociona. Vamos, como el amor.

En la introducción, titulada «Amor», hay una cita impagable de la serie de televisión Mad Men, y otra de La última noche de Boris Gruschenko, de Woody Allen. Varios relatos ―«Affaire», «Blanco y negro», «Cine»…― contienen referencias cinematográficas. ¿Eres cinéfilo? ¿Es el cine una fuente habitual de inspiración para ti?
Sin duda. Me encanta el cine. De hecho, me hubiese encantado hacer cine y casi te diría que, aunque sean lenguajes diferentes, escribo porque hacer películas es mucho más complicado y caro que escribir un libro. Escribir es algo que puedes hacer tú solo, en casa. No necesitas a nadie. Solo un boli y un papel. Pero me gustaría convertir algunos micros en cortometrajes.

Del libro no parece deducirse que las relaciones largas inclinen la balanza hacia la felicidad, excepto cuando las parejas fingen acabar de conocerse ―«Amantes», «Affaire», «Desconocidos», «Rutinas»…―. ¿El amor viene con fecha de caducidad? ¿Hay que añadirle conservantes?
Más que añadirle conservantes, yo creo que lo que hay que hacer es consumirlo sin miedo a que se acabe. El amor se deshace un poco cada día y por eso hay que hacerlo otra vez cada noche. Tenemos que reenamorarmos. En ese sentido, esos textos que nombras son los que más se parecen al clásico happy end. No lo tuve presente al escribir el libro, pero recuerdo que Manu Espada, cuando lo presentó con datos numéricos, contabilizó más textos con final feliz que textos que acabasen mal. La batalla no está perdida, pero exige luchar.

Por último, recientemente hemos sabido que la Microenciclopedia ha sido seleccionada entre los tres finalistas al «Premio Ateneo Riojano» de narrativa. Muchas felicidades por el reconocimiento. ¿Podrías darnos más detalles sobre ese premio?
Para mí ha sido una gran sorpresa. El Ateneo Riojano es una institución cultural fundada en 1923 que, desde la llegada de la democracia, ha jugado un papel muy importante como foro de actividades artísticas, culturales y científicas en La Rioja. El «Premio del Libro Ateneo Cultural» se convoca desde hace dos años y premia a autores nacidos o afincados en La Rioja en las categorías de narrativa, ensayo, poesía e infantil y juvenil. Como riojano que, además, vive fuera de su comunidad es todo un honor haber sido nominado por un libro de microrrelatos y, pase lo que pase, me siento muy feliz. Los premios, además de un reconocimiento, siempre suponen un empujoncito para seguir escribiendo.

Nada mejor para terminar esta entrevista que disfrutar de tres de los binomios relato-ilustración que podemos encontrar en el libro.

Adicciones
Ana solo tenía un defecto: siempre olía a tabaco. Todavía no había apagado un cigarrillo y ya tenía encendido el siguiente. En la mesa del salón, con la televisión de fondo, el cenicero se llenaba de colillas. Cada vez que le pedía que lo dejase, me contestaba con evasivas. Pero el amor también se consume y un día le obligué a elegir: o el Marlboro o yo.
Ahora, cada noche, antes de meterme en la cama, enciendo un cigarrillo. Cierro los ojos y doy una calada. Inspiro y la nicotina viaja a través de mi cuerpo hasta llegar a mis pulmones. Espiro y una nube de humo se extiende por la habitación y se difumina en la blancura del techo. Después apago la colilla y la luz. El olor trepa por las sábanas. Solo entonces consigo dormirme.

Cuestión de tiempo
Cuando la vi por primera vez estaba tendida al sol, sobre la arena. Llevaba unas gafas oscuras y un bikini rojo, y bastaron un par de segundos para saber, sin ninguna duda, que quería pasar el resto de mi vida a su lado. Desde entonces, dedico todo mi tiempo a buscarla. Esta tarde la he encontrado. El sol ya comenzaba a ponerse en el horizonte y una brisa suave me acariciaba el rostro. Mientras corría hacia ella ha vuelto a suceder. La arena ha empezado a desaparecer bajo nuestros pies y nos hemos precipitado al vacío.
Durante un instante he logrado agarrar su mano. Luego, todo ha sido muy rápido. Una montaña de arena se nos ha venido encima y nos hemos soltado. Alguien ha debido de darle la vuelta al reloj. Ahora tendré que encontrarla de nuevo.

Soledades
A veces, coge el teléfono y marca su número. Cuando salta el contestador, deja grabadas todas esas cosas que nunca se atrevió a decir. Otras, en cambio, cuando no puede más, llama directamente al buzón de voz y escucha todo eso que le hubiese gustado que le dijesen.

Ana Fúster

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *