El Dorado (Howard Hawks, 1966)

Gaily bedight,
A gallant knight,
In sunshine and in shadow,
Had journeyed long,
Singing a song,
In search of Eldorado

Edgar Allan Poe “ElDorado

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Pasan los años, las décadas, los cambios hormonales, éticos, estéticos y geopolíticos y las películas de Howard Hawks no es que se agiganten, se amplifican y se escaquean, cobran nuevos relieves y al mismo tiempo ridiculizan nuestros intentos por desmontar un engranaje que a duras penas existe. Howard Hawks no es un clásico ni un moderno, es, como dirían los chistes locales, lo que le da la gana. No es que no tenga el reconocimiento que merece, pero todavía hay algo que limita la importancia que debería tener para el cine. John Ford es ya un poeta, un tótem por encima del bien y del mal, polémicas militares aparte. A Howard Hawks todavía le acompañan las etiquetas temáticas, las mayoría inciertas o mal explicadas. La amistad, la virilidad, el compañerismo, la profesión.
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Y le acompaña el tema de las paráfrasis o variaciones sobre el mismo tema, que los sucesivos visionados demuestran que tampoco es exactamente así. Lo que hace Hawks con las repeticiones es lo mismo que hace con el estilo, se puede inventar a medio Ford en “Río Rojo”, ser Antonioni en “Rio Bravo” y en “El Dorado” es casi Dreyer. No tengo ni idea de si los ha visto, pero es que tampoco hablo en sentido literal. Las comparaciones en la crítica de cine han de ser locas, hiperbólicas, no han de documentar un determinado aprendizaje de los autores, sino ilustrar los hilos misteriosos y amorosos que unen a todas las películas del mundo, que jamás entendieron de compartimentos ni de culturas.
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Hawks rueda “El Dorado” justo después de “Red line 7000”, una de sus películas a día de hoy más olvidadas, y no exenta de valor. Está en la cresta de la consideración crítica en Europa, y en EEUU faltan dos años para que el trasunto cahierista Robin Wood escriba su libro, el más famoso quizás sobre su figura .Se basa la película en la novela “The stars in their courses” publicada en 1960 por Harry Borwn, que insistió en que su nombre fuera borrado de los créditos habida cuenta de lo poco que se parecían novela y película. Ello no es demasiado de extrañar teniendo en cuenta que la principal inspiración es sin duda la película de Hawks “Rio Bravo” con la que comparte a la guionista Leigh Brackett. Hay una serie de arquetipos y lugares que se repiten insistentemente, y aunque las comparaciones son tan legítimas como peligrosas e innecesarias, lo más útil de ellas en este caso es apreciar como Hawks modula como quiere en cada caso el mismo material.

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Si “Rio Bravo” es un impresionante despliegue de recursos literarios y cinematográficos, alargando y economizando las secuencias, sobreescribiendo a los personajes, acentuándolos muchísimo, y dándose un festín de todas las posibilidades habidas y por haber, en “El Dorado” es como si emprendiera una operación contraria, como hoy en día sabe hacer Wong Kar Wai cuando filma «In the mood for love» y «2046». La película es un “Rio Bravo” limado hasta el ascetismo y la abstracción tanto de la puesta en escena (el pueblo parece una evocación fantasma del de su antecesora, a pesar de ser prácticamente iguales) , de las interpretaciones (inmersas en una época muy diferente para el cine y para los actores en tan sólo siete años de cambios en el cine americano), como es un limado abstracto de su propio humor sutilísimo y del tejido de relaciones pasadas, presentes y futuras de sus personajes.

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Ni Arthur Hunnicutt, ni Charlene Holt, ni James Caan, ni Robert Mitchum parecen mimetizar ni repetir con variaciones los personajes de Walter Brennan, Angie Dickinson, Ricky Nelson y Dean Martin, hacen su propia versión, John Wayne casi parece prefigurar el de “Rio Lobo”, un film que merece también sus propias consideraciones. Michele Carey aparece como novedad. No queremos sugerir que Hawks fuera un director tan impersonal al que le valiera cualquier cosa, es que su poder de graduar, su dominio de su medio expresivo le permitía a placer cualquier cosa que le dictara su década, sus condicionantes, su evolución, crecimiento, aprendizaje, sus sentimientos y su inconmensurable talento creativo, sin parangón en la cinematografía del siglo XX. Su desgracia y su habilidad es que no parece importante.

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Sergio Sánchez

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