Caracol estaba resguardado, observando debajo de una hoja de árbol caída; había construido una doble casa, dado que ya poseía la suya propia e intransferible. El tiempo no estaba acompañando los últimos días, y aunque el tópico, típico, dicho de que los caracoles eran de terrenos húmedos, más bien se había vuelto uno de secano, de esos de casi estar al sol, pero de ese sol que le permitía pasear ágilmente, a su ritmo, bajo la hierba, la naturaleza; no era de mar, era de tierra, de subir y bajar, no de nadar de por sí; algún que otro día decidía zambullirse, pero ocasionalmente. Para él, los ríos y el mar eran un paisaje a contemplar, pero no a moverse interiormente; apreciaba el agua y entendía su necesidad, pero ¿realmente eran indispensables tantos días seguidos? Una mañana cualquiera, sin mayores esperanzas, se desperezó como hacen los caracoles, sacando su cabeza al mismo tiempo que su pie se extendía, desplegando sus ojos de manera gradual acorde a su velocidad innata, y lo vislumbró a lo lejos; había vuelto, y notó cómo su energía ese día sería otra, posiblemente con calma, como era su seña de identidad: lento pero seguro.
