Oscuros sueños de agosto (Miguel Picazo, 1967)

«Pareces una muerta. Estás muerta. No tienes solución», se dice a sí misma frente a un espejo Isabel, una mujer depresiva que llega de Caracas a su España natal para ingresar en un sanatorio y reencontrarse, tras dieciocho años, con su hija Ana, a la que abandonó siendo una cría tras huir con su amante, el primo de su marido. Con esa sentencia tan rotunda, tan claudicante, pronunciada desde la más absoluta aceptación y resignación, da comienzo «Oscuros sueños de agosto», la segunda película que dirigió Miguel Picazo, «una obra sobre sentimientos en clave médica», tal y como él mismo la definió. No resulta fácil, por ello, aceptar de entrada y sin previo aviso una propuesta que incomoda y desconcierta a partes iguales porque se desliza, radiografía y disecciona, penetrando sin concesiones y de forma distanciada, en territorios emocionales inestables sacudidos por la culpa, la soledad, el amor y el desamor.

A instancias del director del complejo clínico de la sierra madrileña donde recibe tratamiento psicológico su madre, quien se enfrenta no solo a una crisis de pareja y a un vacío existencial que la sitúa al borde del abismo, sino también al miedo, la incertidumbre, la imposibilidad de recuperar el tiempo perdido y la conmoción que le provoca la relación retomada con su hija, Ana aprovecha el mes que su pareja está fuera de España para ayudarla y apoyarla como parte de la terapia: allí, coincide con Mario, un joven paciente alcohólico de personalidad cambiante que no acepta el fracaso de su matrimonio, con quien inicia una fugaz relación intermitente basada en la atracción y la incomunicación pero no en el amor; una relación apenas desarrollada en la película sino más bien pespuntada, sugerida, evidenciada en algunos besos fugaces: poco o nada la sustenta salvo el hecho de constituir una insustancial, escapista y dañina terapia subterránea entre ambos que, en cierto modo, rellena sin diálogos, confesiones, comprensión ni ayuda mutua, las carencias vitales, afectivas de cada uno, y que en el caso de Mario lo conducirá a un desesperado y trágico final causado por el rechazo sistemático de su mujer.

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Y aunque Ana no es más que un elemento externo que apenas interactúa con ellos, en esta obra sobre sentimientos en clave médica, resulta crucial el trazo grueso, inverosímil y delirante a la vez que cálido con que Picazo dibuja, diagnostica, al pequeño, variopinto y extravagante grupo de neuróticos que residen en el sanatorio, pertenecientes a clases acomodadas, reflejo despiadado de una España inmadura, enferma, enajenada, dependiente, atávica, dando lugar a algunos de los momentos más impagables de la película, recorridos por el espíritu de Luis García Berlanga, Francisco Regueiro y Federico Fellini, como la despedida fanática, entre sollozos y peticiones de estampitas y milagros, que hacen a una monja que es dada de alta y culmina con una descacharrante e infantil poesía compuesta y recitada por la fantástica Laly Soldevila; la surrealista visita colectiva al Palacio Real de Riofrío, donde permanecen indiferentes a las explicaciones del guía por las distintas estancias en claro contraste con el interés que despierta en un grupo de norteamericanos procedentes de Dallas con los que acaban cantando en inglés la Canción de la despedida del movimiento Scout; o el pomposo funeral y posterior entierro que hacen al perro ahogado de una interna.

Amputada por la censura (especialmente, el episodio del suicidio de Mario, lo que afectó un tanto a la comprensión de la película), pero sin que el extraordinario resultado final se vea empañado (más bien, la indefinición y huecos de algunos instantes redundan en su carácter inquietante y desquiciado), «Oscuros sueños de agosto» fue una obra de encargo del productor Cesáreo González, quien accedió al deseo de Sonia Bruno de ser dirigida por Miguel Picazo. Éste, sin embargo, firmó el guión junto a Manuel López Yubero y Víctor Erice, e hizo suyo el proyecto hasta convertirlo en una obra personal, coherente con el tema principal que caracteriza a los títulos de su escasa filmografía: los obstáculos sociales y religiosos que se inmiscuyen en el amor y acaban destrozándolo. Los problemas con la censura, la muerte de González que retrasó un año su estreno y su distribución en salas de arte y ensayo, provocaron que su director se refugiara en trabajos televisivos y no volviera al cine hasta nueve años después, en 1976, con la incomprendida pero fascinante, doliente e imprescindible «Los claros motivos del deseo», una obra maestra sobre el despertar del sexo en la juventud y el paso a la vida adulta.

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«Para afrontar esta película, me psicoanalicé, me documenté en la técnica del psicodrama y me adecué al tema y al espíritu de la historia con funcionalidad, sin concesiones a las modas» (1). Efectivamente, alejado de tendencias y vanguardias, Miguel Picazo la dotó de una extraña y lánguida belleza en su puesta en escena, gracias a la profusión de planos-secuencia y primeros planos; la acentuación de la atmósfera enfermiza del relato con la perfección geométrica de las diferentes estancias, presididas por un blanco roto y la grisura tenue, difusa, casi neutra, de paredes y visillos, que contrastan con la viveza de enormes y coloristas flores; lo artificioso e irreal de los interiores y exteriores del sanatorio (en realidad, el resto de escenarios parecen ser una prolongación de aquél, donde el oxígeno, el aire, la vida, parecen no fluir); o la más que efectiva utilización de espejos y ventanas, capaces de quedar grabados en la memoria del espectador en algunos de los momentos más desoladores y melancólicos de la película. En este sentido, resultaría imperdonable no hacer referencia, por mero acto de justicia, al trabajo ejemplar de Juan Amorós, director de fotografía; los decorados de Enrique Alarcón y, una vez más en el cine español de los sesenta, los acordes entre jazzísticos, caústicos y extemporáneos de Antonio Pérez Olea o, ya puestos, la presencia de intérpretes inolvidables e insustituibles como José María Prada, Francisco Rabal, Cándida Losada, Julián Mateos y, sobre todo, Sonia Bruno, la coprotagonista, excepcional, bellísima y desaprovechada actriz de corta andadura por cuyo trabajo en esta película, muy rico en matices, recibió varios premios (la elección de Viveca Lindfords, la actriz internacional que interpreta a su madre, resulta, sin embargo, algo discutible).

«Me encuentro bien: acabada», concluye para sí Isabel desde una ventana, poco antes del final, cuando lleva bastante avanzado un tratamiento que poco o nada ha hecho por ella. Es el perfecto resumen de la crónica de una frustración sentimental sin solución, una enfermedad que también padecía Mario y que empieza a afectar, como un halo fatalista, a Ana quien, en la última imagen, dice a una compañera de trabajo, pensativa, inexpresiva, con la mirada fija en un punto perdido, que en dos días regresa de su viaje Carlos, su pareja: si tras su intensa experiencia se revela incapaz para enfrentarse a los problemas de la vida, la oscuridad de los sueños de agosto acabará también por cernirse sobre ella.

(1) Los nuevos cines en España: Ilusiones y desencantos de los años sesenta, pag. 328-329. Editores: Carlos F. Heredero, José Enrique Monterde. Valencia: Institut Valencià de Cinematografía Ricardo Muñoz Suay; Festival Internacional de Cine de Gijón, Centro Galego de Artes da Imaxe, Filmoteca de Andalucía, Filmoteca Española, 2003

4 comentarios

  1. Muchísimas gracias, José Luis. Espero que puedas descubrir pronto esta joya. Sonia Bruno se retiró en pleno éxito, dos años después, cuando se casó con un futbolista que, para más señas, nació en Ceuta, Pirri, jugador del Real Madrid. Estuvo muy desaprovechada en comedias… cuando en el terreno dramático podía haber dado mucho, tal y como prueba esta obra

  2. Gracias, siempre a ti, Rafa. Busco OSCUROS SUEÑOS DE AGOSTO, que quiero ver en óptimas condiciones; y claro, busco más de Sonia Bruno. Esa es, por desgracia, la suerte de muchas actrices, desperdiciar su talento. Ya te comentaré acerca de estos hallazgos. ¡Abrazos fortísimos!

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