Los golpistas dijeron que el maestro nos enseñaba a desobedecer, a rebelarnos, y era cierto que ahora queríamos ir a la universidad en lugar de trabajar para el señorito. Preferíamos leer a rezar el rosario y ayudar a un vecino antes que comprarnos ropa.
Los soldados se lo llevaron. Cuando tenía varias costillas partidas, lo ataron a una columna que fijaron sobre una carreta y lo pasearon por las calles. Algunos íbamos detrás. Llorábamos, pero nadie se atrevía a socorrerlo. El maestro no podía abrir los ojos. Sangraba desde la frente hasta la planta de los pies. Era Jueves Santo y no salía la procesión del Ecce Homo porque llovía.
