La tormenta perfecta.

Tormenta. Pixabay.

Cuando la Unión Soviética ejerció su poderoso influjo en Mongolia se construyeron enormes edificios en sus ciudades para la población rural dispersa por todo su territorio. Pero cuando el imperio soviético desapareció y en los años 90 la democracia se abrió paso en aquel enorme país, algunos de los que ocuparon aquellos edificios volvieron al campo con sus pequeños caballos, su ganadería y a dormir en sus yurtas. Lo hicieron por una sencilla causa: porque esa era su manera de ser felices.

La tormenta.

Arrecia. Ya lo hemos recordado en alguna ocasión, aquella frase de Sarkozy tras su reunión con Merkel y Obama en 2008, en los albores de aquella devoradora crisis: «Vamos a refundar el capitalismo». Pues ha sido que no, es más si en algo se ha reformado el sistema lo ha sido a su favor y al día de hoy todo el mundo da por sentado que una nueva crisis se avecina sobre nuestras cabezas. Aunque eso sí y así nos lo han quedado de claro nuestros queridos economistas –los más insignes del muestrario-, el sistema financiero no caerá esta vez, seremos los de a pie, es decir usted y yo querido lector, los que volvamos a comernos el marrón.

El Brexit, la guerra comercial entre China y EE.UU. y la de EE.UU. con la Unión Europea, los rifirrafes entre el Irán de los ayatolás y la monarquía feudal saudí con el petróleo de trasfondo… La verdad que deberíamos habernos preocupado hace tiempo de que semejantes tipos tengan en su mano el control del mundo y con ello el de nuestras vidas. Trump, Boris Johnson, una feroz dictadura comunista a la cabeza de la industria y el comercio mundial y unos fundamentalistas religiosos, llámense chiíes o salafistas, controlando recursos vitales del planeta. Pero… todo por la pasta, que al fin y al cabo es de lo que se trata a mayor gloria de la furibunda capitalista.

La Globalización

Habría quien creyó ver en la globalización un modelo de desarrollo común entre todas las naciones que por una parte permitiera un salto cualitativo en nuestro modelo social y que por otra sirviera de trampolín a todos los países del mundo para salir de la pobreza. Vana ilusión.

La realidad muy distinta es que esa interconexión en modo global de las principales economías del mundo fluye solo de manera interesada. Y con una capacidad de manipulación extraordinaria. Tanto que millones de personas son capaces de admirar a un tipo como Donald Trump por subir los aranceles a los productos llegados de China a su país para proteger la industria nacional. Una industria, que nadie parece recordar, hace años decidió trasladar al gigantesco país asiático su producción con el supuesto ánimo de «competir», pero en pos sobre todo de la optimización de los beneficios, tal como manda el mantra capitalista. Y puestos a extrapolar qué decir de las grandes cadenas de la moda europeas, una suerte de «competitividad» que nos permite a nosotros «consumidores» consumir. Y consumir, consumir y volver a consumir.

El capitalismo del SXXI

En resumidas cuentas, este es el mundo que hemos creado. Enormes beneficios para unos pocos y precariedad para el resto. Para unos cuantos las ganancias y para los demás las sobras. Desequilibrios que nos devuelven a tiempos pretéritos que la propia industria se encarga de enmascarar contagiando a la población con el virus de un modelo de consumo low cost sin límite ni sentido.

Poco o nada queda de aquellas ideas liberales que tras la Segunda Guerra Mundial creyeron ver en el mercado la panacea del desarrollo de las sociedades y sus pueblos. Los mismos que junto a demócratas cristianos y socialdemócratas dieron a luz un Estado del Bienestar que vemos poco a poco como se desmorona.

Otro sonoro fracaso en puertas de la horda neoliberal, esa misma que repite una y otra vez que no se puede hacer otra cosa, que se ha acabado poniendo el mundo por montera y es incapaz de ver más allá de su cartera, aunque termine arrasando el planeta.

Es injusto que una generación sea comprometida por la precedente. Hay que encontrar un modo de preservar a las venideras de la avaricia o inhabilidad de las presentes.

Napoleón I (1769-1821) Napoleón Bonaparte. Emperador francés.
Felipe Pozueco

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