El reloj del olvido ya está funcionando en la fachada de la antigua Fábrica de Hielo del barrio, ahora convertida en centro social y cultural gracias a los okupas que la habitan. El reloj se ha sufragado mediante una colecta entre el vecindario; la segunda en poco tiempo. Con la primera se compró e instaló otro reloj, que enseguida trajo la sorpresa y el desconcierto, pues en lugar de marcar las horas, desvelaba los secretos de cada cual. Los primeros en quedar al descubierto han sido las infidelidades conyugales; un secreto a voces —también ha habido sorpresas—, no es lo mismo presumirlo que confirmarlo; los papeles de divorcio enseguida comenzaron a moverse. A quién ha votado cada cual ha destapado a algún traidor que otro, pero esto eran habas contadas. Sí que ha llamado la atención el patrimonio de algunos que parecían al borde de la miseria, y de otros que estando en la miseria aparentaban tener. Aunque la gota que ha desbordado el cubo y que más inquietud ha causado ha sido descubrir cómo es cada cual en realidad, más allá de la apariencia, y no solo el de enfrente, sino uno mismo también.
Así que, rápidamente, el vecindario, reunido en la plaza del Olmo, ha decidido por aclamación que la normalidad debe regresar al barrio. El primer paso ha sido retirar el reloj de los secretos e instalar el del olvido, que ya ha sido programado para que las manecillas regresen al momento exacto en que echó a andar el primero. Cuando todo quede borrado de la memoria se instalará uno que marque las horas. Como debe ser.
Si puedo contar esto es porque soy el narrador, estoy fuera de la historia y no me afecta la cuenta atrás del reloj del olvido. Por eso veo que este vecindario se va a encontrar con un problema: cuando todo se olvide, también se olvidará que hay misteriosos relojes que no marcan el paso del tiempo.
