De la patria, los indultos y demás menesteres.

Empecemos por decir que soy extremeño, nacido en Badajoz apenas a 5 kilómetros de esa línea imaginaria con que la geopolítica delimita España de Portugal. O lo que es lo mismo, un mero accidente demográfico que por mucho menos de un grado hace que estas peroratas las escriba en la lengua de Cervantes y no en la de Camões.

Que de haber sido así y haber anidado al otro lado de La Raya hubiese crecido bajo la desdeñable y abrumadora mirada de muchos de esos españoles que siempre vieron a los portugueses como vecinos de segunda.

Lo que dio lugar a que todos ellos tuvieran que aprender o al menos balbucear nuestra lengua para hacerse entender a este lado mientras por nuestra parte, hasta hace solo unos años, no procuráramos lo más mínimo pronunciar la suya en un gesto de ridícula prepotencia.

A buen seguro que por esa percepción de la realidad tengo poco o nada de patriota y menos aún de patriotero. Sobre todo de un tiempo a esta parte en el que se ha exacerbado el término hasta la saciedad a base de esa estupidez de confrontar nacionalismos como si ello tuviera que ver con el devenir de cada día.

En el fondo quizá es que tenga mucho de apátrida y por eso cuando me moceaba decía aquello de «soy extremeño por naturaleza y español por compromiso». Digo yo que, a lo mejor, por la naturaleza republicana de mi madre, la misma que recuerdo atemorizada me mandó otrora callar bruscamente cuando me negué a ir a misa de domingo después de confesarle mi ateísmo.

Todo lo contrario de mi padre que se mantuvo fiel hasta sus últimos días al franquismo, a pesar de que este casi nos arruinara la vida cuando intentó arrebatarnos el negocio familiar sin tan siquiera previo aviso.

La verdad que nunca he entendido muy bien eso de la patria. Sobre todo cuando veo a los que tanto alardean de españolismo y se propician reiteradamente en la Rivera Maya sin haberse acreditado en la Alhambra, la Sagrada Familia, la Mezquita o el Teatro Romano de Mérida.

Tampoco los símbolos: banderas, escudos, himnos y demás parafernalia. Que me pasa hasta con el Atléti -por cierto que enhorabuena a la familia rojiblanca-, que cuando se me antoja verlo en su estadio voy casi siempre de paisano, si acaso con algún espantajo por aquello de no dar la nota entre mis colegas aficionados.

Dice mi hijo, ciudadano del mundo él que hace muchos años anda por el extranjero, que lo más importante cuando llegas a un país es asumir sus maneras y costumbres. Que para ello no hace falta renegar de las propias pero ser consciente de que ni somos mejores o peores unos que otros, a lo más algo diferentes.

La España cañí

En España la vorágine patriota se la ha atribuido siempre la derecha y cuanto más rancia y beata menos inclusiva y todo lo peor que acarrea tanto entusiasmo nacionalista. Ferviente defensor de sus apegos y creencias y feroz adversario del que no las comparta.

Es cierto que Alianza Popular, origen de la actual familia del PP, un partido creado por ex ministros franquistas, se erigió para sí defensor de los supuestos valores tradicionales de la sociedad española y durante la Transición se apropió de la bandera de España en sus actos públicos, en vez de llevar las del Madrid, el Atléti o el Barça, puestos otra vez con el símil futbolístico.

A lo mejor, dice Íñigo Errejón, si el resto de partidos también se hubieran apuntado a la roja y gualda, igual la cosa no habría ido más lejos. No sé, será a lo mejor por esos temores que desataba el régimen y esa híper representación de los símbolos que suelen enarbolar las dictaduras para mantener ensimismados a sus súbditos.

También decía José Luis Sampedro que gobernar a base de miedo es muy efectivo. Lo malo que del miedo al odio hay un paso y eso es en lo que deriva precisamente eso del patriotismo jaranero.

Es en ese contexto donde surge el «A por ellos», de aquellos que jaleaban a los guardias civiles que se dirigían a Cataluña a poner orden frente a otros patriotas del lugar. Como si pretendieran pasar por las armas a los mismos y así resolver el entuerto. Las consecuencias de ambos extremos, todavía las siguen padeciendo el resto.

Y la propia historia de la humanidad ha dado trágica cuenta de ello a lo largo de los tiempos.

Vamos con los indultos

Al final tamaña monserga me ha servido de introducción para llegar hasta donde quería que es, ni más ni menos, el tema del presunto indulto a los presos del «procés», a costa del que presumiblemente se montará un nuevo guirigay en el Congreso y fuera del mismo.

Valga decir de entrada que ni es la primera vez que se da un indulto –más de diez mil en los últimos 25 años-, y que en ocasiones no cuentan con el aval de los tribunales de justicia dándose casos tan controvertidos como los de Alfonso Armada, Antonio Tejero y Milans del Bosch, que intentaron derrocar la democracia española por la fuerza de las armas el 23F, y en los tres casos bien fueron indultados por el gobierno de turno sin el aval de los tribunales o tuvieron el de estos últimos de manera absolutamente contraria a lo que han dictaminado ahora en relación a los condenados por el «procés».

Curioso extremo este que un ex presidente como Felipe González, tan interesado ahora en darnos lecciones de todo tipo, parece haber borrado de su memoria cuando pone a caer de un burro a un gobierno de su propio partido por intentar hacer algo parecido.

Cuando, digo yo también, no habrá de ser lo mismo propiciar un referéndum que sacar los tanques a la calle y liarse a tiros en el Congreso como hicieron entonces aquellos tipos que acabaron contando con el beneplácito de González, Aznar y los mismos tribunales que los condenaron.

En segundo lugar porque si ya resultó necesario por parte de los jueces justificar el delito de sedición más por la vía de la interpretación que de los hechos, el caso de los presos catalanes ya ha quedado sobradamente expuesto cuando ningún otro tribunal europeo ha aceptado las demandas de extradición de la justicia española bajo dicho pretexto.

Por eso siempre me ha resultado cuanto menos chocante que unas personas hayan sido condenadas a prisión en una democracia del SXXI por haber convocado un referéndum sobre el tan cacareado derecho a decidir –que ya de por si no tenía validez alguna en su caso- y por una mamarrachada como la declaración unilateral de independencia que ha quedado meridianamente claro solo podía tener valor simbólico.

Porque, como dijera la propia alcaldesa de Barcelona, para que haya independencia tiene ésta que tener reconocimiento y era obvio y así lo sabían los ponentes que no lo tenían por parte de ningún estamento español ni extranjero.

Que se les hubiera inhabilitado de por vida para el desempeño de cargos públicos vale. Pero de ahí a tenerlos en la cárcel por ello debería distar un abismo.

Por último y lo verdaderamente importante es que de lo que más debería preocuparse Pedro Sánchez no es del ruido, que eso va en el cargo aunque también es de reconocer que nunca en nuestra breve historia democrática reciente la oposición había resultado tan ensordecedora.

Lo más importante a tener en cuenta por el presidente es que caso de que tenga a bien indultar a los condenados eso sirva para algo.

Al fin y al cabo de lo que se trata es de dar un giro a una situación insostenible que dura ya la friolera de casi diez años y en los que en Cataluña, salvo ahora con la pandemia, se vienen dando de lado los problemas más acuciantes de los catalanes como son el desempleo, la precariedad, la calidad de los servicios públicos y un sinfín de etcéteras.

Una cuestión de sentido común

Difícil lo van a tener en cualquier caso Sánchez y el PSOE que permanecen empeñados en la cuadratura del círculo.

Si realmente hubieran sido más avispados, al objeto de bruñir mejor el asunto, los socialistas del PSC deberían haber apoyado o al menos no haber puesto impedimentos a un gobierno de Esquerra en solitario tras las recientes elecciones catalanas vista la mayoría independentista pero una vez advertida por los republicanos su renuncia a la unilateralidad.

Pero al final el PSC ha preferido nadar y guardar la ropa y falto de arrojo permitir que se reproduzca otra vez la coalición en el gobierno catalán entre Esquerra y JxCat, cuando este último sigue insistiendo en esa absurda vía unilateral para lograr la autodeterminación.

Lo que resulta además un perjuicio para el pueblo catalán por cuanto es imposible casar un modelo de izquierdas como el de Esquerra y uno de derechas neoliberal como el de JxCat a la hora de afrontar las necesidades y los problemas de la gente.

Vamos como si el gobierno de España fuese el resultado de una coalición entre el Partido Popular e Izquierda Unida. Algo tan contra natura que haría imposible la debida gestión del mismo.

Así que más le vale a Pedro Sánchez afinar ahora, asegurar su apuesta y que tras los indultos –si es que llegaran a producirse-, el govern sepa medir el envite, rebaje sus exigencias y se ponga manos a la obra para atender las verdaderas necesidades de su pueblo.

Cataluña necesita respuestas y soluciones y que desde Madrid de una vez por todas se haga política con mayúsculas. Es inadmisible que en una comunidad que elección tras elección se da el mismo resultado, en la capital de España se siga mirando a otro lado en el mejor de los casos cuando no echando pestes sobre unos cuantos millones de ciudadanos.

De no ser así no solo perderá Cataluña. Ante los extraordinarios desafíos que le quedan a España por delante y las consabidas amenazas de un futuro lastrado por el cambio climático, ello podría dar lugar a nuevas elecciones y en un ambiente tan artificiosamente crispado el regreso a las políticas neoliberales.

Estabilidad presupuestaria y reducción del déficit público propone el líder de la oposición. Austeridad a toda pastilla, un auténtico estropicio tal como vienen advirtiendo desde hace meses numerosas instituciones internacionales ante la evidencia de los errores del pasado más reciente y la necesidad de una huida hacia adelante ante los numerosos retos en ciernes.

No estaría de más que aquellos que derrochan tanta energía en despotricar del asunto y están dispuesto a poner España al completo patas arriba propusieran alguna alternativa más allá del estruendo para que el problema de Cataluña se resolviera por el bien de todos.

Si a España ya de por si le cuesta más arrancar que a la mayoría de sus vecinos, de no ser por las hordas de turistas y las pulsiones del ladrillo, es inasumible quedar atrás la Comunidad española más industrializada solo por despecho.

Más allá de la bronca constante la realidad catalana exige diálogo y compromiso por todas las partes salvo que la ceguera de ambos nacionalismos no permita ver el monte o se esté más interesado en sacar rédito electoral de ello sea cual sea el precio que tenga que pagar el pueblo.

En fin que en medio del batiburrillo se me ocurrió escribir hoy de esto. De patriotas, patrioteros, equilibristas, voceras de medio pelo y demás personajes de la farándula política que más allá de mirarse el ombligo, entre soflama y soflama, no dejan de echar tan irresponsablemente leña al fuego.

Veremos.

«Es de sentido común elegir un método y probarlo. Si falla, admitirlo francamente y probar con otro. Pero, sobre todo, intentar algo».

Franklin D. Roosevelt (1882-1945) Político estadounidense.

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