Cuidar (d)el aula: transformar, emocionar, transgredir

Nunca quise dedicarme a la educación. En el recuerdo de mis profes del instituto tan solo recuerdo algunas caras amables. Esporádicas palabras de cuidado y el resto mensajes negativos y recriminaciones que, si bien (no dudo ¿o sí?) tenían como objetivo que espabiláramos, lo cierto es que lo que hacían eran menoscabar nuestra autoestima.

Perlas como “seréis zapateros como vuestros padres”, “solo estáis aquí para calentar el pupitre”, “para dar cemen* no se necesita la ESO”, “esto es un parking de adolescentes” formaban parte de la batería de recriminaciones diarias. Por suerte, también me topé con profesorado majo, gente que se aprendía nuestros nombres y que se preocupaba por nuestros dramas adolescentes.

Carmen, Ricardo, La Silvia, Isabel, César, Antonio, Vicky… Recuerdo sus nombres porque en algún momento les sentí como parte de mi familia elegida. Ese grupo de gente que te guía, hace del mundo un lugar más grande y te proporciona herramientas con las que de difícil modo te hubieras topado. Dependiendo del patrimonio social que heredamos, el instituto, la escuela o la universidad son a veces, el principal acceso a la cultura con el que algunas clases sociales podemos toparnos.

Por este motivo, dedicarse a la docencia en cualquiera de sus etapas, desde las más tempranas hasta la educación superior implica trabajar con personas que están atravesadas tanto por muchas historias como por muchas opresiones.

La labor del profesorado es frágil, cuenta con muy mala prensa, y aunque hay que ponerle cabeza casi más: corazón. El profesorado que asume su trabajo de forma plenamente consciente sabe muy bien que trabajamos con personas y eso implica afecto, cuidado y atención. Afirma bell hooks en Enseñando comunidad que la labor docente en su máxima expresión es una labor de cuidado, cuando no es así fallamos a nuestra profesión y en ocasiones generamos dolor en nuestro alumnado. Una herida que les puede marcar profundamente en el futuro ya que afecta a su propia imagen.

Uno de los momentos más delicados y en los que la vulnerabilidad está a flor de piel es sin duda la adolescencia. Nos atraviesa con una intensidad con la que vivimos pocos momentos de nuestra vida. Quienes nos acompañan en esta etapa nos configuran de alguna forma, nos dan herramientas o nos las arrebatan, nos ponen mochilas que no hemos pedido o nos muestran cómo caminar con serenidad y confianza.

A algunos docentes creo que a veces se nos olvida lo importante de lo que hacemos. Es como si nos resultara complejo apreciar la belleza de la fragilidad del carácter en plena formación, la vulnerabilidad convertida en rabia, los reproches que beben de la certeza de no predicar con el ejemplo, el futuro convertido el miedo, el miedo convertido en futuro.

Sino podemos apreciar la relación con nuestro alumnado como un regalo que nos puede enseñar muchas cosas, entre ellas: a ser mejores personas adultas ¿para qué estamos en el aula? ¿para qué ser docente sino te emocionas con tu aula?

Por este motivo me sorprende y me irrita de sobremanera asistir a los “desfogos” de personas que trabajan con adolescentes y que en el fondo no les aguantan. Ese momento en el que ya no te gusta lo que haces, en el que hablas mal de las personas a las que enseñas, en el que repites una y otra vez la misma lección, en el que tú misma dejas de actualizarte; dejas de disfrutar del aula, te conviertes en un mero transmisor de contenidos. En definitiva: mercancía educativa.

Justo aquí eres un profe quemado y deberías abandonar el aula. ¿Por qué? Porque tu frustración y desgana se irradian por cada poro de tu piel, porque vas a terminar consolidando el pacto de pedir poco, para dar poco y tu alumnado lo sabe, de hecho hará lo mismo que tú. Pedirá poco para dar poco.

Una vez instaladas aquí nos preguntamos ¿Cuánto profesorado frustrado traslada su frustración a su alumnado? ¿Cuántas heridas pueden generar con su desprecio? ¿Qué marca deja en nuestra personalidad? ¿Cuánto afecta a nuestro aprendizaje futuro? ¿Y a nuestra autoestima?


Algunas de estas preguntas son las que laten tras la trilogía educativa de bell hooks junto a otras muchas más. La autora afroamericana considera que la acción docente puede ser una actividad transformadora si hacemos uso de una pedagogía feminista que implique un cuestionamiento de las diferentes opresiones que nos atraviesan. Si igualmente revisamos nuestra acción docente y somos críticas con nuestra labor.

Bien y esto, ¿cómo se logra? hooks no nos proporciona un manual de acción pero sí algunas pistas que seguir para aventurarnos en la construcción de otra aula, de otra relación con nuestro alumnado, de una educación que signifique la práctica de la libertad.

Una de sus certezas de hooks es que deberíamos revisar nuestra narrativa, reflexionar sobre cuál fue nuestro proceso por las instituciones educativas ¿cómo hemos aprendido? ¿Cómo nos han enseñando? ¿Cómo nos han tratado a lo largo de nuestra trayectoria formativa?

Buen ejemplo de ello es el impacto que según hooks ocasiona el profesorado universitario en su alumnado. Para ella, al ser el sector de la educación más sometido a jerarquías y a una trayectoria profesional más competitiva. Es el personal más proclive a someter a su alumnado a lo que ella denomina rituales de vergüenza, ya que se ven a sí mismo como mucho más inteligentes que a quiénes imparten clase. Además indica que suelen ser los menos apasionados por la educación ya que lo que desean realmente es dedicarse a la investigación. Por lo tanto es probable que incluso detesten su labor docente por verla como un mero trámite, no como un fin en sí misma. Si a esto le sumamos que el alumnado que proceda de grupos marginalizados será sometido a dinámicas que estarán enraizadas de dinámicas de dominación. El cóctel se convierte en dinamita. Ante esta situación hooks lo tiene claro, la educación en estos escenarios se convierte en represión y opresión en el aula.

Hay muchos motivos por los que aproximarnos a la teoría feminista de bell hooks. Su feroz crítica al capitalismo supremacista blanco, su teoría del amor, sus cuentos infantiles y la reflexión en torno a la raza, clase y género nos sumergen en un laberinto en el que una vez nos adentramos es imposible salir de él sin revisarnos.

Hasta que no seamos capaces de evidenciar y hablar en escuelas, institutos y universidades de la vergüenza a la que se somete al alumnado no podremos configurar desde las aulas una cultura que valore el reconocimiento mutuo y el respeto. Romper el circuito de la vergüenza implica para hooks activar una política de afirmación del alumnado. La “vergüenza deshumaniza” afirma hooks. Si como docentes no nos planteamos cómo evidenciamos los sistemas de opresión cómo recogemos las voces del aula y qué papel tienen, corremos el riesgo de ser una mera caja de resonancia jerárquica.

Esto implica una revisión constante de nuestra acción docente, aprendizaje, diálogo con personas que desde los (mal llamados) márgenes incluyamos en nuestros (mal llamados) centros. Y sobre todo y tal vez lo más difícil identificar qué hay de racismo, sexismo, transfobia, machismo, clasismo en nuestro hacer. No es una tarea sencilla, pero comenzar a revisarnos como docentes deviene una necesidad inminente.

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