Cómo se construye un hogar

Archivo de Imágenes Bea Ramos

“Me llamo Natalia Ginzburg: soy aquellos que fueron antes de mi”. Prólogo de Elena Medel a “Léxico familiar”, de Natalia Ginzburg.

En el patio de mi casa viven un limonero, un jazmín y una dama de noche. Me vine aquí por su presencia. Hay más plantas, pero son ellas las que me acogieron. Porque sus olores me llevan a mi infancia. Esas flores me recuerdan a mis ancestras. Y hogar es vientre materno.

Mi madre emigró del pueblo a la ciudad. Como tanta gente, protagonizó el éxodo rural en la España del siglo pasado. Se llevaban sus manos, mano de obra barata. También sus costumbres, que encajaban como podían en el sitio nuevo. Como una pieza de puzle que al final entra, aunque no sea su lugar. Al menos por un tiempo. Hasta que lo urbano impuso sus formas erigido en modernidad y todo lo relacionado con el pueblo se tachó de cateto. Y todos quisieron ser modernos. Porque la modernidad era progreso. Aunque no se supiera por qué, ni lo que eso significaba.

Era muy pequeña, quizás tenía tres o cuatro años, cuando mi madre se bajaba la silla desde el tercero sin ascensor en el que vivíamos para tomar el fresco con otras mujeres del bloque en las noches de verano. Cargando cada una con su asiento ocupaban la acera de una avenida aún no atestada de tráfico ni colonizada por mesas de bares. Toda la calle para ellas y para nosotros, unos niños y niñas que jugábamos con descuido entre esa avenida y los callejones adyacentes. Sin aire acondicionado y con unos hombres ausentes, las vecinas pasaban las noches estivales más felices juntándose a la fresca.

En esa estampa figura también el vendedor de biznagas. Un hombre barrigón de pelo blanco que se ponía zalamero con las mujeres para que le compraran. Con mi madre hacía poco negocio. No porque no le gustaran, que le encantaban, sino porque la economía en casa no estaba para caprichos. Aunque las biznagas servían para ahuyentar los mosquitos. O eso decía Isabel, que vivía en la puerta contigua, su marido tenía mejor sueldo y era clienta habitual del biznaguero. Yo aprovechaba para acercarme a oler sus jazmines cuando ella compraba, y a veces acababa regalándomela. Desde aquel tiempo, ese perfume se convirtió en mi favorito.

Esto lo supo años después un novio que tuve en el instituto. En un impulso de romanticismo, un día de camino a clase se dedicó a recoger las flores blancas y conformó con ellas un corazón en mi pupitre aprovechando su puntualidad y mi tardanza. Cuando lo vi, sentí halago y vergüenza a partes iguales. Más lo último que lo primero cuando mi mejor amiga empezó a reírse de la ocurrencia. Me apresuré a deshacer el corazón antes de que llegara el profesor. Guardé las flores, que deben estar secas en casa de mi madre, abandonadas en algún cajón.

El limonero de mi niñez estaba en casa de mi abuela. Con caderas poderosas y eterno luto, era una gran gallina con sus nietos revoloteando bajo las faldas esperando las chuches que nos daba en cada visita, cuidadosamente repartidas a partes iguales. De aquella casa recuerdo el olor a jabón La Toja que había en el cuarto de baño y ese patio donde aprendí mis primeras lecciones de botánica descuartizando las flores del limonero hasta quedarme con el pedúnculo. Así me entretenía mientras dentro de los muros se desmoronaba con riñas una familia. Luego mi abuela murió pocos días después de mi padre, y yo no volví a ver al limonero.

La dama de noche cambió de género cuando yo me mudé de ciudad, que pasó a llamarse galán de noche. Tremendamente dulzona, era la favorita de mi hermana. Siempre me pareció una falsa flor, con ese minitallito verde, pero lo inundaba todo con su olor a la caída del lorenzo.

Me fui lejos de la casa materna para buscarme a mí misma y deshice el camino de ida encontrando el regazo de la infancia para crear un hogar. Decía Marcel Proust que no echamos de menos los lugares, sino los tiempos que vivimos en ellos. Unas paredes no son nada sin los recuerdos que las conforman y los símbolos en los que nos envolvemos para encontrarnos en casa allá donde vamos. Y en la mía, me acompañan las mujeres de mi familia a través de sus aromas.

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