«Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del sol: si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, es un francés; y si habla mal de España, es español».
Joaquín Bartrina, poeta español (1850-1880)

Desde que existen registros en la Unión Europea, España es uno de los países con menor autoestima por parte de sus naturales. Aunque los primeros lugares los ocupan habitualmente los países nórdicos lo que podría hacer pensar que un alto estándar de nivel de vida es determinante a la hora de evaluar dicho estado de ánimo, ello no resulta del todo cierto en tanto en cuanto es Grecia uno de los que suele compartir también esos primeros puestos.
A la vista de los datos objetivos, España se sitúa por encima de la media de los países de la Unión Europea en cuanto a dichos estándares y entre los 30 primeros en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), de Naciones Unidas sobre un total de 193 países.
Lo que no quiere decir que no haya áreas que mejorar que las hay, especialmente en terrenos como lo laboral, la vivienda, los servicios públicos y muchos más pero muy lejos de ese paisaje apocalíptico que, desde determinados ámbitos, se pretende imputar.
Pero, en España -como en otros países-, se registra una singular paradoja a la hora de evaluar estos datos y que viene muy a propósito de este artículo.
En los estudios sociológicos cuando a los ciudadanos se les pregunta sobre el estado de la economía en España, la opinión mayoritaria es que es mala. Sin embargo y muy por el contrario cuando la pregunta va a dirigida a la situación particular del encuestado la respuesta mayoritaria es que es buena.
Lo que nos viene a decir que la percepción sobre la situación global está motivada más por determinados sesgos particulares, como por ejemplo el posicionamiento político, y el papel determinante de influencias externas como mensajes públicos, medios de comunicación y redes sociales que por la realidad de los hechos.
No obstante en el caso de los españoles y tal como veíamos al principio este pesimismo colectivo resulta más acentuado de lo habitual y saber el porqué de ello nos obliga a retrotraernos en el tiempo.
«En el caso de España, los datos objetivos son los que son. Hay que irse a ejemplos como Taiwán o Corea del Sur para encontrar una historia de éxito tan enorme como el último medio siglo español. España era un país pobre, inculto y atrasado. Subdesarrollado para los estándares europeos. Secuestrado por una dictadura y por la moral católica. Era un convento y un cuartel». Ignacio Escolar, periodista y director de elDiario.es (7/05/2026)
La Constitución Española de 1812, «La Pepa», daba cuenta de un modelo liberal al unísono de los movimientos europeos –si cabe de los más avanzados-, tras la Revolución Francesa de 1789. Sin embargo la restitución de la monarquía borbónica con Fernando VII a la cabeza además de liquidar la misma y con ella a sus principales promotores, en el más literal sentido de la palabra, acabó provocando que España se alejara de las ideas liberales de la época y por ende de las revoluciones industriales posteriores hasta mucho más allá de la mitad del s. XX.

Cualquier intento de apertura democrática fue sepultado por la fuerza y la educación, que como fuente de conocimiento podía haber alterado el orden de las cosas, en todo ese periodo estuvo en manos de una arcaica institución eclesiástica asimilada a la aristocracia.
Mientras, en buena parte del continente europeo, la democracia se abría camino de manera fehaciente, la industrialización y el desarrollo social marcaban el paso y la educación ponía en valor las ideas de la ilustración.
Ni siquiera el fin de la dictadura, la Constitución de 1978 y la Transición, dieron carpetazo definitivo a un modelo económico, social y político acabado que había dominado todos los órdenes durante los últimos 200 años y del que, todavía 50 años más tarde cuesta sobreponerse en numerosos aspectos.
Para colmo, las crisis provocadas por la versión más ortodoxa del capitalismo a principios del presente siglo, como en todo nuestro entorno, han reabierto las puertas a nuevas versiones de modelos reaccionarios que se creían desaparecidos y que en el caso de España no quedaron nunca del todo extintos.
Unas fuerzas que intentan socavar los valores democráticos logrados estas últimas décadas a través de una versión tergiversada de la realidad histórica, una exagerada distorsión de la realidad presente y, de paso, el enaltecimiento de regímenes pasados; desde la dictadura franquista hasta los poderes absolutistas representados en una Cruz de Borgoña que se recrea en sus manifestaciones.
Por su parte el Partido Popular, el partido que hasta la aparición de Vox había aglutinado todo el espectro liberal conservador en España hasta los confines del tablero político, nunca ha sido capaz de condenar de manera clara y expresa el régimen anterior; a lo más solo a través de enrevesados circunloquios.
A la vez que su obsesión por recuperar el electorado perdido por su derecha los últimos años le está haciendo caer en el mismo discurso tremendista de su nuevo rival político con el que, además, intenta mantener una peligrosa relación mezcla de amor y odio.
Así pues, toda esta serie de apreciaciones repercuten en numerosos aspectos y criterios de la ciudadanía, aunque sea de forma inconsciente, y por tanto en la percepción general de muchas cosas.
Y el fútbol no iba a escapar tampoco a ello, en especial cuando se trata de la Selección Nacional.

Podríamos extender el asunto a los reiterados fracasos de la Selección hasta el presente siglo –salvo la Eurocopa de 1964-, en buena parte fraguados por ese contradictorio carácter de la sociedad española motivo por el que se ha priorizado casi siempre a futbolistas de otras procedencias en los campeonatos nacionales y en detrimento de las canteras. Pero eso no es motivo ni de este artículo ni de esta tribuna.
Volviendo a lo que nos ocupa, a finales de 2022 Luis de la Fuente se hace cargo de la selección absoluta de fútbol, después de haber cosechado un buen número de éxitos con la sub-18, 19 y 21.
Desde su llegada al primer equipo, este ha alcanzado las finales de los 4 torneos que ha participado; ganando la Liga de Naciones en 2023, la Eurocopa de 2024, finalista otra vez en la Liga de Naciones 2025 y logrando el Campeonato del Mundo de 2026 hace solo unos días.
La trayectoria del entrenador, su modelo de juego, sus futbolistas y el consabido palmarés cosechado en diferentes categorías ha hecho a la Selección Española favorita en todos los eventos en los que ha participado para toda la prensa especializada internacional, salvo precisamente para muchos aficionados y críticos españoles.
Por no extendernos más con multitud de ejemplos, baste lo ocurrido por estos lares tras el empate en el primer partido del reciente campeonato con el seleccionado de Cabo Verde, poniendo en solfa tanto al seleccionador como a los seleccionados buena parte de la presunta crítica especializada y de los propios aficionados.
Y a pesar de haber seguido avanzando, hasta que el equipo no cuajó una extraordinaria exhibición de fútbol total frente a la que se preveía todopoderosa selección francesa no se percibió una autentica sensación de confianza por parte de la afición española en el mismo.
A pesar de eso, tampoco exenta de dudas para algunos hasta la final, aún visto el carácter ramplón que había desplegado su pretencioso rival a lo largo de todo el campeonato y a pesar de la magia de un Lionel Messi en los estertores de su inolvidable carrera.

Lo que acabaría confirmándose el día de autos cayendo derrotada la Selección Argentina en Nueva York a manos de una española muy superior a lo largo de todo el partido. Aunque de manera poco holgada para los méritos exhibidos por unos y otros.
Por último, a fuerza de ser sincero, no creo que en esta España de hoy, inmersa en una escena tanto nacional como internacional tan convulsa, vayan sus ciudadanos a cambiar su manera de percibir el estado de lo social a pesar de los éxitos de su selección.
Menos aún que, como se ha dicho en algunos términos, el espíritu de lo común, tan bien representado en el equipo nacional, vaya a servir de mucho, por no decir de nada.
Para terminar, además de todo lo dicho y aunque quizá puede que no venga mucho al caso, me quedo con esta declaración de Iñaki Williams, jugador de Ghana en el Mundial, a su hermano Nico, ambos compañeros en el Athletic de Bilbao que ha vertido en sus redes sociales:
«Más allá del trofeo, gracias por esto: has hecho que millones de inmigrantes como nuestros padres se sientan orgullosos de que sus futuros hijos algún día puedan vivir lo que tú has vivido y de que millones de españoles empaticen con nuestra historia que no es solo la nuestra sino la de todas las personas que dejan todo atrás por un futuro mejor».
Porque, aunque a muchos no les guste e incluso les disguste, todos ellos han ayudado a que este equipo sea el mejor entre los mejores.