Más de 800 personas asesinadas por el ejército israelí desde el anuncio de la tregua en Gaza en octubre del pasado año. Víctimas que sumar a un número todavía por determinar pero que podrían superar los 100.000 muertos tras dos años de guerra y de los cuales el 80 %, según la mayor parte de las fuentes, podrían ser civiles. Eso, al margen del continuo y homicida expolio de Cisjordania, ahora del Líbano y de las recientes incursiones en Irán.
Incluso con actos de piratería flagrante como el de la detención y secuestro de los activistas de una simbólica flotilla humanitaria en aguas internacionales.
Sí, el estado hebreo tiene licencia para matar desde que se la concediera el gobierno de su graciosa majestad tras la II Guerra Mundial y cuenta con el incondicional apoyo de los EE.UU. desde hace décadas por mor de sus poderosos lobbies judíos.
El 14 de mayo de cada año, mientras Israel celebra el día de su independencia en 1948, los palestinos recuerdan la Nakba, «catástrofe» en árabe, cuando más de 700.000 palestinos fueron expulsados de sus casas y tuvieron que buscar refugio en los países limítrofes a la vez que eran destruidos más de 500 pueblos y aldeas.
«Palestina no era en absoluto una tierra vacía de habitantes. Contaba con una veintena de ciudades y con cerca de ochocientos pueblos construidos de piedra. La mayor parte de la población vivía de la agricultura, pero en las ciudades se dedicaba al comercio y a la artesanía, algunos aseguraban el funcionamiento de la administración, otros ejercían profesiones liberales (…). Los palestinos, cristianos y musulmanes, formaban una comunidad viva y orgullosa que ya había cruzado el umbral de un renacimiento intelectual y nacional. Compartían y expresaban los valores culturales y políticos de las metrópolis árabes vecinas. Mantenían, desde siglos atrás, relaciones comerciales con Europa y estaban en contacto con los europeos llegados en peregrinación a Tierra Santa (…). En vísperas de la maniobra sionista, los palestinos estaban tan profundamente apegados a su tierra como cualquier población urbana o rural del mundo». (Walid Khalidi, 1925-2026, historiador palestino sobre la vida en Palestina antes de la Nakba)
Desde entonces, el pueblo palestino ha sufrido y sigue sufriendo el ultraje israelí -mientras el estado hebreo se pasa por el arco del triunfo todas las resoluciones internacionales-, es vetado sistemáticamente en el Consejo de Seguridad de la ONU, condenado al ostracismo por la Unión Europea mientras ésta agasaja con acuerdos comerciales a Israel y es llevado a la deriva por grupos radicalizados y descerebrados, presas de una ira acumulada tras décadas de escarnio, como es el caso de Hamas.
Al final, el conflicto palestino israelí acaba una y otra vez pasando página en las agendas occidentales por la presión de los citados lobbies, la de los EE.UU. y sobrepasado por otros acontecimientos puntuales que pasan a ser noticia de primer orden, aunque en muchos casos como ocurre ahora con la guerra de Irán, tengan como trasfondo el mismo origen.
El apartheid y genocidio palestino, la impunidad con la que actúan las autoridades y el ejército de Israel -con el casi incondicional respaldo de sus compatriotas después de 8 décadas de violencia continuada-, pasará a la historia como uno de los actos más desgarradores y tolerados que ha conocido la humanidad, precisamente a manos de quienes sufrieron el holocausto por parte de los nazis.
En definitiva, no cabe calificativo alguno capaz de definir la manera en que las citadas instituciones internacionales y las grandes democracias de occidente miran para otro lado ante la aniquilación de todo un pueblo víctima de su incompetencia y, por qué no recordarlo, de un mundo donde el dios Mercado se ha convertido en su principal referente.