
Ana María Abad nació en Madrid en 1967 y es licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid. Aunque la lectura y la escritura forman parte de su vida desde siempre, es con el nacimiento de sus hijos cuando empieza a inventar cuentos para ellos. De ahí da el salto al microrrelato, escribiendo esporádicamente hasta quedar finalista en el concurso organizado por RENFE en 2018, lo cual la anima a participar en certámenes de manera más regular. En 2019 resulta ganadora de la Batalla de Cuentistas de la Escuela de Escritores y desde entonces ha recibido varios premios, tanto de microrrelato como de relato breve. A modo de ejemplo, citaremos el Getafe Negro y el Madrid Sky, respectivamente. Colabora en algunos blogs como Esta Noche Te Cuento, y sus textos han aparecido en diversas antologías corales y revistas digitales.

En 2025 publica su primer libro, Setas en el desván (Platero Coolbooks), una selección de 111 historias mínimas. En sus páginas, la tinta da forma a un universo donde realidad e invención se entrelazan, ofreciendo al lector una experiencia que oscila entre lo divertido, lo romántico y lo inquietante. Es un viaje a un mundo lleno de sorpresas y giros inesperados, en el que los relatos brotan espontáneamente y crecen a su libre albedrío… como las setas.
La autora ha tenido la amabilidad de compartir con nosotros los siguientes relatos de Setas en el desván:
YO TAMBIÉN A TI
“¡Te quiero mucho, mucho!”, me decía, invariablemente, en cuanto me veía llegar. Yo me sentaba a su lado y le tomaba las manos nudosas y rígidas por la artrosis, y ella apretaba las mías con inusitada fuerza. Inclinada hacia mí, me sonreía con todo el rostro, mostrando sin pudor las encías desnudas, multiplicando hasta el infinito los pliegues en torno a sus ojillos, cada día un poco más apagados pero, aún así, brillantes por un efímero instante. Luego, pasada la euforia inicial, su expresión iba mudando de júbilo a confusión y, por último, a mera curiosidad al preguntar: “¿Y usted quién es?”.
ASILO POLÍTICO
Me llaman de madrugada para levantar un cadáver. Se trata de un indigente, cubierto con apestosos harapos y empapado en un fluido espeso que, más que sangre, se me antoja salsa de tomate, pero achaco la impresión al cansancio y sigo adelante sin comentarios. Los moratones del brazo se difuminan al frotarlos, dejando purpúreos rastros de tiza en mis dedos. Alzo uno de sus párpados: la pupila se clava en mí antes de contraerse con rapidez. Un guiño cómplice y un susurro: “lléveme al depósito, doctor, que este invierno viene muy frío. De la autopsia, ya hablaremos en primavera”.
NATURALEZA MUERTA
Todo en la sala parecía disecado: el perro en actitud amenazadora, el gato agazapado bajo la mesa, el búho desplegando las alas desde lo alto de la vitrina; pero lo desmentían sus ojillos brillantes girando enloquecidos. Yo huía hacia la puerta cuando sentí el pinchazo de la aguja. “Quedarás muy bien sentado en el sofá”, oí susurrar justo antes de perder el conocimiento.
METAMORFOSIS
Nos conocimos una tarde en el parque. Yo paseaba sin rumbo bajo la arboleda, él leía en un banco del sendero. Me senté a su lado, conversamos, y las palabras devoraron sin darnos cuenta y sin pedir permiso el estrecho espacio que mediaba hasta el ocaso. El relente del anochecer nos dio la excusa perfecta para abandonar el banco y lanzarnos a ejercer de polillas por las luces de la ciudad.
En los meses siguientes arrastramos nuestras aristas por calles y plazas: él, simple cubo; yo, más compleja, icosaedro. Tras el primer choque de vértices, fuimos limando asperezas hasta que un beso tan tórrido como imprevisto nos derritió los ángulos y ahora rodamos mejor, dos esferas en perfecta armonía. Pitágoras estaría orgulloso.
PURA CORTESÍA
Aquí estoy, mirando los barcos de vela que motean el horizonte teñido de azul. Llevo dos meses sin pisar la oficina a causa de una cadera rota, y la dulce magia de los primeros días sin obligaciones se esfumó hace tiempo. En otras palabras, me aburro soberanamente. Doy un sorbo al café y mordisqueo los bordes de una galleta. Mi mujer odia que haga eso: dice que parezco un ratón. Yo soy más educado que ella, así que nunca le digo que parece una bruja. Y sigo mordisqueando mi galleta mientras ella sale volando montada en su escoba.