Y en los movimientos sociales feministas, ¿conciliamos?

Photo by Rodrigo Brod from FreeImages
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Nunca me ha gustado esa palabra, conciliar. Según la RAE, significa hacer compatibles dos o más cosas. Pero a mí me suena a un hacer las paces de manera forzada, porque me lo imponen. Como cuando una persona adulta dice a dos peques «venga, ahora daros un beso». Todas sabemos que es falso. Claro que, entonces, quizás sí que es acertado hablar de conciliación y mercado laboral. Porque si el mercado laboral no está pensado ni para cuidar de una misma, mucho menos para cuidar también de otras. Sólo se cuelan algunas medidas y a regañadientes. Lo que se considera central, lo importante no cambia. Sólo hace falta pensar en por qué el principal argumento con el que nos venden los nuevos permisos parentales iguales e intransferibles es que son una forma de acabar con la discriminación laboral de las mujeres. Pero en ningún momento se habla de las necesidades de las criaturas o de lo que demandan las madres[1].

La conciliación es una farsa. El capitalismo es incompatible con el cuidado de la vida. Lo sabemos. Pero últimamente –porque me toca, claro– me pregunto por lo que pasa en los movimientos sociales, en nuestros colectivos, incluso en los espacios feministas no mixtos. ¿Existe la conciliación entre la vida militante y la crianza? ¿Qué es lo que ponemos nosotras en el centro? ¿Escapamos de las lógicas productivistas? ¿O quizás existe un sujeto militante que no se diferencia tanto del sujeto autosuficiente que critica la economía feminista?

Pienso en espacios «blancos» y urbanos, que conste, porque muchas compañeras racializadas y rurales lo viven de otra manera. Y es de ellas de quienes más estoy aprendiendo. Nuestros espacios, a diferencia de los suyos, no suelen ser nada comunitarios. No se tolera el ruido, el movimiento, la interrupción. Los horarios se ajustan, una vez más, de acuerdo con lo que dicta el mercado laboral y lo de poner la vida en el centro se queda más en un lema bonito que en hechos concretos. De vez en cuando, se programa alguna actividad infantil o, con mucha suerte, se ofrece un espacio de juego –separado, si es posible–. Es decir, las criaturas, a veces, «se toleran», pero no es nada habitual que formen verdaderamente parte de nuestros espacios y proyectos. El capitalismo es adultocéntrico. Nuestro mundo alternativo, también. Niñas y niños están presentes sólo si las actividades tienen que ver explícitamente con la crianza.

Así las cosas, estamos condenadas a separarnos: en un lado, quienes cuidan criaturas (y las criaturas), en otro, quienes no. Sin encontrarse es difícil dialogar, escucharse, poner en común necesidades, deseos, miedos… Pero también inventar nuevas formas de cuidar que rompan con la organización tradicional de la familia. Y esto se supone que es un propósito fundamental de los feminismos. ¿O no?

Personalmente, quiero seguir teniendo una militancia feminista, pero tengo que confesar que cada vez me cuesta más. Me duele vivir la presión de tener que ser quien era, de demostrar que puedo hacer lo mismo que antes, que ser madre no me ha cambiado tanto. No puedo. Y no quiero.

No tengo soluciones, sólo comparto mis reflexiones. Confío en que pensando juntas, aprendiendo unas de otras podamos ir poco a poco imaginando y experimentando otras formas de hacer que de verdad pongan la vida en el centro. Aquí apunto algunas de las cosas que se me ocurren ahora mismo, desde mi corta experiencia. Pretenden ser, sobre todo, una invitación a que completemos la lista entre muchas.

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Quiénes estamos. Y quiénes no…

Pensemos en quiénes son nuestras compañeras en los colectivos en los que militamos. ¿Cuántas tienen peques? ¿Cómo participan? ¿Han pedido ayuda en algún momento? ¿Se la hemos ofrecido nosotras antes de que tuvieran que hacerlo? ¿Cuántas se acaban yendo? Si hago memoria, recuerdo algún intento de seguir haciendo partícipe a alguna compañera cuando dejó de poder venir a las reuniones. Durante un tiempo, elaboramos con esmero las actas de las reuniones, para que al menos pudiera seguir enterándose de lo que hacíamos. Pero pronto abandonamos. Nuestra compañera dejó el grupo. Y no lo sentimos como una responsabilidad propia. Ella era quien había decidido ser madre. Dábamos por supuesto que era su elección, sin más. Ahora pienso en cuántas se habrán sentido expulsadas, en cuántas ni siquiera se acercan.

Qué necesitamos quienes tenemos criaturas…

A veces se cree que, sobre todo, necesitamos ayuda con las criaturas, que sean otras personas quienes las cuiden durante un rato. Y es verdad que a veces eso se agradece muchísimo, que te permite descansar, concentrarte en una sola cosa, o algo tan básico como mear sin compañía, pero otras tantas no es eso lo que más ayuda. Sobre todo, cuando son muy pequeñas y te demandan a ti todo el rato. Estás más tranquila (y están más tranquilas) teniéndolas encima o muy cerca. Pero hay muchas otras cosas que pueden ayudar:

  • Asumir que va a ser mucho más difícil que cumplas un horario rígido y permitirte una mayor flexibilidad.
  • Disminuir la carga de trabajo de la que solías encargarte –que tendrá que ser asumida por otras, claro–.
  • Saber que tu sensibilidad está a flor de piel y necesitas una dosis extra de cuidados.
  • No darle demasiada importancia a que muchas veces estés más despistada o ausente, ya bastante culpable te sientes tú con ese nuevo cerebro que no da una.
  • Recoger lo hablado por escrito porque a veces no puedes asistir o porque, incluso estando, no puedes seguir siempre el hilo de una reunión (así que tomar tú acta o coordinar, imposible).
  • Tener en cuenta que es difícil que puedas tomarte unas cañas (o sólo si es cerca y temprano), viajar, estar en actividades nocturnas y mil cosas más…

Las respuestas dependen de la vivencia de cada una. En cualquier caso, lo importante es preguntar ¿qué necesitas? Y no sólo una vez, porque las necesidades van a ir cambiando con el tiempo. Pero también ir aprendiendo a anticiparse, que estar todo el rato demandando ayuda no le gusta a nadie.

Los roles de género

Una criatura en un colectivo es una buenísima oportunidad para replantearse las formas de relacionarnos y de estar en el mundo que tenemos interiorizadas, especialmente las que tienen que ver con la socialización de género. ¿Quién hace qué, de qué manera? ¿Qué referentes de género ofrecemos? ¿Se da por supuesto que unas cuidan porque es «lo aprendido» y a los otros se les refuerza constantemente cuando lo hacen?

Lo que necesitan las criaturas

Probablemente, lo único que necesitan es formar parte, no sentirse un estorbo. En función de su edad, necesitarán más presencia o más autonomía, e incluso responsabilidades y tareas. En cualquier caso, seguro que necesitan escucha, tiempo. Así nos enseñan a enlentecer nuestros ritmos. Si es posible, seguro que agradecen que haya rincones especiales para ellas. Pero también que existan momentos verdaderamente comunitarios, en los que disfrutar de estar todas juntas.

Otras responsabilidades de cuidados

Soy consciente de que, si para quienes cuidamos criaturas la militancia es difícil, para quienes cuidan de personas mayores y enfermas lo es mucho más. Sus cuidados son aún más invisibles, porque ocupan menos el espacio público. Son, además, física y emocionalmente más duros. Estos cuidados suelen estar completamente ausentes de nuestros espacios. Y también suelen tener género. En estos casos, cuidar a quien cuida me parece imprescindible.


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Irene Choya

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